A Ren le sentó como una
punzada en el corazón tener que reconocer que se sentía mucho más aliviada de saber que Ares, aquel joven alto, moreno y de ojos claros, iba a ser su
próximo esposo y no Hades, su hermano, quien como persona, apenas era ya un
desecho. Y no lo decía por su aspecto físico demacrado y mutilado, sino por su
forma de ser, por aquella prepotencia, y sobre todo, por portar aquella mascara
con tanto orgullo. Esa mascara, la cual la chica ya casi la había olvidado, pues apenas la
recordaba. Ahora, por culpa de Hades, nuevos recuerdos se agolpaban en su mente
provenientes de aquel fatídico día. Podría haber pensado que a pesar de Shin, a
pesar de parte del clan, él no tuviese por qué haber formado parte de la
masacre. Pero que Hécate confesase que él, su hijo mayor, fuese el responsable de
algunas de las muertes de su propia familia… El pulso se le aceleró. Apretó tanto los puños, que se clavó las uñas en las palmas de las manos, dejando a los nudillos un color blanco demasiado pálido. Estaba temblando, mucho, tanto que temió que se diesen cuenta. Estaba tan concentrada en contenerse, en no dar un paso adelante y luchar por asesinar a todos aquellos quienes estaban presentes, que no le devolvió el saludo y la gratitud al joven que tenía delante, su futuro esposo.
-Vaya ¿No es de tu
gusto, Ren?- preguntó Hécate, con un tono de ofensa que parecía fingido. Ren
pestañeó para volver en sí rápidamente. Se inclinó hacia delante como muestra
de absurdo respeto, pero no dijo nada. No le quedaba más remedio que templarse y obligarse a cumplir con el clan. Su venganza costaría un enorme sacrificio, pero ese sería el último, de eso estaba segura. –Bueno, supongo que todo se arreglará.
Es pronto. Aún debéis conoceros, trabajar juntos y construir raíces vosotros
mismos- sonrió la mujer, sirviéndose un vaso de vino. -¿Queréis acompañarme?-
ambos jóvenes miraron a la mujer, que con delicadeza y usando ambas manos,
acercaba el vaso a sus labios y bebía a
sorbos pequeños.
-Me temo que no. No me
gusta beber líquidos capaces de embriagarme- sentenció la chica, provocando que
la mujer arquease una ceja.
-De acuerdo, pero no
tienes de qué temer aquí si te embriagas. Mis hijos no son ningunos depravados, ni tampoco los demás miembros del clan-
-Yo no he dicho que lo
sean-
-Por si acaso, lo
esclarezco- sonrió. – Ares, hijo mío, ¿Por qué no le muestras nuestro hogar a
Ren? Tiene una habitación para ella misma cerca del balcón de la última
planta.- El muchacho asintió con enorme respeto a su madre, cosa que a la chica
no se le pasó por alto –Procura no dejarte nada, no queremos que se pierda
cuando ande ella sola por aquí-
-Hécate- la llamó por
su nombre, sin cortesías ningunas, tal y como la mujer hacía con ella -¿Podrías
enviar una carta a mi padre para decirle que he llegado bien a Midna y que ya
me encuentro en vuestra casa? Debe llevar días preocupado-
-Así se hará- admitió,
dando otro sorbo al vaso. Ares, por su parte, extendió el brazo para acompañar
a la muchacha hasta la salida de la sala ceremonial. Ella le acompañó,
sintiendo una mirada fría y penetrante clavada a sus espaldas.
El hombre cerró las
puertas a sus espaldas, disculpándose si la bienvenida había sido algo tensa
para ella. –No es nada- respondió Ren sin tan siquiera mirarle. No quería
hacerlo, temía observarle y que todos sus principios desapareciesen. Le odiaba,
tanto como a todos los demás, y de momento, no consentía estar a su lado y mucho menos dirigirle la palabra. El joven, sin embargo, no desistió en su tarea, y sugirió
empezar por la planta en la que se encontraban.
Por suerte o por
desgracia, apenas pudieron avanzar. Las Vakiris se encontraban muy cerca,
custodiando los pasos que Ren había dado previamente. Ayesha, tuvo la osadía de
interrumpir lo que iba a ser un paseo para saber si todo estaba bien. –Todo
bien, no te preocupes.- Ambas miraron de reojo a Ares, que se había apartado un
poco para procurar no molestar.
-¿Ya os han dado la
bienvenida, mi señora?-
-Sí, pierde
preocupación.-
-Eso quisiera, mi
señora. Pero hay un asunto del que estoy intentando deshacerme y no puedo, por mucho que lo desee-
-¿Qué ocurre?-
-Es… el Van, otra vez-
aquellas palabras debió oírlas Ares, quien puso especial interés al oír que
había un Van dentro de su hogar. Antes de que las Vakiri y Ren pudiesen hacer
nada, un grupo de tres Shin se acercó a Ares. Los tres, cuchichearon algo en
voz sumamente baja, de manera que sólo Ares pudo oír lo que habían dicho. Al
momento, el hombre volvió a mirar a las
mujeres. Ambos grupos, supieron a la vez, que el Van estaba dando problemas.
Ares con sus hombres y Ren con sus Vakiris, caminaron a paso rápido por los entrevesados pasillos de lo que la chica, ya estaba observando que componían un hogar demasiado grande. Shan se encontraba en el umbral de la entrada principal, custodiado por dos soldados más de del clan.
-... por eso digo que me tenéis que dejar pasar. Sois duros de molleras ¿Eh?-
-¿Shan? ¿Que estás haciendo?- preguntó Ren a sus espaldas. El hombre se giró fingiendo sorpresa al oir su voz. Sin embargo, Ren sabía que la había sentido llegar. Otra vez ese reiki parecía conectarse con el suyo. Lo que no sabía, era si alguien más lo había sentido.
-¡Ren! Quiero decir... ¡Mi señora, Ren! Intentaba explicarle a estos hombres el por qué deben devolverme mi arma y darme permiso para entrar a este humilde hogar -
-¡Ares! Este hombre no está haciendo más que entorpecer nuestra labor. Con tu permiso, le mandaremos fuera ahora mismo- los soldados del clan Shin, parecían estar demasiado cansados de aquella actitud a la que Ren ya empezaba a acostumbrarse.
-Oh, vamos... venga ya. Ren, por favor...- Antes de que la mujer pudiese decir nada, Ares dio un paso adelante, queriendo saber de quien se trataba exactamente. A la vista saltaba que no era un soldado de Ravat. Por supuesto, las pintas le delataban como alguien de Van.
-Este hombre, mi señor, no es más que...- quiso empezar Ayesha.
-Es mi soldado. Es mi mano derecha y consejero- se adelantó Ren, pronunciando las palabras casi sin pensarlas. Todos los presentes se quedaron mirando perplejos a la chica, algunos sin dar crédito, otros sin entender la verdadera razón de lo que había dicho. Shan, era el único que sonreía.
-Os lo he dicho. Yo voy con ella- alzó las manos, poniendo los ojos en blanco. Ares, por su parte, pestañeó incrédulo. ¿Un Van ayudando una Radih? ¿Como era posible?
-Es posible por el hecho de que yo, una Radih, se va a unir al clan Shin, y sin embargo, eso no lo cuestiona nadie- comentó tajante, aún sin mirar al joven -Este hombre se llama Shan. Ha formado parte del viaje casi desde el principio y ha tenido por bien ayudarme en todo momento, incluso en las situaciones de peligro que hemos tenido que afrontar para poder llegar hasta aquí- tragó saliva tras apuntillar esa última frase, dejando ver el sacrificio que había tomado para concluir su viaje -Forma parte de mi comitiva. Ayuda a las Vakiris y me ayuda a mí, por lo tanto, también ayuda a los Shin. ¿No trata esto de enlazar clanes y servirse de ayuda mutua?- lanzó la pregunta al aire, dejando a todos sin hablas. A aquellas alturas, poco o nada se podía cuestionar ya sobre la unión de clanes y había tres distintos en una misma sala en ese mismo momento. -Quisiera pedir que este Van se quedase temporalmente aquí- esta vez, por fin, miró a la cara a Ares. Lo hizo con valentía, y sin embargo, al mirar su rostro relajado, se sintió débil. No soportaba aquella farsa. -Si no es molestia- añadió -Si soy una emisaria de paz, es lo menos que puedo pedir- el joven asintió. Ren esperó una queja, alguna réplica, y no la hubo. Aceptó de buena gana, dando orden a los soldados de que dejasen en paz al hombre.
-Bueno... así que ¿Eres tú el hombre afortunado?- preguntó Shan con osadía, acercándose a Ares, disfrutando de su renovada libertad en aquel lugar. -Es una buena mujer. Un poco gruñona, pero como todas- aquel comentario, provocó que Ren le mirase con los ojos muy abiertos, alzando una ceja. ¿Que pretendía?
-Mi señor Ares, por favor, disculpe su atrevimiento- se disculpó Ayesha, quien parecía estar muy entregada a que todo saliese bien. -Puede ser parte de la comitiva, pero su lengua todavía no está educada- el joven alzó las manos, quitándole peso. Parecía muy extrañado por el comportamiento tan noble, medido y educado de las Vakiris ante un clan que podía luchar igual o mejor que ellas mismas.
-Ayesha, Shan- dijo, captando la atención de ambos para que callasen de una vez -Voy a dar un paseo con Ares, si no os molesta.- La mujer asintió, y Shan, se cruzó de brazos, algo aburrido.
Ares volvió a dar ordenes a sus hombres para que éstos hiciesen saber a Hécate de la presencia del Van en su hogar, sin que aquello pudiese representar algún problema. Mientras, Ayesha se acercó más a Ren para apartarle los cabellos de la espalda por un momento.
-Ren, tienes toda la espalda con manchas oscuras. ¿Quieres que busque otra ropa?-
-¡¿Qué?!- la chica volvió a recolocar sus cabellos tal y como estaban, enmarañados y enredados, ocultando esas manchas de las que no se había percatado. Rápidamente, miró a Shan, y encontró que éste las había visto y la miraba extrañada.
-No son demasiadas. Parecen... como manchas acuosas. ¿Quizá la lluvia estaba cargada de suciedad? Sin embargo... solo esta manchada esa zona... pero resaltan en el blanco del qamis. Iré a por ropas nuevas.
-¡No, no! Quiero decir... ¿Me prestas tu capa? No es necesario. Sólo son manchas- Ayesha se quitó su capa blanca sin discutir, y Ren, Se la colocó por encima, ocultando toda pista de su identidad. ¡Maldita lluvia de Midna! ¡Había olvidado completamente lo que la humedad podía hacer en su pelo teñido! Volvió a mirar a Shan, encontrando que éste aún seguía mirándola. Por suerte, Ares medió entre aquellas mirada, colocándose entre ambos y preguntando a Ren si quería retomar el paseo. -Sí, vamos- Todo cuanto fuese salir de aquella situación, era buena idea, incluso viniendo de un maldito Shin.
Ares y Ren emprendieron los pasos al rededor del hogar de éste. Sin embargo, Ren estaba distraída. No podía dejar de quitarse de la cabeza a Shan, porque era un hombre tan misterioso, tan cargado de sabiduría, reflejada en su reiki, que le preocupaba las ideas que podría haberse llegado a hacer. Sólo esperaba que no llegase a la verdadera conclusión, porque si no... estaría perdida.
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