jueves, 27 de abril de 2017

[Naruto Shippuden OST - Man of the World]

Y mientras el mundo se venía a bajo, mi último pensamiento fue destinado a ella. De sus manos nació mi esperanza, de sus labios mi ilusión, de su corazón mi alma, y de su vientre, el motivo para mi lucha.

¿Dónde estás?

¿Dónde estoy?

Estoy esperándote

Sigo buscándote 


La ciudad, o lo que quedaba de ella, estaba envuelta en llamas. La ligera brisa arrastraba el humo así como las chispas de las llamas, que danzaban tristes, como embelesadas por la sinfonía taciturna del escenario lúgubre y dantesco que se dibujaba entre sus espirales en el viento. Manos inertes, corazones detenidos, ojos cerrados. Lágrimas y sangre mezcladas en los ojos de aquellos que perdieron la vida, que perdieron el futuro. Jóvenes se abrazaban al igual que los ancianos. Manos adultas sostenían las manos pequeñas. Ceniza sobre el polvo, polvo sobre la futura ceniza. Allí estaba entonces él, caminando torpe, despacio, lento. La sangre llovía sobre la tierra y los pequeños cascos de escombros. Su herida en el estómago parecía empeorar y lo único que sabía hacer era llorar. Hincó la rodilla en la tierra, sumido en la desesperación. Clavó el filo de su espada en la misma, hundiéndola tanto como pudo al apoyarse en ella como si fuese un fiel bastón. Su hoja, su única compañera en esa locura, la única, leal y fiel, que se mantenía a su lado. Parecía que lloraba al igual que él, aunque sus lágrimas eran rojas. La sangre de sus enemigos se deslizaba despacio hacia el suelo dispuesta a bañar la tierra y sembrarla con más rencor y discordia. Todo cuanto había sucedido, todo cuanto le rodeaba, todo aquel pesar, todo aquel sufrimiento... ¿Era necesario? ¿De verdad tenía que ser así? Aquellos a los que llamaba amigos, aquellos a los que amaba como hermanos, incluso su verdadera familia, rota, desquebrajada como un muro bajo una lluvia de martillos. Tenía que encontrarla... Maldita sea, tenía que encontrarla... Reunió las fuerzas de la flaqueza, sólo para poder ponerse en pie una vez más. Sabía que si caía, que si descansaba aunque fuese un poco más, sería la última. No se volvería a levantar. Por ello se mantuvo firme, mirando al frente, tratando de no resbalar, de no tropezar. Tenía... no, debía encontrarla y verla una vez más.

[Naruto Shippuden OST III - Obito's Theme]

¿Puedes verme?

¿Puedes oirme?

Estoy aquí...

...pero tú no estás junto a mí 

Allí donde se alzaba el viento, donde la vista se encontraba con el infierno. Desde la cima más alta, en la gran montaña que había sobre la ciudad, allí estaba ella. Con su cabello revuelto, embriagada por el olor del humo. Era familiar, todo era terriblemente familiar. El tacto de la empuñadura, el sabor a humo en la garganta, el olor de la muerte, el calor del fuego calentando la piel, y las lágrimas recorriendo sus mejillas como suaves caricias ¿Por qué? ¿Cuál era el por qué? Si alguien se lo preguntaba no encontraría respuestas, no hallaría la forma de responder. Todo era su culpa, ella era la causante ¿Y qué había logrado? Nada, sino obtener más dolor. Cada pequeña parte de su corazón estaba llena de esa ciudad. Cada pequeño recuerdo, estaba impregnado de él. Empuñar la hoja era como tocar su mano, aspera y dura, pero con gracia, delicadeza. El sabor del humo la transportó a noches lejanas, entre risas y charlas, entre besos y caricias, entre alegrías y tristezas. El calor del fuego en la piel la desnudaba como él supo hacerlo, la elevaba como lo hizo sostener a su bebé en brazos, la hacía sentir segura, como cuando estaba en su hogar. Y las lágrimas, oh, las lágrimas. Las lágrimas eran pesadillas, eran agujas, dagas, gijarros clavados en su piel que dolía como cada una de todas esas muertes a sus pies, que manchaban de sangre sus manos y ennegrecían aún más su alma ¿Había merecido la pena? ¿Había valido tal acto de traición, de herejía? No lo sabía, en nombre de los dioses, no lo sabía. Y eso la estaba matando tanto por dentro, tan despacio, como el veneno de una serpiente. En su duda, la suave voz de aquel hombre que decía amarla, la voz del hombre a quien ella sabía que de verdad amaba, llegaron a sus oidos como la primera vez "Estaré siempre junto a ti, pase lo que pase" Recordaba cómo la sostenía, recordaba cómo la miraba, con los ojos grandes, brillantes de rabia y pesar. Él no quería que ella se marchase y ella no quería irse. Le prometió que la buscaría... y no lo hizo. No estuvo a su lado. La abandonó. Y la convirtió en un monstruo. La mujer, con el cabello volando junto al viento, entre ceniza y chispas de las llamas, saltó de la montaña hacia la ciudad, tenía que verle una vez más.

[Naruto Shippuden OST - I Have Seen Much (Extended)]
Sólo veo fuego

Sólo veo ceniza

Sólo veo muerte

No encuentro redención

Sólo quiero verte

Sólo quise tenerte

Te buscaré

No viniste

Estaré a tu lado

Me abandonaste

Espérame

Nunca te lo perdonaré

Porque...

...yo

No puedo evitar quererte 

La providencia a veces es sarcástica, tanto como el camino de lo divino, tanto como la simple vida. A veces, los sentimientos son capaces de ahondar tanto en el propio ser, que se encauzan hacia la mente, y desde allí, envenenar el corazón. La pasión desconoce de hogar en el cuerpo, y es la misma pasión que los condujo a la locura. Fue la misma pasión los que los llevó, entonces, hacia aquel altar. Era hermoso, siempre lo fue, ambos lo sentían así. Antes era rojo, alto, como un amplio cuadrado. Ahora era negro, carbonizado, lleno de ascuas anaranjadas. El hermoso árbol de cerezo que lo decoraba ya no estaba, sólo era un cadáver, como el resto de la ciudad. No había pétalos en sus ramas, sólo en el suelo, secos, deshaciéndose pasto de las llamas. Y como en una despedida, en un réquiem por la historia que una vez fue, danzaron desintegrándose, devorados los pétalos por las chispas de la muerte, entre ambos amantes. Se encontraron allí, uno frente al otro, mirándose a los ojos. Ninguno dijo palabra alguna. Él se agarraba la herida del estómago, infligida por ella misma. Le dijo que si la buscaba le mataría. Él dijo, sin embargo, que si la encontraba la salvaría. Como un estúpido sonrió, y su sonrisa fue una flecha directa en el corazón.
-¿Cómo puedes hacerme esto, maldito seas?- dijo entre dientes, con sus cabellos danzantes, casi tapándole a ratos la visión del hombre que amó
-Te he buscado... por todas partes- dijo él con voz cálida, cansado y dolorido
-Ya es tarde, hace mucho que se hizo tarde para eso- negó ella con la cabeza, apretando la empuñadura de su espada
-¿Lo es...?- no dijo nada más, sólo la miraba. Ella dudaba, sólo con verle, dudaba. Demonios ¿¡Por qué dudaba!?
-Quizá siempre lo fue- combatió, altanera, alzando ligeramente la barbilla algo encogida. Quiso contener las lágrimas -Quizá nunca hubo un momento en que me buscases. Quizá nunca pretendiste encontrarme. Fui estúpida- declaró
-Estás ciega... Definitivamente... ellos... No... él... consiguió cegarte, contra mí...- dijo con el corazón roto, entre suspiros de agonía -¿Dónde está mi... nuestro hijo?-
-A salvo- contuvo un sollozo -Lejos de ti. Lejos de donde le puedas hacer daño- alzó ligeramente la espada y la sostuvo con ambas manos. Una lágrima con forma de perla le recorrió la mejilla. En sus ojos se reflejaban las llamas que los rodeaban. Estaba tan hermosa... tan bella como la primera vez que la vio. Lejanos recuerdos azotaron al hombre como látigos antes de ser crucificado. Lo que ahora eran cenizas y chispas antes fueron pétalos de cerezo y briznas de hierba. Lo que ahora era el aliento de la muerte, antes eran frescas brisas de primavera. Y la sangre que la salpicaba... eran gotas de lluvia, como la primera noche que compartieron juntos
-Yo nunca le haría daño, nunca os haría daño. Tan sólo no puedes ver...- dio un paso al frente, apoyándose con la espada en la madera del suelo
-Da un paso más y...- advirtió ella, retrocediendo ligeramente. Verle así era un infierno. Saber que ella le había provocado eso era peor que cualquier tortura, pero... así debía ser ¿No...?
-Aún podemos arreglar todo esto. Aún hay redención ¡Aún puedes rectificar!- dio otro paso
-No me obligues a hacerlo-
-¡Por favor...!- el hombre no pudo contener las lágrimas -Yo nunca quise que nada de esto ocurriera, tú y yo...-
-¡Basta!- rugió ella con la voz rota -¡Basta! ¡Para! ¡Suficiente! ¡Se acabo! ¡NI UNA PALABRA MÁS!- su voz sonaba aguda, tan alta en tono que le desgarraba la garganta. Tragó saliva con fuerza, pues la sintió seca. Le dolía, pero le contagiaba las lágrimas ¿Por qué dolía tanto, si le odiaba?
-No pienso rendirme- concluyó con convicción -Si estás tan segura de... todo este caos...- miró al rededor -De lo que has traido a mi gente... a los que también era tu gente...- ladeó ligeramente la cabeza en una sonrisa triste y apenada -Tendrás que matarme- las palabras sonaron tan rotas y faltas de aliento que casi no consiguió pronunciarlas
-Que así sea...- asintió ella, acercándose a él despacio. Sus ropas, su coraza, tintada de sangre, brilló entre las llamas mientras avanzaba. Cada paso que daba era un nuevo recuerdo. Y cuando lo tuvo en frente, tan de cerca, aún entre toda la ceniza y humo, le pareció olerle, el aroma de su piel
-Dile...- bajó el hombre la cabeza -Dile entonces a mi hijo que...- suspiró y la respiración se le cortó con un llanto ahogado -Que le quiero, que estaré con él... como siempre estaré junto a su madre. Como siempre lo estuve...- por última vez, reunió fuerzas para sonreirle con todo el amor de su corazón. Ella alzó la espada. Se miraron a los ojos unos segundos que parecieron eternidades, y aún así, a ambos les pareció poco, efímero, como sintieron el tiempo que pasaron juntos -Adiós mi amor- ella alzó la voz en un grito desgarrador que rompió el cielo a la vez que descargaba la espada hacia ese hombre, que con una rodilla en el suelo, esperaba la muerte.

Está empezando a llover

¿En serio?

Sí... eso parece

Vaya... perdidos en mitad de la lluvia

¿Qué calamidad, eh?

No soy muy amante de la lluvia

Yo no lo veo tan mal. La lluvia trae cosas buenas

¿Ah, sí?

Por supuesto que sí

¿A parte de la cosecha?

Claro que sí

¿Como qué, listillo?

Que podré verte, sólo yo, como si estuvieses bañada en estrellas. Amaré la lluvia sólo por este momento, por este regalo.

Eres... un idiota

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