lunes, 1 de mayo de 2017

Muchos años antes...

Los hombres se reunían en una gran sala abierta, donde los tenues rayos de un sol cubierto por un sin fin de nubes trataba de filtrarse para iluminar torpemente el suelo. Allí, una fila de cinco hombres se arrodillaban clavando una pierna en el suelo y con la cabeza baja ante un hombre que parecía ser el líder, que los encaraba. Ese hombre era Caronte, el Portador de Muerte. Era un hombre gallardo, ancho de espaldas y hombros, con una barba pronunciada, pelo largo y castaño que se recogía en una coleta y un sin fin de cicatrices en el rostro. La más pronunciada le surcaba el ojo, que peligrosamente amenazó con arrebatárselo. Aún lo conservaba por capricho de su Deidad, aunque su color, normalmente azul, estaba algo más apagado, de tono gris. A veces la visión se le nublaba, aunque en aquel momento veía claramente a los hombres que tenía ante él
-Mi señor tenemos que hacer algo- se aventuró uno de ellos -Ya son una veintena de aldeanos. Nos llegan reportes de toda Midna-
-Tiene razón, padre- dijo otro de ellos, Hades, el hijo mayor de Caronte -No podemos permitir que Shizen se salga con la suya. De seguir así, pronto puede que sea un miembro de la familia, del clan, quien acabe colgado de las tripas en los árboles colindantes- dijo con ira en la voz. Caronte lo miraba fíjamente a él, a su hijo. Por un instante guardó silencio, hasta que miró a su vera. Allí estaba ella, Hécate, junto a su hijo mediano Ares, que miraba serio y confuso la situación
-Mujer- dijo con voz severa -Tú que has dado a luz al capitán de la guardia- Hécate miró a su hijo mayor, arrodillado ante su padre. Sintió una enorme punzada de orgullo inflamarle el pecho. Era todo un hombre como su padre -¿Apoyas sus palabras?- ella le miró con seguridad, asintiendo en silencio
-Mi madre me honra- dijo Hades, agachando aún más la cabeza, con una pequeña sonrisa
-Estamos hablando de guerra, no de honor familiar- se puso en pie el Umbra, título del máximo regente de Midna -Hijo mío, eres el capitán de la guardia de las sombras desde hace dos años y no me has dado motivos para desconfiar de ti. Tu puntería ha sido certera, tus decisiones adecuadas, pero nunca te has enfrentado a un peligro tan real-
-Permíteme demostrartelo. Permíteme ir más allá-
-¿Quieres que ponga en tu mano el destino de esta casa, chico? ¿El destino de toda Midna?- dijo severo, dando un paso hacia él. El joven Ares se revolvió incómodo sobre el cojín en el que se sentaba de rodillas. Su madre le acarició el pelo, llamándole la atención. Le sonrió y dio un tierno beso en la cabeza. Le susurró que todo iba a salir bien
-La gloria es tuya, mi Señor. Padre- dijo, alzando la cabeza para mirarle a los ojos. Sus soldados hicieron lo mismo -Pero permíteme ser tu espada. Sólo debes ser la mano que la guíe contra el corazón del temible enemigo- las palabras de su hijo calaron hondo en el corazón arrogante de Caronte
-Sea pues- dijo tras respirar hondo. Se volteó ligeramente para mirar a su mujer -Declaro oficialmente el estado de guerra contra Shizen y el clan Yanagi- su voz salía poderosa de sus labios
-Llevaremos la guerra a tus enemigos- los soldados y Hades se pusieron en pie, preparados para marchar
-Mas...- interrumpió la partida -...la guerra nos ensombrece a todos, y encoge nuestros corazones- reflexionó -¿Pero qué corazón tienen quienes toman vidas inocentes?- preguntó a su hijo Ares
-¿Corazones negros, señor?- preguntó en un hilo de voz inocente. Caronte sonrió
-Ojalá fuese así, mi joven Ares. Aquellos que muestran cobardía es porque carecen de corazón. No lo olvides- el jovencito asintió como muestra de haber aprendido una lección -Con esto, quiero llegar a un terreno más amplio, Hades- se dirigió de nuevo al mayor -El clan Yanagi será exterminado, pero todo Shizen caerá con ellos-
-¿Señor?- frunció el ceño mientras una ligera sonrisa asomaba por su rostro
-Quienes llaman a la puerta de la muerte, sólo pueden esperar encontrársela al otro lado del umbral- cerró los ojos, reflexivo, una vez más -No quiero supervivientes- declaró -Quiero que toda la remota región de Shizen sea pasto de las llamas. Quiero que todas las almas sean condenadas. Para nosotros, allí, no hay inocente alguno-
-Comprendido, mi Señor-

Estuvieron preparados en nada menos que un día. En aquel lúgubre amanecer, acompañado por una funesta lluvia, el ejército se preparaba a las puertas de la aldea Shin. Shizen era una región pequeña en comparación con Midna, por lo que sus aldeas tampoco gozaban de un gran territorio, lo que significaba un ejército menor. Caronte estaba tan convencido de la victoria que no se dignó a llamar a su clan hermano de Midna para la batalla. Se bastarían ellos mismos. La lluvia recorría y repiqueteaba la ropa acorazada del ejército y sus máscaras, tenebrosas y lúgubres, blancas como un hueso, con dos agujeros por ojos y sin rasgo alguno, perfectamente redondeadas, acabando en un pico similar al de un pájaro en la zona de la barbilla. Les daba aspectos de fantasmas, sobre todo cuando se cubrieron con las oscuras capas y sus capuchas. Muchos de los presentes, casi la mayoría, se despedía de sus amigos y amantes en caso de que ocurriese lo peor. En Shin no sólo vivían los miembros del clan, sino los aldeanos que servían de ejército base, mano de obra y demás oficios que daban riqueza a la población -Amada mía- dijo con voz dura, acariciando la mejilla de Hécate -Aguárdame, pues regresaré bañado en la sangre de tus enemigos- la mujer le miró con ojos brillantes. Un guardia de la casa Shin la acompañaba con un paraguas, mientras ella sostenía a su hijo más pequeño en brazos. El orgulloso Umbra besó a su mujer en la frente, luego a su hijo menor y finalmente se arrodilló ante Ares -Protege a tu madre por mí-
-Así lo haré señor- Caronte le mostró una sonrisa apagada, nunca le llamaba padre, como sí lo hacía Hades. Pensaba, no, sabía, que era culpa suya. Siempre se mostraba ante él como un autoritario líder, no como un padre que se preocupaba por su hijo. Quiso darle un pequeño abrazo, pero le tendió la mano. Ares se la estrechó con fuerza. Idiota, se dijo Caronte a sí mismo en silencio. Iba a la guerra con la valentía de mil dragones, pero temía darle un abrazo a su hijo. Algún día, pensaba, quería enmendar ese gravísimo error
-Eh, gusanito- dijo Hades tras su hermano, quitándose la máscara -No te hagas pis encima-
-Vete a la mierda- rió Ares. Hécate le dio un suave toque para que corrigiese su lengua -Lo siento-
-Madre, deberías ser más comprensiva. Estás mostrando a tu hijo el ejército de su poderoso padre. Le estás mostrando la guerra- se llevó una mano al pecho en un saludo militar -¿Y le juzgas por malhablar? El día de mañana, él nos acompañará. Y será glorioso. El grandísimo Umbra Caronte junto a sus jóvenes hijos, al mando de todo un ejército. Hasta Ravat nos temerá- Hécate miraba a su hijo con suspicacia, pero terminó por ceder. Hades besó con delicadeza la mejilla de su madre y la frente de su hermano pequeño -No llores mucho, que tú eres más gusanito aún que el gusano de Ares- le dijo al bebé
-¿Hades?- llamó la poderosa voz de su padre
-He de partir- se colocó la máscara y se subió la capucha. Casi como en un suspiro, comenzaron a moverse a un paso velocísimo y a usar su energía para saltar. Desaparecieron como fantasmas en la bruma en un abrir y cerrar de ojos. Hécate suspiró y rogó que llevaran la muerte a sus enemigos, pero también imploró a la muerte que dejase a sus aliados vivir un poco más.

Era una noche clara y la luz de la luna se filtraba entre las aberturas que había sobre las copas de los árboles. Dos niños jugaban al escondite entre la espesura, riendo, disfrutando de la naturaleza, con pies descalzos. Sus yukatas se llenaban de rastros de hierba y algo de barro. Daba igual. Ellos no conocían el castigo por mezclarse con lo natural. En Shizen, la naturaleza era su hogar. La región rezumaba vida. Había flores por doquier, que parecían brillar con luz propia incluso en la noche. Luciérnagas danzaban entre el juego de los niños, mientras que en el interior de la aldea Yanagi, se preparaba un pequeño festival. Era una noche en la que celebraban precisamente la vida y la existencia. Las pequeñas calles entre casas estaban decoradas con farolillos que brillaban de forma dulce y templada. Se preparaba una pequeña hoguera en el centro de la aldea donde se haría de comer, cantarían, bailarían y los mayores beberían. No se imaginaban que la sombra se cernía sobre ellos. Allí donde los niños jugaban, una jovencita de apenas 7 años correteaba entre los árboles, buscando sin parar a su amigo Kitan, pero éste no respondía. Anduvo entre árboles sin descanso hasta que por fin le pareció ver bajo la luna la luz de su yukata azul. Cuando se acercó risueña, su visión se volvió una pesadilla. Había una alta figura oscura con un rostro blanco y sin rasgos, como un ave terrorífica, deslizaba el filo de una katana muy despacio y de forma profunda sobre la garganta del niño. La sangre brotó con un chorro espeso y con algo de presión, acariciando la hoja y goteando mientras el cuerpo del jovencito se debatía en espasmos hasta que acabó, tan rápido como empezó. La niña estuvo a punto de gritar, pero su voz se acalló cuando otra arma similar la atravesó desde la espalda hasta el pecho, agujereando su corazón, matándola en el acto. Los cuerpecitos cayeron silenciosamente sobre la hierba
-Id con la muerte- susurró uno de los Sombras de Midna, el que degolló al niño
-Es el turno de la aldea. No quiero a nadie vivo- ordenó Hades, quien asesinó a la niña.

El ejército se colocó entre las sombras de forma paciente, aguardando el momento idoneo. Pasaron unos largos minutos y la celebración comenzó. Algunos ya estaban bebiendo, otros cantando y otros comiendo. Sólo había un par de mujeres que deambulaban de un lado a otro, preguntando a todos si habían visto a sus hijos. El clan Yanagi no era demasiado extenso, pero si la población de la aldea. Aún así, opondrían resistencia. El clan Shin conocían de sobra a los Yanagi, necesitaban acabar con ellos los primeros o pondrían las cosas muy difíciles a pesar de que las levas de Shin eran superiores a la población -Aguardad a mi señal- dijo la autoritaria y severa voz de Caronte, que alzó una mano. Los Sombras tensaron cada músculo, a la espera de la señal del Umbra
-¿Ocurre algo, padre?- preguntó Hades a su lado, sobre la rama de un árbol
-Sólo... tengo la sensación de que ya saben que estamos aquí-
-Imposible- soltó una risita asqueada -Les daremos muerte y no sabrán lo que les ha golpeado- Caronte no apartó la mirada de la alejada fiesta de los Yanagi, pero sentía ojos que los contemplaban. Sentía Reiki rodeándoles... ¿Podría ser el propio bosque? Los Yanagi eran extraños en ese aspecto. Seguramente... no sería nada -Dadles la paz- cerró el puño y lo bajó con fuerza. El ejército se esfumó como humo de las ramas. Y comenzó el ataque.

-¿Cómo está la más bella de este hogar?- preguntó amable y risueño Ryo, el Jukai del clan Yanagi, líder del clan. Al abrir la puerta corrediza, se encontró a su esposa decorándole los cabellos a su hija menor, mientras el resto esperaba fuera para dirigirse hacia el festival, que comenzó minutos antes -Oh, vaya, estás preciosa- la niña se sonrojó, tratando de acicalarse mejor la pequeña pinza con una flor de loto que le había puesto su madre en los cabellos -Una florecilla de loto tan bella como tú, Ren- se arrodilló ante ella y le apartó las manos del adorno -¿Estate quieta, quieres?- sonrió. La chica alegó que podía arreglárselo más. Le daba vergüenza aparecer así en el festival, mal peinada -¿Dices que tu madre te ha peinado mal?- frunció el ceño bromista -Mucho me temo que tendré que darte unos azotes si piensas así- la esposa de Ryo reía dulcemente viendo la relación padre e hija -¿Vas a hacer esperar mucho más a tus hermanos?- ella negó con la cabeza, aún sonrojada -A ver qué opinan de tu kimono y de ese adorno del pelo- le tendió la mano -Vamos- una vez en el exterior, sus seis hermanos la admiraron bastante felices. El mayor, Itto, iba acompañado de su mujer y su hijo pequeño, de unos 4 años -¿Qué os parece la Princesa de la Vida?- rió su padre. No hubo hermano que dijera que estaba horrible, salvo Itto. El mayor era todo un experto a la hora de chincharla y sin embargo, era el más cariñoso. La llamó bichejo repugnante en cuanto la vio. Ren le sacó la lengua e Itto se echó a reir -Oh, venga...- se rascó la barbilla Ryo -¿No podéis llevaros bien ni tan siquiera hoy?- Itto se acercó a la joven Ren y le acarició los cabellos para darle un ligero toquecito al adorno de la cabeza. De pronto ella sintió que se lo había arreglado como a ella le gustaba. La sonrisa que el mayor le dedicó fue tan brillante como la luna
-Estás preciosa- le dijo por fin y Ren no se pudo sentir más feliz. Podría haber sido un grandísimo festival el de ese año.

[Naruto Shippuden OST - Kaze to honoo no rondo]

Podría haberlo sido.

Desde la distancia, oyeron los primeros estallidos. El humo no tardó en alzarse. Fuertes corrientes de viento llegaron con las ondas expansivas. Gritos. Miedo. Terror absoluto. El Reiki no tardó en hacerse notar -¿Nos... atacan?- se preguntó Itto
-No tiene pinta de ser un accidente- dijo alarmado Ryo -Meteos en casa. No salgais a menos que...- otro estallido lo interrumpió. Su propia casa, de la que acababan de salir, explotó en mil pedazos cuando un relámpago destellante lo alcanzó. Todos cayeron al suelo empujados por la fuerza de la conmoción. Itto se apresuró a buscar a su esposa y a su hijo
-¿¡Estás bien!?- la mujer asintió con algo de sangre en la ceja mientras el niño lloraba -¡Maldita sea! ¿¡Qué está pasando!?-
-¡Sadame, coge a tus hermanos, a tu hermana y a tu madre y apártalas, sácalas de la aldea!- ordenó Ryo
-¡Pero padre...!- el segundo de sus hijos, que pronto se hubiese llegado a casar, quizá, no estaba conforme -¡Necesitas toda la ayuda posible!- se quejó
-La mejor ayuda es que pongas a salvo a nuestra familia- dijo Itto, ayudando a su mujer y a su hijo a ponerse en pie -Cuida de ellos, por favor-
-¡Itto!- gritó Sadame al ver que su hermano se esfumaba en un veloz movimiento -¡Padre, él...!-
-Yo me encargo- Ryo se marchó siguiendo a Itto. Su hijo mayor era a veces bastante cabezota. Se había ido solo a enfrentar un peligro que desconocía, o creía desconocer. En cuanto encararon al enemigo, supieron muy bien a qué clase de poder se enfrentaban. Ryo se maldijo por no preverlo enseguida, con sólo ver el relámpago caer y destruir su casa, tras oir las explosiones. Sólo de Shin podían venir aquellos que brindaban tormentas y muerte. En cuanto vio las capas negras y las máscaras... ¿Por qué? Se preguntó ¿Qué habían hecho ellos para que les atacasen? ¿Por qué sin mediar palabra alguna? Se le rompió el corazón en cuanto, nada más llegar al centro de la aldea, todo lo que cubría el suelo eran cadáveres ensangrentados. En cuestión de segundos se vio rodeado por Sombras, soldados de Shin -¿¡Qué hacéis aquí?! ¿¡Por qué atacáis a mi gente!?- ninguno respondió con otra cosa que no fuese violencia. Relámpagos surgieron de sus manos, junto a shurikens y kunais que volaron hacia él. El Jukai sólo necesitó elevar dos dedos de una mano para rodearse de densísimas ramas que lo cubrieron como si fuesen un escudo impenetrable -Bastardos... No permitiré que causéis más daño...- con aquella misma mano, clavó los dos dedos en la tierra. Recondujo su reiki y se preparó para realizar una de las técnicas más implacables del clan Yanagi. De la tierra comenzaron a brotar de nuevo centenas de ramas de diversos tamaños, que se enredaron entre sí hasta dar formas humanoides a estructuras de tres metros de altitud, que automáticamente cobraron vida. Aquellos hombres gigantes de madera comenzaron a atacar al ejército Shin. Era en ese instante en que se equilibraba la balanza.

La aldea Yanagi estaba envuelta en un inmensísimo caos. El ejército Shin comía terreno a los Yanagi en cuestión de minutos, incluso a pesar de los hombres de madera. Simplemente, eran más, a pesar de que las tropas Sombra sufrían bajas y de forma terrible, atenazados y empalados por estacas de madera gigantescas que deformaban sus cuerpos al atravesarlos. Había una fuerza, sin embargo, que acababa con más celeridad que el resto con vidas de los Yanagi. Hades se manejaba con la katana como si fuese una extensión más de su cuerpo, cercenando miembros a la par que avanzaba abriéndose camino hacia la zona donde vivía el Jukai y su familia. No tardó en ser interceptado por Itto, atraido por su impetuoso reiki, que emanaba de él como la sangre de los cuerpos de sus enemigos. El Yanagi se plantó ante Hades con furia en la mirada -¡Detente, maldito Shin!- gritó furioso Itto, mientras convocaba raices afiladas que manaban junto a él de la tierra
-Mira quién aparece...- dijo la voz hueca de Hades tras la máscara. Su katana irradiaba chispas y pequeños rayos, invuidas en el elemento eléctrico natural. Itto sabía que un objeto invuido por el rayo lo hacía el triple de penetrante. Hades podría cortar la carne y el hueso como un cuchillo caliente corta la mantequilla -Has vivido una corta vida, Yanagi-
-¿Por qué hacéis esto...?- preguntó iracundo. Quería saber la razón antes de acabar con su enemigo
-La sabes de sobra- rugió Hades antes de lanzarse contra Itto en un arrebato de rabia

Ryo acabó con sus enemigos sin mayores dificultades, a pesar de que le ganaban en número. No eran suficiente para él, soldados básicos, con un nivel de reiki bastante básico por igual. Sus ojos buscaron en la encarnizada batalla y en el creciente incendio que estaba asolando el bosque a su alrededor a quien podía darle respuestas. Finalmente fue ese enemigo quien le encontró a él -El Umbra de Shin, Caronte- dijo con un suspiro pesado en su corazón -¿Cual es la razón para traer la muerte a mi hogar? Este es el templo de la vida, no tenéis cabida aquí, moradores de la sombra-
-¿Tú crees?- Caronte se rodeó de una bocanada de reiki, que se formó a su alrededor como una fina capa de neblina que, poco a poco, dio forma a una forma humanoide de gran tamaño que lo envolvía, un medio torso con brazos y cabeza gigantesca, una forma espectral de hueso en su forma inicial, que se fue completando lentamente, dando forma a músculos y tejido, para finalmente, parecer una especie de armadura fantasmal que lo cubría y protegía. Un golpe de recuerdo azotó la memoria de Ryo, que ya había oido hablar de ello. Su abuelo ya había luchado contra los Shin en el pasado, en la Guerra de Chiriku. Decía que los Shin más poderosos se rodeaban con la propia Muerte personificada, lo conocían como el Espectro. Ryo no podía creer que estaba ante semejante poder y que debía enfrentarse a él
-Vuelve a casa, Heraldo de la Muerte- ordenó
-Ya estoy en mi nueva casa- dijo furioso -Lucha, Yanagi. Te ofrezco la posibilidad de luchar con honor, como no lo hiciste con mis aldeanos inocentes
-¿Qué...?-
¡Lucha, cobarde, o muere sin más!- tronó impaciente Caronte. El Jukai suspiró
-Sea pues...- hizo acopio de todo su reiki para realizar una técnica consagrada de los antiguos Yagami, precisamente ideada para defenderse de poderes semejantes. Las enredaderas, ramas y raices que surgían de todas partes dieron paso a una forma serpenteante, una suerte de dragón de madera tan grande como el Espectro, ideal para rodearlo e impedirle su movililidad. Podría haber sido una lucha pareja, de no ser porque Ryo jamás utilizó la técnica con anterioridad. No esperaba cuanto poder era capaz de ejercer el Espectro.

Sadame corría junto al resto de la familia, esperando poder escapar por fin. Se hallaban cerca de la salida, intentando ignorar el hecho de que su padre y hermano mayor estaban en peligro de muerte. La batalla estaba llegando a su fin a su alrededor. Cada vez encontraba más cadáveres Yanagi y menos muertos de los Shin. Fue cuestión de tiempo que se viesen rodeados. Una katana voló por el aire de forma silenciosa. La oyeron sólo cuando atravesó la pierna de la esposa de Itto
-¡No!- gritó Sadame. La mujer se debatía en el suelo, muriendo de dolor, desgañitándose -¡Rika!- quiso ayudarla, pero ella empujó a su hijo, que lloraba, hacia Sadame. Le imploró que lo sacara de allí -¡Pero...-! la esposa de Ryo, Nara, se quedaría con ella -¿Madre? ¡No! ¿¡Qué dices!?- la mujer, como madre de los futuros líderes del clan Yanagi, había dado tal orden. Debían marcharse de inmediato -¡Os matarán a las dos!- mejor a las dos que a todos. La mujer convocó a los guardianes, los hombres de madera, dos de ellos, para protegerse. A uno lo envió junto a Sadame y los niños -Madre...- ¡Correr era la orden! De forma que Sadame obedeció, aún entre lágrimas, al igual que la joven Ren y el resto de sus hermanos, y el hijo de Itto.

[Naruto Shippuden OST - The Day]

No llegaron demasiado lejos. Casi en una de las salidas, los Sombras de Shin interceptaron a Sadame y a los demás. El guardián de madera gruñó, cavernoso y furioso, tratando de limpiar del camino a los enemigos, pero Sadame sabía que no lo lograrían. Estaban completamente rodeados y sólo se le ocurría luchar. No era tan diestro como su hermano Itto o su padre pero debía intentarlo. Su convicción y su intento de reunir valor le cegó ante el grito alertado de Ren. Desde el cielo descendía una figura oscura con una mano envuelta en relámpagos. Cayó sobre Sadame, atravesándole el corazón con la mano relampagueante. Miró a Ren, que había advertido el peligro, con los labios empapados en sangre. Quiso disculparse, pero en cuanto el enemigo desenterró la mano de su pecho, Sadame cayó -Matadlos- ordenó friamente la voz del encapuchado de máscara blanca. Los soldados Sombra que los rodeaban convocaron los relámpagos en sus manos y acto seguido los lanzaron  contra el guardián de madera, que cayó de espaldas, derrotado. Finalmente, aunaron sus reikis en una última técnica. Del cielo cayó un atronador filo eléctrico que causó una gigantesca explosión en el suelo. Nadie normal sobrevivía a semejante golpe perforador.

Itto sangraba copiosamente. Hades cortaba sus técnicas de madera y plantas con demasiada facilidad. No podía hacer nada contra él. Le había alcanzado en una pierna, en el costado y en un codo que le había inutilizado el brazo. Iba a morir, maldita sea. Quería ver a su mujer y a su hijo una vez más, pero sabía que no escaparía con vida. Su último error fue distraerse al ver en el horizonte cómo el Espectro cortaba la cabeza al dragón de madera de su padre. Esa distracción le valió a Hades para clavar la hoja de la katana profundamente en las tripas de Itto, que vomitó sangre -Hubiese sido más sencillo dejarte matar- dijo Hades, con la voz cortada por el cansancio. La máscara estaba sucia de sangre y su ropa raida -Al final caéis como las ratas que sois. Púdrete en la tierra que tanto adoráis- Itto le agarró el brazo con la mano sana
-Ven conmigo... Shin...- hizo acopio de fuerzas para rodear a Hades de raices poderosas y filosas, que se retorcieron en su brazo, pierna y torso. Una de ellas le pasó tan cerca del rostro que le rompió la máscara y le destrozó un ojo, además de hacerle un profundo corte. Hades gritó de dolor -Moriré- sonrió Itto con suma tristeza -Pero al menos no volverás a causar más dolor. No a mi familia. Eso... me hace feliz- ajustó las raices, que cercenaron una pierna a Hades y destrozaron los huesos del brazo con el que blandía la espada con tanta maestría, hasta hacerlos polvo dentro de la carne -¡Muérete!- tosió sangre mientras gritaba, arrojando el cuerpo de Hades hacia las llamas con toda la fuerza que le quedaba en su técnica. Una vez vio el cuerpo rodearse de fuego, sus ojos se cerraron. Estaba cansado. Tenía sueño. Necesitaba dormir. Sus raices y plantas se estaban empapando con su sangre.

El enorme dragón de madera se desplomó destrozando gran parte de las calles. El Jukai Ryo estaba sin fuerzas, agotado, con una mano en el corazón. Le faltaba el aire. El reiki necesario para sostener esa técnica era demasiado grande. Sabía que al Umbra Caronte también le pasaría factura, pero ese hombre... ese hombre ya estaba acostumbrado a ejercer semejante poder. Sólo alguien con el corazón oscuro, belicoso, era capaz de practicar tamañas monstruosidades sin sentirse culpable. No hubo más mediación de palabra. El Espectro portaba una enorme espada fantasmal que se descargó sobre el cuerpo derrotado de Ryo, quien cerró los ojos, pensando por última vez en su esposa e hijos. El cuerpo del hombre literalmente desapareció bajo el enorme poder del arma fantasmal, sólo quedó una gran mancha de sangre y niebla fantasmal. Al ver muerto al líder de los Yanagi, Caronte alzó los brazos victorioso y el Espectro lo imitó, aunque sólo era una imagen dantesca y pesadillesca -¡VENGANZA!- gritó furioso Caronte, animando a su ejército, que acababa con las vidas de los restantes.

La batalla finalizó y sólo quedaba el reconocimiento de la zona. Los planes de Caronte no acababan ahí, sin embargo. Ahora, el resto de Shizen, pueblos y el clan restante, sucumbirían ante su odio. Descansarían y reunirían fuerzas y el fin les alcanzaría. El clan Shin no toleraba el desprecio, y los Yanagi se atrevieron a insultarles. Eso marcaba a todo Shizen como culpables. No había inocentes. Todos morirían bajo el yugo de Caronte, y más aún cuando vio el estado en el que quedó Hades, su hijo. Su rostro y cuerpo estaba medio chamuscado, con heridas de quemadura gravísimas, sin pierna y con un brazo muerto, completamente inútil. Maldijo una y mil veces esos bosques. Ordenó reducir Shizen a cenizas, a la vez que ordenó enviar a Hades a casa. Sólo imaginar el corazón roto de Hécate al ver a su hijo tan malherido le incendiaba el alma, la sangre y el corazón. La paz había muerto esa misma noche, con cualquier nación que intentase volver a posicionarse por encima. Sin embargo, bajo el cuerpo medio roto y quemado de un guardián de madera, una niña sollozaba de pánico y locura. A duras penas, se puso en pie con su cuerpo quebradizo, descubriendo la vida de la niña. Gruñó de forma compasiva y cariñosa. Ella le miró. La sostuvo con un brazo y la alzó. La niña no quería mirar a su alrededor, Sadame, el resto de sus hermanos y el hijo de Itto estaban muertos, cuerpos calcinados prácticamente irreconocibles. Todo debía ser un malsueño ¿Verdad? No podía ser cierto que toda su familia... El guardián no obedecía a palabras, simplemente la cargó, roto, partiéndose en pedazos conforme se movía. Tomó otro camino para eludir a las patrullas. Intentó no pasar cerca de donde la madre de Ren había fallecido junto a la esposa de Itto, pues las vio desde lejos, con katanas clavadas en el pecho. Uno de los soldados Sombra parecía estar divirtiéndose con el cadáver de la esposa de Itto. El guardián de madera tenía conciencia suficiente para saber que estaban malogrando a sus señores, pero la vida de la pequeña era más importante, ese era el deseo de su creadora, Nara. No contó, pobre guardián, con que un ojo furioso lo contempló correr con un vulto en su único brazo, que lentamente se desmenuzaba -Allí...- musitó Hades, tratando de señalar -Un...-
-Silencio, hijo mío- ordenó su padre -Reune fuerzas. Debes descansar- dijo apesadumbrado
-Un...- tosió. No lo resistió. Cayó inconsciente. Pero juraría que llevaba a una persona, ese guardián llevaba a una persona consigo.

[Naruto Shippuden OST - Girei]

Muy lejos de allí, muy, muy lejos, en Ravat, un hombre de impolutas ropas blancas y doradas se mantenía en pie en la almena más alta de su pequeña fortaleza. El Vikar Assar esperaba impaciente las noticias del sur, que no tardaron en llegar. Eran altas horas de la noche cuando de entre las piedras, unos ríos de arena comenzaron a formarse a su lado, dando forma a un montículo con aspecto humano que le susurró al oido que "había sobrevivido uno". Assar sonrió, justo lo que esperaba, justo lo que ordenó. Nadie se había percatado de sus espías en Shizen. De la misma forma los soldados Sombra no se percataron de que las técnicas de arena de los espías de Assar habían protegido la vida de esa niña. La necesitaba. Sus planes estaban saliendo de forma fructífera... estaba impaciente por continuar -Estad atentos- ordenó a la forma de arena -Recogedla cuando pase la frontera, guiadla hasta aquí- la forma de arena susurró que así se haría y se deshizo llevada por el viento. El hombre comenzó a reir a solas, bajo las estrellas y la luna del desierto.

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