Las semanas pasaron.
El clima no mejoraba.
Así era Shin, sin sol, repleto de nubes, húmedo, frío y yermo.
Ren gritó, incorporándose en el futón, empapada de sudor
y temblando. Rápidamente, tras respirar de forma profunda, se recompuso. Era
una pesadilla, otra vez.
En vez de salir de
entre las sábanas, se colocó de lado, dándole la espalda a la claridad mañanera
que entraba desde el balcón. Quería descansar. Dormir más horas, quizá todo el
día. Por desgracia, no lo consiguió.
Conciliar el sueño era
algo que se había convertido en una tarea diaria difícil desde que Shan la
había descubierto. Estaba tan asustada, aterrada y se sentía tan extraña de que
alguien más supiese de su verdadera identidad después de tantos años, que no
conseguía sentirse tranquila para dormir. Y cuando lo hacía, las pesadillas se
identificaban, incluyendo a Shan ahora en ellas. No sabía por qué, ahora él
empezaba a formar parte de su pasado sin ni tan siquiera haber estado en él. No
quería admitirlo, pero sabía que desde ese día en el baño, sus reikis se habían
conectado demasiado. Su concepción de aquel hombre había cambiado. A pesar de apenas haber intercambiado palabras desde entonces, cuando él la saludaba, le dedicaba una mirada comprensiva o le preguntaba si todo iba bien, sabía que se lo estaba preguntando a la verdadera Ren. Por fin, después de tantos años, alguien más que su familia adoptiva la trataba como tal. Y ni si quiera había hecho el intento de delatarla. La aceptaba como tal. Sentía tal alivio en su corazón que... a veces deseaba no estar allí, sino en otro lugar, con Shan, para poder contarle la verdadera realidad de lo que vivió y que él hiciese lo mismo con ella. Tenía la necesidad de contar con alguien... porque no estaba avanzando nada en absoluto.
-¿Ren?- Ayesha llamó a
la puerta desde el otro lado. Por alguna razón, desde que Ares había dado su
punto de vista, la mujer había dejado de tratar con cordialidades a la gente,
incluida su protegida. A Ren le pareció mejor así.
-Estoy despierta-
-Es Hécate. Quiere que
te reúnas con ella- Ren suspiró, teniendo que salir del calor del futón a la fuerza. Oyó como Ayesha se retiraba, dando enormes pasos que sonaban leves desde la habitación. Se vistió, una vez más, con ropajes de Shin. Esta vez eran de un color azul oscuro, y mucho más cómodos que los que ya había vestido para salir. Todos allí parecían vestir prendas similares. Supuso que era lo común.
A aquellas alturas, la mujer era ya incapaz de perderse en aquella enorme torre. Empezaba a conocerse los pasillos, las salas y las habitaciones. No eran ni por asomo tantas como había percibido el primer día. Realmente, la casa era pequeña. Quizás solo la sintió grande, porque se vio así misma diminuta en ella.
No hizo falta preguntar donde estaba Hécate. La encontró en la sala ceremonial, como siempre. Sentada sobre un enorme cojín, apoyando los codos sobre la baja mesa cuadrada, bebía un vaso de vino nuevamente. Era demasiado temprano para beber, pero, ¿Quien allí iba a discutírselo?. A su lado, sentado en el cojín de al lado, estaba Ares. Parecía tenso. -¿Me querías ver?-
-Por supuesto, toma asiento- Con lentitud, Ren se acercó hacia el cojín libre que había junto a Ares. Algo en su intuición le decía, que lo habían colocado ahí de manera estratégica, por lo que no le quedó otra que sentarse. -Quería preguntarte sobre tu estancia aquí. Parece mentira que ya haya pasado todo un ciclo lunar desde que llegaste-
-¿Tanto?- preguntó, revelando sus pensamientos en voz alta. ¡¿Ya hacía más de un mes desde que había llegado?! No se le habían pasado los días rápidos en absoluto, pero al tener la confirmación, se sintió terriblemente inútil. ¿Que estaba haciendo? ¡¿A que estaba esperando para atacar?!.
-Son muchos días. Por eso quisiera saber ¿Como te encuentras?-
-Bien, estoy a gusto aquí- mintió.
-¿Y con mis hijos? ¿Como es la relación?- sintió un sudor frío cuando hizo aquella pregunta. ¿Que podría decir de sus hijos, si ni si quiera con Ares apenas había relación?.
-Bueno... es complicado- titubeó. Al decir aquello, Hécate profirió una enorme carcajada.
-Lo suponía. Hades no es alguien fácil de tratar y Helios aún es solo un niño. Me sorprendería si dijeses que la relación con ellos, en tan solo un mes, ha avanzado con éxito. Eres sincera, lo cual agradezco.- Ren agachó la cabeza para recibir el cumplido, no supo por qué -Realmente, quien me importa en esta situación es Ares. ¿Como os lleváis?- Ren miró a Ares, y este hizo lo mismo. Se quedaron durante unos segundos sin palabras. ¿Qué podían decir, si apenas habían cruzado palabras?. El hombre se rascó la nuca, afirmando que la relación era buena. En un mes, no habían tenido oportunidad de conocerse en profundidad, pero, podía atisbar, que Ren se trataba de una buena mujer, con la que seguro, acabaría estrechando la relación.
-Eh... sí, Ares es...- ¿Qué decir? - Muy considerado. Me trata bien.- se mordió la lengua al decir aquello. Odiaba tener que elogiarle. Por suerte, para Hécate pareció suficiente.
-Bueno, todo se arreglará. Los matrimonios concertados conllevan este problema. Con el tiempo, os afianzaréis el uno al otro. Y sobretodo tú, Ren, te integrarás en este clan hasta que sientas que es el tuyo.- no supo por qué, pero sintió en aquellas palabras un deje amenazante -He pensado que, dado que Ren parece adaptarse bien, celebrar la boda ya.-
-¿Ya?- La chica abrió mucho los ojos.
-¿Hay alguna razón por la que no pueda celebrarse? Precisamente para eso os he convocado aquí. Tu estancia previa aquí, era la manera más sencilla de que os casarais sin que en enlace fuese demasiado abrupto. Soy consecuente, y sé, que en todo un mes algo puede haber cambiado entre vosotros dos. Os lo vuelvo a preguntar. ¿Hay alguna razón por la que ésta boda no deba celebrarse?- otra vez ahí estaba, ese tono amenazante. Realmente, había mil y una razones por las que esa boda no podía celebrarse. Pero para que el plan siguiese adelante, no, no las había.
-No, en absoluto.- Ares negó a la par que la chica. Hécate sonrió, satisfecha. Incluso dio una palmada. Parecía excitada.
-¡Me alegro! Entonces, puedo tenerlo todo preparado para dentro de una semana. Ren, tú puedes enviar hoy mismo una carta a tu padre. Debe venir un día antes. Según tengo entendido, por las misivas mutuas que nos hemos enviado, será él quien se encargue de tu vestido y no yo- la chica asintió. Al menos, Assar llegaría en pocos días... -Pediré que desalojen tu habitación ese mismo día y que os trasladen a ambos a una de las habitaciones grandes que quedan vacías y... - Ren dejó de escuchar en ese momento. No supo por qué, se sintió muy triste al oírla hablar tan animada de aquella boda. Hécate miraba sobretodo a su hijo. Supuso, que para una madre, casar a su hijo era un acontecimiento único sobre el que deseaba estar segura. Al fijarse en Ares, vio como éste también hacía un esfuerzo por corresponderle con más sonrisas, a pesar de que estaba tan incómodo por la situación como ella. Había un ambiente de complicidad del que ella no podía llegar a formar parte. Por un momento se preguntó ¿Como se sentiría su madre si le dijese que iba a casarse? ¿Se pondría tan ilusionada como Hécate? ¿La abrazaría y besaría hasta espachurrarla? Los ojos le escocieron al pensarlo, pero no sintió rabia aquella vez... sino envidia. Una profunda envidia hacia los Shin. -...Así que, bueno. Ya que estamos, os daré mis regalos ya- volvió a aplaudir, lo que hizo que Ren saliese de su ensimismamiento. Hécate se puso en pie y se marchó, para volver a los pocos segundos con tres paquetes.
-¿Regalos?- preguntó mientras la mujer volvía a sentarse.
-Claro. Os vais a casar. Vais a recibir regalos y quiero que el primero sea el mio. Venga, abridlos- la mujer cedió a ambos el paquete más grande. Ares y Ren tuvieron que abrirla entre ambos. Se trataba de un futón blanco lleno de motivos azules. Era muy grande, cálido y mullido. Se notaba solo con tocarlo. Ares y Ren no supieron como reaccionar entre ellos. -Entiendo la poca sorpresa. Es la tradición que la madre regale la ropa de cama. La he bordado yo misma. Si os digo la verdad, la he estado haciendo desde que recibí la carta de Assar - Ren la miró. Si tan segura estaba de hacer los regalos, que incluso los tenía preparados ¿Por qué preguntó antes si había algún impedimento? ¿Que hubiese pasado si hubiese dicho que la boda no podía celebrarse? -Lo importante es que os sea útil a los dos- sonrió. -Ahora, abrid los otros- Los dos paquetes pequeños que quedaban, los repartió. El de Ren era mucho más pequeño que el de Ares, quien abrió el suyo mucho más rápido que la chica. Ren miró de reojo cuando lo abrió. Era una daga. Una daga demasiado bonita a pesar de la oscuridad que la caracterizaba. Por alguna razón, Ares se quedó sin palabras -Como ya sabes, era de tu padre- dijo la mujer -Se la regalé yo el día en que nos casamos. Desde que murió y hasta día de hoy, la he custodiado, siendo de lo poco que me quedaba de él. Sin embargo, tú te has convertido en su legado. Tú seguirás los pasos de él ahora y creo que no había mejor regalo que cederte este. Creo... que a él le gustaría que tu la tuvieses.- Ares asintió y lo agradeció enormemente. ¿Era tristeza eso que Ren estaba percibiendo en la mirada del joven? ¿Era determinación?. -Ren, abre el tuyo- La chica abrió el paquete. Se trataba de un pequeño cofre, que al abrirlo, descubría un par de pendientes de color plata. Eran pequeños y enrevesados, dibujando varias formas similares a las de un rayo.
-Son... preciosos- debió admitir.
-Los he comprado pensando en ti. Tienes el pelo tan espeso y oscuro, que los colores plateados realzarán mucho tu rostro- Ren sonrió, intentando fingir agradecimiento. En el fondo, sabía que aquellas formas de rayo estaban intencionadamente colocadas, dado que Assar, en el vestido, podía dejar clara sus raíces Ravat. -Lúcelos en día de la boda. Estoy segura de que no me he equivocado eligiéndolos.
-Lo haré- Ren cerró la cajita. No le hacía ilusión observarlos más.
-Espero no haberme equivocado con los regalos. Es la primera vez que un hijo mío se casa. Quizás no haya estado muy acertada.-
-Todo está bien- volvió a fingir una sonrisa.
-Claro que sí. Dime, Ren... ¿Cuantos hijos deseas tener?- Si Ren hubiese tenido en ese momento algo en la boca, de seguro que hubiera atragantado.
-¿Hijos?-
-Claro... ¿Cuantos hijos deseas dar a Ares?- el silencio entre ambos fue demasiado incómodo en ese momento. ¿Darle? ¿A caso era ganado? - Yo hubiese deseado tener una niña. Supongo que podría haberla tenido de no ser porque Caronte falleció. A veces la vida nos lleva por caminos llenos de sacrificios. Como madre, mi consejo es que aprovechéis el matrimonio que ahora vais a iniciar. Nunca sabréis como se pueden llegar a torcer las cosas.- Ren apretó los nudillos. Sabía que ese sacrificio del que hablaba, era el asesinato de los Yanagi ¡¿Como podía llamarlo sacrificio?! ¡¿Ella?! -¿Ren?-
-Perdón... estaba distraída-
-Te preguntaba que cuantos hijos deseas concebir.-
-No lo sé aún-
-Bueno... queda una semana para que os caséis. Deberíais tratar estas cosas cuanto antes.- Ares y Ren no podían mirarse. No con aquella conversación. -¿Eres virgen?- la chica abrió los ojos, sin poder creer lo que le estaba preguntando frente a su hijo. ¿Por que quería saberlo? ¿A que venían tantas preguntas?.
-No entiendo la razón de esa pregunta- Hécate arqueó una ceja al oírla replicar.
-La razón es que la situación cambia dependiendo de tu experiencia con otros hombres.-
-¿A caso crees que tengo mucha experiencia con otros hombres? ¿Me estás llamando experimentada?- Ren no pudo contener la lengua. La humillación ya estaba siendo suficiente. Empezaba a olvidar que Hécate le estaba preguntando aquello a la hija de Assar, no a la de los fallecidos Yanagi, a quien le había arrebatado la vida por completo. Ares se puso en pie, pidiendo a su madre que retirase aquella pregunta. No encontraba necesario que su futura esposa tuviese que responderla.
-Yo creo que sí, Ares. Es tu mujer. Debes saber de ella.-
-¿Tú eres experimentado con las mujeres, Ares? Quizás yo también deba saber de tí- preguntó con enorme osadía, mirándole por fin a los ojos. El chico, para su sorpresa, respondió. No lo era. Jamás había conocido a una mujer. Ren no esperaba que fuese a responder con tanta sinceridad, ni mucho menos que no se lo tomase mal. Por su parte, Hécate respiraba de forma entrecortada. Sus ilusiones y buenas intenciones se habían esfumado, para dar paso a una madre tensa, alerta, capaz de atacar en cualquier momento si Ren no se comportaba. Terminó por tomar aire. No podía estropearlo todo. -No he conocido a ningún hombre. Nunca he tenido relación con ninguno.- terminó por confirmar. -Siento el atrevimiento. No me gustan esta clase de preguntas-
-Discúlpame a mi, entonces. Sólo quería... aconsejaros. Pero mantendré la boca cerrada si es lo que quieres, Ares. Cumplid con vuestras responsabilidades matrimoniales como creáis oportuno- terminó por decir, bebiendo un buen buche de vino mientras fruncía el ceño. Ares asintió, y tras ello, tomó la mano de Ren sin previo aviso, instándola a ponerse en pie. Se disculpó por los dos, ya que querían ausentarse. Ante el consentimiento de su madre, Ares arrastró a la mujer hasta el pasillo.
Ren estaba nerviosa, al borde de la ansiedad, mientras el hombre se disculpaba por el comportamiento de su madre. Entendía que aquella pregunta no había sido nada adecuada. Se había sentido tan incómodo como ella, y era algo que quería que supiese. - Da igual-
-Vaya, vaya... ¿Discusiones matrimoniales?- Estaba tan sumida en los nervios, que no había sentido llegar a Shan hasta que no habló.
-No estamos discutiendo- musitó -Nos... casamos la semana que viene- Ren miró a Shan con un deje de tristeza en los ojos. Era una especie de súplica, para alguien que realmente sabía la verdad.
-Oh... Felicidades entonces, a los dos. Espero estar invitado.- Ares aseguró que así era.
-Si no os importa, voy a mi habitación. Voy a escribir a mi padre para contarle la noticia. Creo que querrá saberla cuanto antes- la chica desapareció, dejando a ambos hombres solos. No había que ser muy espabilado para saber que algo no iba bien. La boda estaba demasiado cerca.
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