martes, 2 de mayo de 2017

Las palabras de Caronte resonaban tantas veces en su cabeza que le hacían sentirle cerca como si hubiese sido el día anterior la última vez que le vio. Ahí estaba, grande y poderoso, su padre, el Umbra del clan Shin, el mayor poder de la región de Midna, de pie, mirándole desde el otro lado de su habitación, cuando Ares despertó con un ligero sobresalto, irguiéndose. La figura fantasmal de Caronte se difuminó, desapareciendo, como la oscuridad cuando llega el nuevo día ¿Había sido real? Se llevó una mano a la frente. Estaba sudando ¿Realmente se había manifestado el espíritu de su padre? Sabía que no sería algo extraordinario. Desde hacía siglos, el clan Shin ha estado en contacto con la muerte y por lo tanto, con las almas de los difuntos. Sus técnicas funcionaban en torno a la muerte y no eran pocas las que estaban relacionadas con usar espíritus o elementos del más allá para atacar o defenderse. Era de sobras conocido por el clan, que el propio Caronte a veces se recluía para, según él, hablar con los antepasados y que le proporcionaran sabiduría ante difíciles decisiones. Ares pensó en ese momento que quizá debería haberse reunido con los antepasados antes de ir a la guerra tan impulsivamente contra el clan Yanagi en Shizen. Quizá, al menos, no habiendo evitado la carnicería, hubiese evitado que su hermano mayor quedase gravemente herido y la posterior muerte del propio Caronte debido a la Deuda con la Muerte, como llamaban a esa afección que arrebataba la vida a los que usaban técnicas prohibidas del clan -¿Todo bien?- preguntó una voz mientras corría la puerta hacia un lado. Era Hades. Se mantenía en pie a duras penas apoyándose en un palo tallado que usaba como una especie de muleta. Llevaba la máscara de soldado Sombra puesta. Rara vez se la quitaba. Se sentía terriblemente avergonzado de su aspecto
-¿Qué haces despierto tan temprano?- preguntó Ares
-Te he oido- dijo carente de emociones -Desde el tejado-
-Me temo que debe haberme escuchado todo el mundo entonces- se quejó Ares poniéndose en pie. Estaba descamisado. Hades le dedicó un lento escrutinio al cuerpo de su hermano mediano
-Creo que sólo te he oido yo- se decantó Hades. Vio como su hermano Ares se asomaba a la ventana sólo para ver el cielo nuboso tenuemente iluminado. Aún faltaban horas para el amanecer
-Demasiado temprano- suspiró Ares
-¿Hay algo que te atormenta?- a pesar de su evidente impedimento, Hades sabía moverse como una sombra. Ares ni se percató de que estaba detrás de él. A veces, le daban escalofríos sólo de pensar que su hermano, de no estar tullido, podría asesinar a quien quisiese sin que nadie supiera quién lo ha hecho
-He soñado con padre- terció, sentándose en el suelo. Hades le miraba desde lo alto
-Es recurrente- dijo el mayor, desviando la mirada hacia el cielo nuboso
-¿Tú también sueñas con él?-
-No- inquirió -Nunca he soñado con padre-
-Me pregunto si se debe a algo...- se rascó la sien -Tal vez esté tratando de darme un mensaje...-
-...o simplemente te estás sugestionando. Intenta dormir, hermano- recomendó Hades
-Divertido... ¿Puedo preguntar por qué recomiendas dormir cuando tú no lo haces?- torció una sonrisa Ares
-Tu deber como futuro sucesor es estar preparado para todo. Cuando llegue el momento, hermano, desearás poder dormir en paz. No habrá un instante de tranquilidad para ti. Recuerda a padre- dijo Hades con frialdad -En cambio, yo puedo dormir tanto como me plazca. Pues estoy atrapado en este cuerpo lisiado, y en esta vara que me ayuda a caminar- Ares a veces especulaba que su hermano estaba muerto y hablaba con su espíritu -No deberías preocuparte por mi descanso, pues no puedo hacer otra cosa- los oscuros ojos de la máscara se alinearon con los de Ares
-Lo siento tanto, Hades...- suspiró Ares
-Yo también lo siento, pero así son los hilos del destino. Mi momento llegó en el auge de la batalla. Di muerte a Itto Yanagi- recordó con orgullo -Lo destrocé sin sufrir daño alguno hasta que me pilló desprevenido. Me pudo al vanidad. Por eso, no seas como yo, y duerme las noches, para ser la sombra que gobierna el día- Ares asintió, pensativo, volviendo a tumbarse en el futón en el suelo
-Al menos procura no coger frío ahí fuera- regañó el mediano mientras intentaba cerrar los ojos -Buenas noches Hades-
-Buenas noches- terció saliendo de la habitación a paso lento apoyándose en la vara. Fue antes de cerrar la puerta cuando se detuvo y por encima del hombro ladeó muy ligeramente la cabeza. Reiki. Había una presencia en la habitación. Por el rabillo del ojo le pareció distinguir la figura humeante, sin forma demasiado definida, pero juraría que era Caronte, contemplando al futuro Umbra de Shin. Hades corrió la puerta, cerrándola, con frustración.

A la mañana siguiente, de nuevo, Ren no se presentó. La chica estaba sumida en sus emociones, sus pensamientos, y lo más cerca que estuvo del patio donde entrenaba Rash con Assar fue subir a las almenas de la fortaleza, desde donde los podía ver a ambos. Estaban en lo que Assar llamaba el Jardín de los Reflejos. Ver a dos Radih entrenar juntos era tan aburrido como ver una carrera de caracoles, como cuando ella era pequeña, junto a sus hermanos en la aldea Yanagi. Ambos guerreros Radih se mantenían inmóviles, quietos, mirándose a los ojos el uno al otro. Un espectador sólo podía esperar a ver qué sucedía, pero en las mentes de padre e hijo se estaba librando una batalla sin cuartel. Nadie era capaz de discernir que en el mundo interior de Rash, se estaba enfrentando él sólo a una miriada de soldados Sombra. Rash vatía la espada como todo un maestro, una espada similar a una cimitarra, con el filo curvado, pero tan delgada como una katana. Los hombres de Ravat llamaban a esas espadas "katar". Había ya una oleada de asesinados en tierra, cuando Rash empezaba a boquear en busca de oxígeno que respirar. De la nada, la sangre de sus enemigos comenzó a ascender y ascender, como si estuviese en un recipiente que se llenaba de agua. La sangre lo cubrió todo, hasta al propio Rash, que se ahogaba despacio en el espeso líquido vital. Finalmente la batalla ilusoria cesó cuando Rash cayó al suelo en el Jardín de los Reflejos, buscando respirar, apartándose los pañuelos del rostro -No ha estado nada mal- dijo Assar, sonriente, sofisticado. Se hallaba de pie ante su hijo, vistiendo un impoluto traje de telas largas y elegantes de color pastel con ribetes dorados por doquier. Rash, por su lado, vestía de blanco y azul zafiro -Pero quiero que entiendas la moraleja. Mata de forma indiscriminada y te ahogarás en la sangre de tus enemigos- regañó
-¿Y cual es el plan?- suspiraba, cansado, sudando -¿Dejar que me maten?-
-O que se maten entre ellos- sonrió Assar -Eres un Radih, Rash. Recuerda tu sangre, tu origen, tu entrenamiento, tus habilidades. Tenemos un don que anhela cualquier ser viviente. Podemos ser los amos del destino- dijo megalómano y grandilocuente
-Sí... ya- Rash de forma instintiva alzó la mirada hacia las almenas de la fortaleza. Una maraña de cabellos oscuros llamó su atención. Allí estaba, sin acercarse a entrenar
-Espabila- ordenó Assar, dándole una punzada en el muslo a su hijo con el katar. Un hilillo de sangre manchó sus ropas -¿Qué te distrae de tus obligaciones?-
-Ella...- Rash hacía un esfuerzo por no dolerse. Sabía que su padre empapaba el filo de su katar con veneno de escorpión rasut, que no mataba, pero quemaba como el infierno -Ella no... viene- le escocía horrores -Le dije que viniese a entrenar con nosotros y no hace acto de presencia. Me preocupa- se puso en pie, dejando caer el peso en la pierna sana -No quiero que esté siempre triste. Está dejando de lado todo cuanto tiene. A nosotros, a su entrenamiento...- comentó con lamento
-¿La chica Yanagi se vuelve mustia como las flores que sólo ella puede traer a este reino de tierras desérticas?- esbozó una sonrisa Radih -Pobre. Ve con ella. Dile que esta noche será una cena especial. Tengo asuntos que hablar con ella- Rash asintió entusiasmado, cualquier excusa para ir a buscar a Ren era suficiente para iluminarle la cara.

El día pasó más lento de lo normal, por alguna razón. Rash le había dado el comunicado a Ren, pero no tuvo demasiado tiempo para hablar con ella. La chica mantenía su estatus apagada y distante y no le dio demasiado pie a seguir la conversación. De poco importó cuántas veces le dijera lo bellísima que era, cuánto se asemejaba a una diosa, a una estrella o a la más sensual luna, nada la animaba, pero cada palabra que le dedicaba hacía que Rash sintiese cada vez más impulsos. Decidió dejarlo hastar hasta que el cielo se colmó de estrellas. Las callejuelas de la aldea estaban iluminadas con centenares de antorchas. En las calles, algunos tocaban músicas en citaras y flautas. En la fortaleza Radih, hogar del clan, todo se iluminaba con lámparas exóticas con velas en su interior, dando un toque más íntimo y místico, como eran los Radih. Ren tuvo que cruzar unos cuantos pasillos y el patio interior de la fortaleza, que llamaban El Ojo. Era maravilloso, muy hermoso. Uno de los pocos lugares, junto a El Jardín de los Reflejos, que poseía vida natural. Plantas, flores, de todo. Lugares que traían algo de paz al alma de la chica, al igual que pesar. Añoraba su tierra, añoraba su clan. Cuando por fin llegó al gran comedor, todo cuanto la recibió, de nuevo, era un sin fin de detalles dorados, blancos y algunos verde jade y azul zafiro. El techo de la estancia estaba pintado con decenas de estrellas y lunas doradas. En la mesa, aguardaban Rash y Assar, que la esperaban para comenzar el banquete. Aquella noche se sirvió una deliciosísima ternera. Comieron sin mayor turbación hasta que Rash se decidió a romper el incómodo silencio
-¿Y cómo estás, Ren? ¿Te encuentras algo más animada?- preguntó con una enorme sonrisa. La chica no parecía estarlo -Quizá esta excelente degustación te ayude a subir el ánimo- se metió un trozo de carne en la boca -¿No te parece deliciosa?- ella alegó que sí, pero aún así parecía algo abstraida
-Desde hace años, sabemos qué le ocurre a Ren, Rash- inquirió Assar -Es por eso por lo que estamos esta noche aquí. Para cenar, claro- sonrió -Como siempre, pero hoy nos reune un motivo más especial- las palabras de Assar captaron la atención de Ren -Créeme que te entiendo. Te comprendo perfectamente- apoyó los codos en la mesa y entrelazó las manos. Sus ojos se clavaban en los de la chica. Ren por instinto los apartó, ningún Radih debía mirarte a los ojos o podrían hacer contigo lo que quisieran. Sin embargo, rememoró todo cuanto ese hombre hizo por ella... y le devolvió la mirada por fin. Assar se percató de ello y sonrió -He estado pensando mucho en ti, Ren. En ti y en tu clan. En ti y en tu tierra. En la guerra con los Shin- sólo mencionar aquel nombre resultaba venenoso -Por ello, creo que ha llegado la hora de que paguen ¿No lo crees así?- dio un sorbo a una copa de vino de arroz
-¿Vamos a actuar?- preguntó Rash con una sonrisa perversa -¿Vamos a la guerra contra Midna? ¿Vamos a masacrar a los Shin?- estaba terriblemente entusiasmado
-Sí. Y no- dijo seguidamente -La guerra llegará, pero vamos a iniciar los preparativos. Dime una cosa Ren ¿Quieres vengar la muerte de tu familia?- los ojos de la chica se llenaron de lágrimas a la vez que sus labios se fruncían. Dejó los cubiertos sobre la mesa con parsimonia mientras asentía
-Entonces sigue mi plan y te prometo que no habrá Shin que quede en pie para ponerse en tu camino- entornó la mirada, lleno de maldad- la chica quiso saber de qué se trataba -La masacre de Shizune ha dejado a Midna y al clan Shin en una posición aventajada. El clan Wulf de las nieves del oeste, incluso los Zavat, nuestro clan hermano de Ravat, los consideran pesadillas a las que es mejor no enfrentarse. Sin embargo yo sé que son débiles. Carecen de algo importante. Carecen de unidad y aprecio a la vida, no poseen visión de futuro. Como ya sabemos, la masacre de tu familia les trajo desgracias. El mayor de los descendientes de Caronte está impedido, poco más que un muñeco de trapo, mientras que el Umbra falleció a causa de una afección debido a sus tratos con la misma muerte- sonrió -Ahí es donde entraremos nosotros. Usaremos el miedo que consideran que han creado, postraré mi rodilla ante ellos. Les prometeré una alianza- vio como Rash y Ren fruncían el ceño -Y tú, que te harás pasar por mi hija, sangre de mi sangre, serás enviada a Midna para entablar lazos y casarte con el sucesor del clan Shin- Rash golpeó la mesa con el puño
-¡Me opongo!- dijo furioso -¿Casarla con el enemigo? ¿¡Es que has perdido el juicio!?- Ren se sumó a la queja. Llegó a decir que su padre adoptivo estaba loco, de remate -No se me ocurre de qué forma retorcida se te ha ocurrido, padre, enviarla al lugar donde más expuesta estaría- bufó Rash
-Aún sois jóvenes, los dos- suspiró separando las manos y apartando los codos de la mesa -Y por ser jóvenes toleraré con una sonrisa que me llaméis loco, pero sólo lo toleraré por una vez- dijo sobre todo refiriéndose a Rash -Querida Ren, demuestra que puedes ofrecerme más que el zoquete de mi hijo, reflexiona sobre mi clan, escúchalo por completo- ofertó, viendo cómo la chica ardía de ira -Irás a Midna, conocerás a la familia, al clan, y te casarás con el sucesor. No con el tullido inútil, sino con el siguiente en la línea sucesiva. Aproximadamente tendrá pocos años más que tú, de manera que puede ser aprovechable. Te unirás al clan. Serás adoptada como Ren Shin... y entonces las Mil Puertas se abrirán para ti- Assar a veces usaba ese término para referirse al control del destino -Piensa el poder que tendrás para subyugar a una familia en la que estás infiltrada. Pondrás fin a sus míseras existencias desde dentro, sin que sospechen de ti, sin ponerte en peligro, ni a mí tampoco- Ren escuchaba atentamente. Quiso saber qué sacaba él con ello -¿Que qué saco? Saco la destrucción de un importante enemigo. Hija mía, ambos navegamos en el mismo barco, hacia el mismo destino, por distintas motivaciones. Tú quieres vengar a tu familia, quieres ver arder la sangre maldita de quienes te arrebataron todo y yo quiero salvaguardar mi tierra, mi hogar. Protegernos del enemigo, nada más. Y te tengo a ti, hermosa flor de loto, agua de una fuente cristalina emponzoñada, que les darás muerte de la forma que te plazca- finalmente una pequeña sonrisa maligna asomó en el rostro de la chica y Assar supo que la tenía. Aún así, ella pidió garantías -¿Garantías? ¿Quieres garantías del hombre que te acogió y ha criado hasta hoy, Ren? De acuerdo, las tendrás. Nos estaremos informando cada noche a través de las arenas. Me serviré de algún contacto del clan Zavat para ello. Mi otra garantía es que no interferiré de ninguna forma en tu venganza. No te pediré nada. Todo, completamente todo, será tuyo- ¿Y después, qué? Preguntó simplemente -Después serás libre, pajarillo del desierto- sonrió dulcemente -Tan libre de volar hacia tu nido, donde fue tu hogar... y reconstruirlo. O reconstruir tu vida sobre los cimientos abrasados del clan Shin, sobre sus tumbas. No pienso retenerte. No eres mi herramienta. Eres mi aliada- declaró -¿Qué me dices?- tras un ligero silencio y una tensa mirada por parte de Rash, la chica asintió -Bien...- sólo necesitó pestañear para que Assar ya no estuviese en su asiento, sino tras ella, agarrándola de los hombros con firmeza pero delicadamente. Una ilusión ¿Cuanto hacía que se había levantado del asiento? -Juntos, tú y yo, Yanagi y Radih, seremos invencibles- le dijo cerca del oido, alimentando su odio. En lugar de inundarle con temor a un engaño, comprobar la ferocidad y certeza de las ilusiones Radih sólo le dio más confianza. El clan Shin... iba a desaparecer.

Assar comenzó los preparativos, mientras que Ren, por su parte, cambió completamente de actitud. El simple hecho de ver las puertas abiertas hacia una venganza ineludible le encendía el alma como nada en la vida. Assar sabía que ella necesitaba tiempo, y se lo dio. Le concedió unos meses en los que la chica pasaba día y noche entrenando, casi sin descanso. A veces Rash la supervisaba. La enseñó a manejar el katar, ya que una digna hija del Señor Radih debía de saber luchar. También le enseñaron técnicas de los vientos, para aparentar aún mejor provenir de Ravat. Assar se aseguró de que ella se metía en la cabeza la idea de que era una Radih algo nula para usar las técnicas propias del clan, pero sí las técnicas elementales que cualquiera podía usar con el maestro adecuado. Por lo demás, la muchacha dedicaba horas del día a su propio clan. Estudió las formas del reiki, su fluidez su concentración. Comenzó a estudiar cómo dar vida para poder quitarla. Aprendió del patio del Ojo y sus plantas, al igual que del Jardin de los Reflejos. Pudo "hablar" con las plantas. Aprendió de ellas, aprendió de la vida de todo lo que le rodeaba. Y comenzó a surgir la naturaleza. Crecieron árboles donde no había, crecían raices, zarzas de espino, rosales. Crecieron plantas venenosas, esporas urticantes capaces de crear ampollas sanguinolientas cuyo dolor era semejante al de los escorpiones rasut que usaba Radih. La chica se estaba preparando, pronto estaría lista. El fantasma de los Yanagi regresaba y tenía intención de quedarse.

Finalmente llegó el día. Assar había enviado una misiva vía halcón a Midna, al hogar de los Shin. La carta explicaba el motivo de la llegada de una emisaria de paz por parte de Ravat, pues ese era el falso papel de Ren. Assar le proporcionó un séquito de Vakiris, guerreros Radih que no formaban parte del clan, pero eran diestros en el combate, veloces y sabían usar el reiki, como las unidades Sombra de los Shin. Diez de ellos serían suficiente y para resaltar aún más, todos los soldados eran mujeres. Lucían unos pañuelos blancos cubriendoles la cabeza y la mitad del rostro, que caían graciosamente sobre sus espaldas acorazadas ligeramente con unos atuendos dorados capaces de reflejar el sol, sobre un traje de telas suaves y anchas del mismo color blanco que los pañuelos. Los ojos de todas ellas destacaban así, dado que se maquillaban con ahumado oscuro y gris. Las hacía bellas y atractivas sólo por sus ojos, el contraste y su forma de mirar. Los Ravat solían tener los ojos claros y Ren cumplía también ese requisito, al igual que Rash, aunque Assar no, curiosamente
-Todo está listo-  dijo, proporcionando monturas a Ren y sus mujeres -Estos camellos os ayudarán a pasar más veloces por las dunas de Ravat. Allí os esperará la guardia fronteriza. Dejadlos en sus manos. Proseguid a pie a partir de ahí- Ren asintió -Sois guerreras Vakiris, a fin de cuentas. Estáis hechas para la lucha. Caminar durante un par de días no será para mucho- le guiñó el ojo a su ahijada
-Ren- Rash se acercó y la ayudó a montar al camello, aunque no lo necesitaba, pero quería tocarla antes de que se fuese -Ren... No tienes que hacerlo, no tienes por qué casarte si no quieres- dijo con cierto tono de desesperación. Ella, sin embargo, estaba decidida. Era un pequeño precio a pagar por la venganza -Pero es el enemigo y...-
-Rash- llamó Assar, que contemplaba cierto peligro en su hijo -Déjala en paz. Debe marchar- Ren asintió
-Te quiero- dijo mirándola a los ojos -Hermana- concluyó tras una pausa -Mantente a salvo. Estaremos allí el día de la boda- ella volvió a asentir y por fin, se pusieron en marcha.

Aquellos camellos hicieron más llevadero el viaje a través del desierto como prometió Assar, aunque les llevó todo el día. Llevaban agua de sobra por fortuna, de modo que no se hizo demasiado pesado. Una vez dejaron el desierto atrás, en la frontera les aguardaban un grupo de Vakiris que se quedaron con los camellos. Se despidieron de Ren y de las demás mujeres. La chica pudo sospechar que algunos se conocían o incluso eran amantes, por el temor que había en sus voces. Luego, prosiguió la marcha. Acamparon la primera noche a poco más de la frontera. En la lejanía se veía algo de verde, no simple desierto, tierra seca y arena. Verde. Vida. Los ojos de la chica se humedecieron con sólo verlo. Recordaba el incendio. El humo se veía desde la fortaleza Radih. Todo Shizune ardió, absolutamente toda la región... y con el paso de los años había vuelto a florecer. La vida se abría camino, volvía, tal y como ella regresaba. La vida volvía para vengarse al igual que regresaba Ren. Estaba de nuevo en su tierra. A la mañana siguiente, Ren comenzó su viaje acercándose a una de las mujeres. Era notoriamente más alta, muchísimo más que las demás. Se llamaba Ayesha. Debía de sacarles una cabeza al resto y parecía ser la capitana. A la propia Ren le sacaba dos cabezas. Era corpulenta, poderosa. Tenía gracia al caminar aún así. Era la única que portaba dos katar en lugar de uno, cruzados en su espalda -Señora- dijo -Por aquí. Tomemos un desvío- a Ren le extrañó aquel comportamiento, pero supuso que debían conocer el terreno, como ella lo conocía en su día. Habían pasado tantos años que ver un bosque, el ligero olor a humedad, oir los riachuelos... todo le ponía los vellos de punta. Podría decirse que casi apagaba la ira y despertaba una inmensa pena, pero no, recordar el por qué ya no vivía ahí... le ennegracía el corazón -Hemos oido noticias de que algunos miembros del clan Wulf saquearon estas tierras en tiempos de guerra. Quizá pueda haber algunos rondando y pululando. Será prudente dar algún rodeo. No hay prisa- exactamente, no había prisa ninguna. No se moría de ganas por casarse, pero le temblaban las manos de excitación de pensar en devolver un ápice del sufrimiento.

Fue al caer la tarde, entonces, cuando Ren detuvo la marcha y las Vakiris se tuvieron que parar un instante para mirarla -¿Señora? ¿Está bien?- preguntó la capitana Ayesha -¿Ocurre algo?- cuando miró en dirección a la que miraba Ren, lo que vio la fascinó. Una enorme ruina envuelta en verde, flores y pequeñas aves revoloteando. Parecía tener una forma concreta que Ayesha no terminaba de discernir, pero oh, Ren sí lo hacía. Era la cabeza del dragón de madera de su padre, Ryo. No se había ido, allí seguía, enorme como un palacio de señorío natural, hogar de vida, de animales. Es la razón por la que el bosque resucitó. El reiki de los Yanagi no se marchó, nunca se fue, gracias a sus técnicas. Llevada por la nostalgia, no pudo evitar acercarse hacia aquella dirección a pesar de las directrices de la capitana Ayesha, pero ella era la supuesta hija del Señor Radih, de forma que la siguieron. Cuando se colocó ante la gigantesca cabeza, no daba crédito al poder de su padre. Era tan grande como un castillo y sus fauces repletas de terribles dientes de madera filosa. A pesar de ser una figura de madera creada a partir de una técnica de reiki, realmente estuvo viva. Y esa vida perduraba. Ren no pudo evitar acariciar su añeja madera. El tacto era tan familiar pero a la vez tan lejano... -¡Alto!- gritó Ayesha de pronto y los katar se desenvainaron uno tras otro. Ren se tensó al mirar a la dirección de donde provenía el problema. Allí había un hombre. Un hombre alto, fornido, ataviado con ropas pobres, si se podían llamar ropas. Apenas parecía llevar un yukata marrón y ajado, con una capa llena de barro y tierra que le rodeaba el cuerpo. Llevaba también un sombrero viejo de paja que le cubría del sol -¿Quién eres? ¿Qué haces en estas tierras?-
-Eso mismo me pregunto yo- dijo el hombre, mostrando una espada colgando de su cadera -Estas son tierras de los viejos Yanagi. Los Ravat no pertenecéis aquí-
-Insolente- rugió Ayesha -Te despellejaremos vivo. Estás ante la presencia de la guardia privada de la Señora Ren Radih-
-¿Ren?- preguntó el hombre, buscando con su mirada a tan honorífica señora. Se detuvo en la morena de cabellos como una nube de oscuridad que acariciaba al dragón de madera -Un nombre alejado de la cultura Radih ¿No te parece?- Ren no contestó, pero Ayesha dio un paso al frente
-Largo- ordenó
-Oblígame- desenvainó la espada. Ayesha cruzó las hojas de sus katar y las rozó entre sí. Disparó una corriente de aire cortante contra el enemigo. Todas esperaban verle morir cortado en pedazos como si la ráfaga de aire estuviese conformada por un millar de cuchillas, pero le valió un golpe con la espada para cortar la técnica en dos. Las Vakiri se pusieron tensas. Sabía usar reiki
-¿Cual es tu clan?- preguntó autoritaria Ayesha
-Clan... Desconozco qué es tener un clan. Soy un errante de Van-
-¿Van?- se cuestionó -Imposible. Los Van no lucháis, y mucho menos utilizáis reiki-
-Digamos que no soy un Van cualquiera- apuntó con la espada hacia el frente
-De acuerdo... Si así lo quieres, vagabundo, este será tu fin- las Vakiri comenzaron a rodearlo. La batalla estaba a punto de comenzar y seguramente ese hombre sería masacrado. Ren tomó la decisión que llevaba unos minutos dándole vueltas en su cabeza. Ordenó tajantemente que se detuvieran. Las Vakiri, obedientes, se retiraron un tanto del hombre
-Vaya ¿Y esto?- se echó a reir -¿Ahora os doy miedo?- decía mirando a Ren, que caminaba hacia él. Autoritaria y con los ojos brillantes de rabia, le exigió saber a qué venía ese comentario al respecto de que su nombre no entraba en los cánones de los Radih ¿Qué sabía él de los Radih? ¿Y de los Yanagi? Exigía saber por qué estaba en un suelo que no le pertenecía.

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