Ren miró perpleja como
el cuerpo de Ares caía al vacío, justo al interior de la Corona de Dumas, la
cual todos los supervivientes rodeaban desde algún punto distinto de la misma.
–No puede ser…- murmuró perpleja.
-Ese hombre… se acaba
de jugar la vida por salvar estas tierras- observó Shan, con los ojos tan
abiertos como los de la chica.
-No, no, no… No ahora.
¡Ahora no!- gritó repentinamente. La chica no oyó los gritos y las advertencias
del Van cuando, sin decir nada, se arrojó por el borde de la Corona y se
deslizó de la manera más estable que pudo sobre la arena, la cual cedía sobre
sus pies, provocando una cola de polvo y arena a su paso conforme cedía al
interior de aquel cráter. Era muy largo, demasiado profundo y Ren, estaba
cansada. Le costó mantenerse, pero una vez consiguió deslizarse por la bajada
con equilibrio hasta casi la mitad de la misma, tropezó y comenzó a caer dando
vueltas sobre sí misma, levantando una nube de arena a su paso mucho más
intensa que la anterior. Cuando tocó terreno llano, se puso en pie al momento,
obviando cualquier magulladura causada por el descenso. Allí le vio. Ares
estaba tendido en el suelo, boca abajo. Cuando Ren se arrodilló a toda prisa a
su lado y le dio la vuelta, observó como de su boca brotaba sangre. -¿Ares?
¡¿Ares?!- el joven no respondía –Mierda… ¡Mierda! ¡¿Qué has hecho?!- preguntó
nerviosa. Le temblaban las manos que sujetaban la cabeza del hombre para
mantenerla en alza. Cerró los ojos, intentando respirar de forma tranquila.
Percibía reiki, aún percibía un ligero reiki a su alrededor. Estaba vivo, pero
no por demasiado tiempo. Cuando abrió los ojos, se percató de que Shan había
descendido también junto a ella.
-¿Está muerto?-
preguntó acercándose, lleno de arena por todas partes.
-No, pero no le queda
demasiado-
-Entonces vámonos ya.
Es inútil. Ha sido decisión suya sacrificarse en esto-
-¡¿Por qué?! ¡¿Por qué
ha decidido poner su vida en peligro así otra vez?! ¡¿Por qué lo ha hecho?!-
-Quizá, a pesar de ser
un Shin… tenía demasiado sentido de la responsabilidad. Te respetaba a pesar de
todo. Supongo que… sentía que era su deber-
-Ares… ¡Ares!- volvió a
gritar la chica, intentando que el joven se reanimase. Sin embargo, no
consiguió nada. Al contrario, cada vez sentía su reiki más difuso y atenuado.
-Ren, vámonos ya. Ya
está hecho. Uno menos. Al menos no tendrás que mancharte las manos con él.-
-¡Espera!- que la mujer
dijera eso, crispó los nervios de Shan, quien irritado, comenzó a apretar los
puños.
-¡Ren! ¡Vamos! ¡Ha
habido muchas pérdidas hoy! ¡El Shin no es el único!-
-¡Pero no le he matado
yo!- la chica, miró por fin al Van. -¡No puedo! ¡No puedo dejarle aquí! ¡Esto
no ha sido cosa mía! ¡Esto no ha estado bajo mi control! ¡Yo no quería que
muriese ahora y de esta manera! ¡¿Lo entiendes?!- ante aquellas palabras, Shan
frunció el ceño. Estaba frío, como un témpano.
-¿Tu acaso quieres que
el muera en algún momento, Ren?- preguntó con voz dura y siniestra. Aquella
pregunta dejó a la chica helada. ¿Por qué decía eso? ¿Por qué la había
cuestionado así? ¿Y por qué ella no tenía respuesta que ofrecerle?
-¿Por qué… me preguntas
eso, Shan…?- preguntó con ojos acuosos, nerviosa por el momento tan crítico que
estaba viviendo.
-Tú, aquel día, en el
baño, dijiste que querías venganza- la señaló con el dedo -¿Dónde está la
venganza ahora?-
-Yo… le estaba
envenenando…-
-¡Y ahora se muere!
¡¿Qué más da que no haya sido tu veneno el que le haya paralizado el corazón?!
¡Este malnacido ha querido morir por ti! ¡¿Lo entiendes?! ¡Si muere aquí
seguirá siendo por tu culpa, por tu intervención sobre tu vida! ¡Déjale!
¡Déjale aquí y estarás vengando a tu familia… y también a la mía!- la chica
tragó saliva al oir aquello. A Shan no le faltaba razón ninguna. Le comprendía,
le comprendía de todo corazón. Deseó en ese momento ser fiel a sus principios y
serle fiel a él… pero… ¿Por qué no podía? Cuando devolvió la mirada a Ares,
sólo contempló el rostro de un hombre que, aunque portando la sangre de unos
asesinos, no había hecho nada más que cumplir con su deber y… no hacerle el
menor daño a la chica.
-No… no puedo, Shan….-
el Van gruñó y luego suspiró.
-Haz lo que te dé la
gana, Ren. Eres dueña de tus decisiones. Pero vayas lo que vayas a hacer… hazlo
ya. Te recuerdo que estarás expuesta- Sin pensárselo más veces, la chica coló
las manos bajo los ropajes de Ares, colocándolas sobre su pecho que ya apenas
se movía. -¿Lo vas a hacer ya?- ella asintió. –Bien. Te ayudaré… pero si lo
haces, no dejarás de ser igual de traidora que el clan Shin- Shan alzó
ligeramente las manos y elaboró una secuencia de sellos. Levantó un ligero
viento alrededor de la posición de ambos que alzó toda la arena, provocando una
nube de polvo que interrumpía la visibilidad. –¡Hazlo ya!-
-¡Sí!- La chica cerró
los ojos, intentando obviar las palabras de Shan, que habían calado hasta lo
más profundo de su corazón. Sin ataduras, sin límites, sin cadenas, dejó fluir
todo el reiki que por naturaleza crecía en ella. De sus manos, apareció un
brillo verde que parecía perforar el pecho del hombre. Estaba reanimando su
reiki, estaba ofreciéndole el suyo propio al hombre para que no se quedase
vacío del mismo, pues moriría. Ren sudaba. Las gotas de sudor se resbalaban por
sus sienes como cataratas. Hacía tanto que no elaboraba una técnica así, de su
propia naturaleza. Y estaba tan cansada que…la labor fue horrible. Apretaba los
dientes, sintiendo que la vida del joven pendía de un hilo sobre sus manos. Mas
cuando Ares pareció tomar una ligera bocanada de aire y abrió levemente los
ojos, a Ren se le escapó una sonrisa. El hombre apenas podía hablar y
gesticular palabra. Estaba dolorido y exhausto.
-Mierda…- murmuró Shan,
observando como el joven tomaba ligera consciencia. ¿Y si la descubría? ¿Y si
recordaba ese momento? A Ren casi parecía que le estuviese dando igual en ese
momento.
-Ares, respira. Respira
lentamente. Estas bien, todo va a salir bien... ¿De acuerdo? Estoy aquí.
Respira…- susurró la chica, provocando que Shan compusiese un gesto asqueado.
-¡Eh! ¡¿Qué pasa?!
¡¿Qué estáis haciendo?! ¡¿Por qué tardáis tanto en coger el sello?!-
¡Ren!- se oyó la voz de Rash, quien cruzó la barrera de
polvo deslizándose sobre la arena y cayendo al suelo cuando este se allanó a
sus pies. -¿Qué estáis haciendo? Arriba
están todos celebrando la vic… ¿Ren?-
-Tu hermana está…
ayudando al Shin- informó Shan.
-Ya veo…- gruñó Rash,
dirigiendo una mirada al Van después de contemplar la labor de su hermana.
–Assar está preguntando por Ren, y esos Sombras están inquietos. Subid ya- sin
decir nada más, atravesó el muro de polvo y desapareció del lugar.
-Ren… venga ya-
-¡Ya está, ya está!-
indicó - Está bien. Esta vivo. Respira, Ares. Ya no estás en peligro. Estás
bien- murmuró. El joven cerró los ojos en ese momento, sumiéndose de nuevo en
la inconsciencia, pero esta vez, para descansar. Cuando Ren despegó las manos
del pecho del hombre, tuvo que tomar una enorme bocanada de aire. Sin voluntad
alguna, dejó caer la cabeza sobre el pecho de éste. Estaba exhausta, no podía
más.
Shan deshizo el viento
que provocaba el muro de polvo, para después acercarse a ambos. No dijo nada.
Sólo mantuvo aquel rostro frío e inquebrantable. Con una fuerza digna de
admirar, tomó a Ares y lo sostuvo sobre el hombro.
-Te espero arriba- y
sin más, se marchó.
Ren se arrojó sobre la
arena, boca arriba, con los brazos extendidos. Le dolía el vientre y el pecho,
estaba fatigada, angustiada, exhausta y le faltaba algo de aliento. Miró al
cielo desde aquel hondo cráter y en soledad, pensando en frío y reflexionando
tras todo lo acontecido, se preguntó… ¿Qué demonios había hecho?
Cuando todo terminó, el equipo de supervivientes se dirigió a la fortaleza Radih, incluida Sabine, quien estaba encantada de haber participado en tal acto de poder contra una Deidad. La mujer daba saltos de alegría, se contoneaba tal y como ella sabía hacer mientras explicaba lo extasiada y receptiva que se sentía por haber resultado victoriosa. A Ren no le extrañó que Assar la invitase a pasar unas noches en su hogar, pero odiaba oír como todos parecían cargarse la victoria así mismos... cuando el único que había ganado era Ares...
Al llegar a la fortaleza, un grupo de sombras dejó a un Ares inconsciente tendido sobre la cama de Ren. Una vez hicieron aquella labor, todos se desentendieron de la pareja. Se fueron a vitorear y a festejar el encierro de la Deidad, mientras Ren desnudaba a Ares para colocarle ropajes más cómodos y que su descanso fuese aun mejor.
La chica lo sentía. Sentía que había fallado y ahora se ganaba la desaprobación de todos. Rash la había mirado durante todo el trayecto de forma cruel y pasiva. Estaba dolido y ella lo percibía. Y Shan... Shan ni si quiera la miraba. Eso era lo que más le dolía, porque sabía que el hombre ahora tenía motivos para odiarla, porque de haber sido al revés, ella le odiaría a él e incluso quizás querría matarle. A saber.
Sentada en una silla que hacía años solía usar para leer junto a las celosías, vigiló a Ares toda la tarde y durante la noche. Con las manos cruzadas, guardó silencio. Y aquel silencio la recomía por dentro. ¿Que había hecho tan mal...? ¿Por que no podía decidir por sí misma de una vez? ¿Tan equivocada estaba? ¿Tanto debía seguir odiando a ese hombre que descansaba sobre su cama? ¿Debería asesinarle ahí y ahora? ¿Ya? ¿De forma tan asesina? No podía, sus principios no la dejaban atentar contra alguien que deseaba todo lo contrario sobre ella. Suspiró agobiada. Aún estaba dolida y... ¿Por que le dolía tanto el vientre? Frunció el ceño y se armó de valor para pensar de forma realista. Separó ligeramente las piernas y observó como tenía un par de diminutas gotas de sangre surcando entre sus piernas los ropajes limpios que se había puesto hacía unas horas -Mierda...- se tapó la boca. Eran pequeñitas e insignificantes, por lo tanto, estaba segura de que no era un sangrado común equivalente al de cada ciclo. Sólo había una opción... sólo una y... sólo de pensarla, se sintió más sola que nunca.
Inquieta, nerviosa por aquellas punzadas y aquel sangrado, se sintió desquiciada en el silencio y la oscuridad de su habitación. Necesitaba ayuda, un consejo, algo. Salió disparada de la estancia y recorrió los pasillos vacíos del hogar. Se escuchaba algo de jaleo en las plantas inferiores. De seguro, su padre seguía celebrando la victoria. A Ren le daba pavor sólo de imaginar que le diría en cuanto se enterase de lo que había hecho con Ares... no quería quedarse sola con él. Andando a paso rápido por los pasillos, buscó a Ayesha, a quien no encontró porque de seguro, estaba con sus mujeres, como había estado haciendo cada día. Buscó a Rash, pero tampoco lo encontró. Sólo quedaba Shan. Y cuando fue a su habitación, cuando quiso llamar a la puerta, oyó gemidos procedentes de su interior. Gemidos rápidos y furiosos, de puro placer. La voz femenina de la que emanaba, sin duda alguna, era la de Sabine. Ren se quedó petrificada unos instantes. ¿Shan y Sabine? ¿Se estaban acostando? Se retiró rápidamente de la puerta, como si quemase. Apesadumbrada, decidió volver a la habitación. No tenía con quien conversar, con quien disculparse ni a quien contarle lo que le ocurría. Regresó a aquella silla para velar la noche de Ares, intentando respirar de forma tranquila, intentando volver a poder controlarlo todo. Sólo que aquella vez... se sentía más sola que nunca.
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