lunes, 15 de mayo de 2017

Había pasado ya una semana.

Assar y su comitiva se habían marchado de Midna. Las cosas se habían calmado bastante tras la boda. Se denotaba en el ambiente que todo había vuelto a la normalidad. Hécate parecía respirar tranquila, mientras que Hades seguía con su mismo carácter odioso y temperamental. Las Vakiris se integraban cada vez más en las normas del clan Shin, participando en misiones que la propia Hécate encargaba. Y Shan, se limitaba a seguir deambulando por los pasillos, guardando aún el enorme secreto que él y Ren compartían.

La chica, por su parte, era la que peor llevaba la nueva situación junto a Ares. Ambos jóvenes, ya casados, dormían juntos cada noche, pero no llegaban ni a rozarse. Ren se sentía aliviada por ello, pero sin poder dejar de pensar en las palabras de Assar. Si se quedaba embarazada, si le procuraba un hijo al joven Shin, sería intocable. Sin embargo, no era tan fácil llevar a cabo aquella tarea. Ares y Ren no parecían a ojos de los demás estar unidos en matrimonio. Estaban tan distanciados como desde el primer día, con la única excepción de compartir futón. No hablaban más, no se estaban conociendo más… y ambos sentían la impaciencia de Hécate sobre ellos cuando se encontraban para comer o en los pasillos. Todos esperaban de ellos un hijo, y ellos, deseaban ser más libres. A veces los jóvenes se miraban en la noche, antes de dormir. ¿Realmente querían hacerlo? El uno al otro en los ojos leían la negativa. La chica llegó a pensar en la probabilidad de que nunca llegase a ocurrir… ¿Y si lo callaban? ¿Y si guardaban el secreto? Shan tenía algo de razón… Ares no tenía tanta culpa de su apellido y su situación. Sin embargo, más tarde o más temprano moriría.

Aquella mañana, Ren se miraba en el tocador de la habitación. Era muy pequeñito. Para poder verse bien, debía sentarse de rodillas. Se cepillaba el pelo oscuro, intentando darle más apariencia de cabellos que de nube espumosa. Sus raíces estaban negras, procuradas de todo tinte. ¿Cuánto hacía… que la chica no se veía como realmente era? ¿Con sus verdaderos rasgos? Suspiró. Pronto. Sería muy pronto.

Abrió un pequeño cajoncito del tocador. Bajo varias toallas, encontró la pulsera que Shan le había regalado. La chica le había aflojado las cuerdas, de manera que ahora podía colocárselo como un collar. No es que no le gustase colgado en la muñeca. El problema es que debía ocultar aquello a toda costa, y en su pecho, estaba a mejor recaudo que cerca de la mano. Temerosa de que alguien pudiese encontrarlo en el cajón, se lo colocaba de vez en cuando en el cuello, como aquella vez. Tras acariciarlo ensimismada un par de veces y ver como su reiki reaccionaba con naturalidad, se lo ocultó entre los senos. Después, se puso en pie, dispuesta a desvestirse. Y lo hubiese hecho, de no ser porque el joven entró sin avisar en la habitación. Ambos se sobresaltaron a la vez. Ya había pasado un par de veces, que la falta de costumbre llevaba a olvidar a los dos que la habitación ya no era sólo de uno. –Me has asustado- suspiró la chica, cerrándose mejor el yukata que ni si quiera había llegado a abrir. Ares cerró la puerta a sus espaldas, preguntando si molestaba en algo. –No… iba a vestirme, nada más- El chico solía despertarse muchísimo antes que ella, lo que provocaba que se vistiese y desapareciese de la habitación horas antes de que Ren se diese cuenta. Ella aún estaba intentando despertarse, literalmente. Caminó hasta uno de los armarios. De los cajones inferiores, sacó una de sus dagas y la enfundó en la cintura. Mientras, la chica le observaba hacer todas sus tareas. Ambos se miraron, una vez más incómodos. El joven quiso saber si ella tenía planes para aquel día. Ren tuvo que sonreír con ironía. ¿Qué tipo de planes pretendía que tuviese? –No. Nada.- Ante aquella afirmación, el joven explicó que a veces le gustaba ir a la aldea, pasar el día fuera de casa. Se preguntaba si quería acompañarle esa vez. -¿Acompañarte?- el joven estaba expectante. Ren se mordió el labio inferior. Desde que había llegado, Ares no hacía otra cosa que preocuparse porque todo estuviese bien con ella. Intentaba no molestarla, no hacerle daño ni obligarla a hacer nada que no quisiera. Sin embargo, no podía dejar de lado el hecho de que estaban casados y que, por ello, había cosas que debían hacer juntos. La chica pensó. Quizás, saliendo con él, conociéndole, encontrara más de esos puntos débiles que Assar quería que buscase. –Vale. Me parece bien. Voy a vestirme. ¿Puedes esperarme abajo, en la puerta? En seguida estoy allí- el chico sonrió y asintió, para después marcharse y cerrar la puerta. ¿A caso le empezaba a tener en el bolsillo?

La chica salió de la habitación vestida con los ropajes azules de Shin. Al hacerlo, encontró a Shan recostado contra la pared junto a la puerta. -¿A caso me vigilas?- preguntó sin malas intenciones, con cierto deje burlón. La verdad es que no le esperaba allí, tan cerca.
-Soy tu guarda, mi Señora- comentó con rintintín.
-Dije que eras temporal. Aún tengo la potestad de pedir que te vayas-
-¿Y rechazar a un hombre que te hace regalos de tal importancia? ¿Tan descorazonada eres?- comentó mientras se acercaba a la mujer. Ésta no esperó que el hombre llevase la mano hacia su cuello y acariciase la cuerda del collar, sin desvelar la bolita de reiki. Ren se quedó sin palabras, pues por alguna razón, el tacto de la mano del hombre en su piel le gustó. Por si acaso, dio un paso atrás, deshaciéndose de aquel contacto. -¿Todo bien?-  preguntó de forma seria. Ren sabía que se refería a todo en general, a su matrimonio, pero no a que se retirase.
-Voy a salir con Ares. Quiere que le acompañe a la aldea-
-Ten cuidado- ella asintió con convicción. Estuvo dispuesta a marcharse en ese mismo instante, pero los susurros de Shan la detuvieron. –El menor está enfermo- dijo de forma casi imperceptible. –Nada grave- Ren le miró por encima del hombro y asintió. Era una sugerencia, un aviso, una oportunidad. Esta vez sí, se marchó.

Ares la estaba esperando a las puertas de la torre. Le sorprendió ver los aires alegres con los que cargaba, dado que desde la boda, ninguno de los dos había mostrado especial ilusión. -¿Qué vamos a hacer?- echando a andar junto a ella, el hombre negó con la cabeza. No esperaba hacer nada en concreto. -¿Entonces? ¿Es… un paseo sin más?- así era. –Vale… ¿Y qué sueles hacer en los paseos sin más?- repitió, curiosa. Ares tuvo que sonreír ante aquella insistencia. ¿Para eso le acompañaba no? Lo descubriría pronto.

[Naruto Shippuden Unreleased OST - Konoha Peace 2]


La aldea, a pesar del ambiente muerto en general del clima, estaba más bien viva. Había mucho ajetreo de personas que andaban de aquí para allá. Algunas se dedicaban a comerciar, otras a comprar para sus familias. Había niños correteando de un lado para otro, ancianos dando un pequeño paseo a paso muy lento, personas adultas charlando entre ellas e incluso perros y gatos persiguiéndose el uno al otro. Ren, que hasta ese día no había pisado la aldea, no podía dar crédito a la cantidad de similitudes que guardaba con la suya, la de Ravat. La gente estaba activa, se respiraba ganas de vivir. La chica respiró hondamente. Por fin un ambiente distinto al del hogar de los Shin. Ares quiso saber su opinión. –Está bien… supongo. Se parece mucho a Ravat. Aunque en Ravat, los comerciantes llevan sus mercancías a las calles y las cubren con tenderetes. Y hay mucha arena, claro. Por lo demás es casi igual, creo.- ¿Creía? –Es que… no voy mucho a la aldea. Siempre he estado en casa, con mi padre- Ares suspiró para luego rascarse la barbilla. Ren se fijó en que la llevaba más larga y descuidada que el día de la boda, lo que le daba un aspecto más maduro y más contrastado con sus ojos claros. El hombre, admitió que sabía muy poco de ella. –Yo tampoco sé nada de ti- respondió como contrataque. Ares estaba seguro de que ella sabía mucho más de él, que él de ella. –Sólo se de ti que eres el hijo de Hécate y Caronte. Que eres el mediano de tres hermanos. Que tu hermano Hades es… complicado. Sé qué tipo de técnicas usas y a juzgar por la edad que creo adivinar que tienes… viste muy de lejos la guerra que tu clan tuvo con los Yanagi- aquello último quizás no debería haberlo dicho. Sin embargo, él no pareció darle demasiada importancia. Simplemente se carcajeó, asegurando que aquello era todo sobre él. –Pues eres un poco aburrido- Estaba seguro de que ella era más entretenida. Había cosas que no encajaban. Él no sabía que Assar había tenido una hija y menos de su edad. –Bueno… es que no siempre he vivido con mi padre- aquella afirmación atrajo su atención –Soy una hija fuera del matrimonio, si puede decirse así- comenzó a relatar la mentira que ya había planeado hacía meses –La madre de mi hermano Rash murió cuando dio a luz, así que murió mucho antes de que yo naciera. Por eso no sé si podría considerarse fuera del matrimonio. Ella ya estaba muerta cuando mi padre conoció a una mujer de la aldea. Fue solo… unas noches, hasta donde sé- Ares pensaba que aquello estaba prohibido. Los integrantes de cualquier clan no podían mantener relaciones con otras personas que no perteneciesen al mismo por el peligro que suponía tener hijos con capacidades y aptitudes para el reiki perdidos por el país. –Así es. Pero cuando esa mujer, mi madre, empezó a observar ciertas capacidades en mí, lo hizo saber. Yo era muy pequeña entonces, casi no recuerdo nada. Mi padre se hizo responsable y se encargó de todo- cuando la chica se fijó en que Ares tenía el ceño fruncido, sabiendo que aun así, aquello había sido una imprudencia, se atrevió a cambiar su forma de pensar –Piensa que la mezcla entre clanes también estaba prohibida. Y sin embargo, nuestros padres nos han casado- El hombre la miró, con cierto rostro lastimoso. ¿Se dejaba algo más de su curiosa historia? –No… que yo sepa. A partir de ahí, he pasado el resto de toda mi vida cumpliendo la función como parte de un clan. He entrenado para defender a mi aldea y al país cuando se nos avisa de algún incidente. Procuro que haya paz y… ahora estoy aquí- Con una escolta de Vakiris y un guardaespaldas, nada más y nada menos que un Van, a pesar de ser una defensora de Ravat, apuntilló el hombre. Ren le miró de forma inquisitiva. -¿Me estas llamando débil?- el joven hizo un aspaviento con las manos, asegurando que no era eso lo que quería decir. Simplemente le parecía extraño que un guerrero contase con guardia personal cuando se suponía que sabía luchar y defenderse -Supongo que soy... especial- sonrió con picardía. Por supuesto, bromeaba, pero no esperó que al hombre le hiciese gracia, porque se carcajeó asegurando que sí que lo era. Ren tuvo que morderse el interior de la mejilla sin saber qué decir. La había puesto nerviosa con un simple comentario. No le gustó nada. Y menos aún le gusto, que tras aquello, preguntase si era feliz allí. -¿Feliz?- No se refería a un estado general, ni tampoco con él. Sino con su tarea, con lo que se le había encargado -Todo acto de voluntad por mi país, tiene sacrificios. Yo solo... los estoy soportando- dijo con suma seriedad, hablando por primera vez sin mentiras. Aquello era la realidad. Ares, quizá en un intento de ser caballeroso y cumplir con su papel, le aseguró que al menos no tendría de qué preocuparse por él. Aunque hubiese perdido en aquella lucha contra Shan... él la cuidaría. -No necesito que me cuiden. Te lo he dicho, no soy débil- respondió ofendida, con el ceño fruncido. Él suspiró, siendo comprensivo. Al menos intentaría que se lo pasara bien. Aquellas palabras Ren no las entendió, ladeando ligeramente la cabeza. Él la cogió por la muñeca y la condujo hacia los callejones. Iban a pasear ¿No?

[Naruto Shippuden OST - Konoha Peace]

Ares mostró a Ren cada recóndito lugar de la aldea. Le enseñó los comercios que más le gustaban, donde se podían comprar armas o artilugios muy curiosos de otras tierras en los que la chica, distinguió algunos de Ravat. Habían pasado todo el día dando vueltas de un lado para otro, sin descansar, casi olvidando que tenían un hogar que atender. Cuando empezó a atardecer, Ren casi no se sentía los pies ya. Odiaba tener que reconocer que el día se había pasado volando, y que de vez en cuando, había pasado incluso buenos ratos. Se detestaba así misma por ello, de ahí a que cuando se dispusieron a volver al hogar, estaba intratable, irritada. No quería ni mirar a Ares, que se encontraba comprando algo de comida en ese momento en una tiendecita. Cuando regresó a la calle donde esperaba la chica, le cedió un paquetito caliente y blando, instándola a probarlo. -¿Que es?- Sorpresa, tenía que probarlo. Curiosa, le dio un bocado. En su boca, era una especie de hojaldre que contenía carne blanda y algo de verdura. Que estuviese tan caliente que echaba humo, fue todo un gustazo, excepto porque se quemó la boca. Tragó rápidamente y empezó a tomar aire, intentando enfriarse la lengua. -¡Esta muy bueno!- dijo por fin. -Mejor que la comida de Héc...- se detuvo antes de soltar aquello, lo que provocó una carcajada enorme en Ares. No podía negarlo. La comida de casa no estaba tan buena como aquella. -Si pudiera, vendría aquí a comer todos los días. ¿Como tenéis carne tan blanda aquí? En Ravat es más dura y seca. Pero ésta... - le dio otro bocado, esta vez, con más precaución.  Ares acabó comiendo también, animado por la actitud de la chica.

Cuando ambos terminaron de comerse aquellos rollitos, las estrellas ya adornaba el cielo sobre sus cabezas, un cielo que aquella noche no estaría tan encapotado como solía suceder. Dejaban ya la aldea a las espaldas, con un sentimiento entre alegre y apenado. -Tengo que admitir que... es una buena aldea, aunque no os de tanto el sol- bromeó. Ares quiso saber si le apetecería volver otro día, con él. -Claro... supongo- mientras andaban, sus manos se rozaron. Ares sostuvo ligeramente la de Ren, casi nada, temiendo que la rechazaría. Ren quiso hacerlo pero... Tenía que ganárselos, como había dicho Assar. Estaban casados y él solo estaba intentando poner de su parte. Le odiaba, pero, de entre todos los Shin, quizá era al que menos, a pesar de todo. Mordiéndose la lengua, Ren le agarró la mano de camino a casa. Estaban siendo demasiados sacrificios.

Conforme llegaron al hogar y se dirigieron juntos a la habitación, la tensión fue creciendo entre ambos. Los dos sentían que algo tenía que suceder y Ren pretendía retenerlo aún más. Tomó su yukata de la habitación antes de que Ares entrase -Voy a darme un baño- sin esperar aprobación, ésta se marchó.

En el baño, que estaba junto a la habitación, se recogió los cabellos para que ninguna gota de tinte se desprendiese. Dobló las ropas que había usado y guardó el collar entre ellas para que al regresar a la habitación, Ares no lo viese, si es que seguía despierto, porque Ren se pasó más de una hora metida en el agua. Cuando sintió los dedos arrugados, se secó con una toalla y se vistió con aquellos ropajes de dormir, intentando cerrarlos al máximo. Para su pesar, al llegar a la habitación, Ares seguía despierto. Ren tragó saliva. -¿No... vas a dormir?- negó con la cabeza -No tenías por qué esperarme. Yo...- dejó la ropa sobre el tocador, incómoda de que la mirase con esos ojos tan claros fijamente. Al final, tuvo que ir hasta el futón, donde Ares estaba, para quedar sentada a su lado. Empezó a temblar. Cerró los ojos un momento para volver a recordar todo lo que Assar le había dicho. Debía hacerlo, tenía que hacerlo. Aquello era parte del plan. Si lo hacía, todo sería más fácil. Todo. Cuando abrió los ojos, suspiró de manera entrecortada. Intentó concienciarse. Sólo era... sexo. Le dolía que él tuviese que ser el primero en dárselo a conocer, que tuviese que ser un recuerdo imborrable para siempre en ella. Pero... Solo era eso ¿No? Un contacto más. -Tú... ¿Quieres hacerlo?- No quería hacerlo, al igual que ella. Pero debían hacerlo, si no, no habría motivos por los que se hubiesen casado. La maldita descendencia era el virus que comía el linaje de los Shin. Ren asintió. Si ese era el punto débil de todo el clan... atacaría desde ahí. Aun temblorosa, tensa y asustada, a su pesar, se tendió sobre las sábanas. Llevó sus manos a los lazos del yukata, pero su tarea fue interceptada por Ares. Quería hacerlo él. Ren apartó las manos y... trato de tener la mente en blanco. Se mordió el labio inferior. No podía dejar de temblar porque sentía que era el día que más miedo estaba pasando desde que había llegado a Midna. Lo tenía que soportar... aunque estuviese demasiado asustada.




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