Ren vio como Ares la
cargaba a toda prisa, en mitad del silencio de la noche, en dirección a las
afueras de la torre Shin. Sentir el aire fresco, después de tanto tiempo, fue
como recibir una bocanada de vida, por mucho que el clima de Midna fuese tan
apagado como siempre. Se sujetaba el vientre, pesado, abultado. Casi le daba
pánico dejar de usar el reiki para retrasarlo todo, para evitar que el bebé se
sintiese incómodo por mucho que, a aquellas alturas, debía estarlo demasiado.
Sin embargo, cansada, viendo como poco a poco dejaban atrás el hogar de Ares y
que corrían en dirección a la salida de la aldea, se obligó a hacerlo. Con un
quejido, cortó aquel fluir que durante días, sin descanso, había mantenido
constantemente trabajando. Casi se asfixió al hacerlo. Era como estar durante
largos minutos siendo asfixiada, y que de repente, la soltasen. Ares se quejó
al ver que por fin lo había hecho, sin dar crédito a aquella actitud –Tenía que
protegerle… no podía dejar que… no podía dejar que tu madre se lo llevase o tu
hermano lo asesinase.- le miró a los ojos –Si tengo que protegerlo con mi vida,
lo haré- confesó con claridad, sintiéndose menos pesada y más ligera ahora que había
dejado de luchar contra su propia naturaleza. –Ares, yo…- El hombre le pidió
que guardase silencio. No era momento de charlas, no era momento de
reflexionar, de disculparse o de echarse las cosas en cara. La prioridad era el
bebé. Hacía tiempo que debería haber nacido y no lo había hecho. Había que
darse prisa. Ren asintió. –Vamos a Shizune- Ares abrió mucho los ojos. ¡Shizune
estaba demasiado lejos! –Llegaremos. Si cuando lleguemos no ha querido salir de
aquí, lo provocaré. Pero quiero estar allí. Allí no podrán hacernos nada- le
dijo con total confianza. –Sé que no tengo derecho a pedirte esto. Sé que me
vas a odiar más de lo que ya lo haces… pero confía en mí. Allí es más seguro,
para los tres- Tras suspirar y no pensarlo demasiado, Ares terminó por aceptar.
Sujetó bien a Ren y corrió tan veloz como sus habilidades y su reiki se lo
permitieron. Por un momento, la chica pudo respirar con tranquilidad.
Pero aquella
tranquilidad, duró bastante poco. Manteniendo el ritmo de velocidad constante,
no encontraron problema alguno hasta que, en plena madrugada, llegaron a la
frontera de Midna con Shizune. Empezaron a sentir que los Sombras les
perseguían, que empezaban a pisarles los pies, justo cuando Ren empezó a
sentirse incómoda. –Espera, espera…- no podían esperar, no había tiempo –Es que
no para de moverse- se quejó. –No… no me siento…- apenas tuvo tiempo de seguir
hablando, cuando sintió un fluir acuoso correr entre sus muslos. No era demasiado,
o al menos lo percibió así. Pero era cálido y había sucedido después de un
sonoro crack que sólo ella llegó a escuchar. –Ares…- murmuró, intentando
mantener la calma. Al ver aquello, el hombre se quejó. ¡Aún no habían pisado la
periferia de Shizune! –No… no pasa nada. No nacerá ya… no noto nada, solo se
está moviendo mucho. Hay que irse de aquí ya- el hombre volvió a sujetarla con
fuerza, pero apretando la mandíbula. Si esos Sombras los alcanzaban en mitad
del camino… -¡Sólo corre! ¡Yo me encargo!- gritó mientras le corría una primera
gota de sudor por la frente. Ares asintió y desapareció del lugar. Aquello
acababa de convertirse en una carrera con centra atrás.
Cuando por fin el clima
cambió, los árboles empezaron a rodear a la pareja y la noche podía apreciarse
clara y llena de estrellas, Ren comenzó a temblar. Nada más cruzar la frontera,
empezó a sentir dolores en el vientre que se habían ido acrecentando cada vez
más, creando una presión insoportable en su pelvis que empezaba a alcanzar
cotas insoportables. Sobre los brazos de Ares, empezó a quejarse, a gritar y a
doblarse sobre sí misma con una secuencia de tiempo medida y pausada. A rachas
sentía esa presión, a rachas sentía la necesidad de apretar con todo su ser y
aquello, a la vez, le provocaba un inmenso dolor. Entró en pánico al ver que no
habían llegado hasta su extinta aldea y que todo estaba siendo mucho más rápido
de lo que ella había imaginado. Empezó a sudar con más intensidad, empezó a sentirse
muy cansada. El estar usando durante tantos días el reiki sin parar, había provocado
que estuviese tan exhausta, que ahora carecía de fuerzas para afrontar aquello
de mejor forma. Ares corría y corría sin descanso, sudando a mares. Y ella le
observó… tan dedicado a pesar de que no tendría por qué hacerlo con ella. No
podía más –Ares… para- dijo –Para ya- repitió, doblándose de nuevo en un grito
horrible y desgarrado, que cuando pasó, la dejó casi asfixiada. –No puedo más.
No puedo seguir más… para aquí- estaban en mitad de un enorme bosque espeso,
sin claros, sin aberturas. Sólo arbustos, hierba y hojas. –Agh…- apretó los
ojos, soportando el inmenso dolor. Ares la dejó reposar contra el tronco del
árbol más ancho que encontró. Y cuando se sintió en el suelo, justo cuando Ares
iba a desenfudar su daga, Ren se adelantó y elaboró cuatro sellos que hacía
años que no usaba. Cerró los ojos y concluyó. La tierra empezó a temblar. Los
árboles comenzaron agitarse. Si Ares se fijaba bien, se movían y duplicaban
como si estuviese viendo una visión. Se quedó sin palabras al ver como los
árboles se apegaban tanto los unos entre los otros, que crearon un laberinto tan
enrevesado que era prácticamente infranqueable. Si miraba hacia arriba, las
copas de los árboles habían hecho exactamente lo mismo. Las ramas se habían
entrelazado las unas con las otras. Si hacía una vista general, podía decirse,
que el propio bosque había creado una cúpula natural que los protegería
mientras Ren mantuviese el reiki. Y eso fue lo que escamó al hombre. Cuando
miró a Ren, ésta tenía muy mala cara. Agotada de reiki, había encontrado
fuerzas para realizar una técnica más, una totalmente defensiva –Así no nos
encontrarán… no serán capaces de cruzar entre los árboles- suspiró, falta de
aliento –Me niego a dar a luz con esos Sombras acechándonos. Te recuerdo que
uno intentó matarme y me dejó ciega durante meses. Era esto… o nada- de
repente, otra contracción.
Ren volvió a doblarse
sobre sí misma, para después hacer lo contrario, estirarse hacia atrás. Separó
las piernas de pura necesidad. Aquello era un sufrimiento infernal. El mayor
dolor que había conocido jamás. Ares se arrojó al suelo, arrodillándose ante
ella. Alzó las faldas del vestido que había estado vistiendo desde que aquella
barriga no le permitió vestir nada normal y examinó la situación. Con
nerviosismo, confesó no saber que tenía que hacer –Yo… yo tampoco lo sé- tragó
saliva –Nunca he visto a nadie hacer esto- añadió, respirando de forma cada vez
más rápida. –Pero... por favor, no te quites de…- y otra contracción. Una vez
más, más dura y prolongada que la anterior. Cuando terminó, casi estaba sin
aliento. –No… esto no se puede soportar…- Ares la animó. Quizá si seguía
haciendo esfuerzos, si empezaba a empujar ya, sería más fácil. –Vale... lo
intentaré- Ren esperó a la siguiente contracción. Y lo intentó… lo intentó
durante horas.
Tenía el pelo empapado
y el rostro ceniciento. Las piernas le temblaban, así como el resto del cuerpo.
Lloraba, lloraba a mares y sufría de aquel inmensísimo dolor entre gritos de
angustia e impotencia. En aquella cúpula natural, las horas no parecían pasar y
sin embargo lo hacían. Aunque las copas de los árboles les cubriesen, fuera ya
empezaba a amanecer y Ren… Ren no estaba consiguiendo nada. -¡Agh!- gritó,
después de otra contracción –No… no puedo más…- lloró. –No puedo más… ¿Por qué no
sale?- preguntó asustada. Ares, impotente, angustiado por toda aquella
situación que le superaba, afirmó que después de tantas horas, no encontraba
mejoría. Se podía apreciar ligeramente la cabecita del bebé entre las piernas
de la chica, pero llevaba en esa misma situación todo el tiempo. El bebé estaba
encajado. No salía. –Dios… no… No por favor- lloró –No puedo más, Ares…. No puedo
más…- lloró entre gritos –No tengo fuerzas, no puedo…- estaba asfixiada.
Mantener la técnica y dar a luz siendo presa del miedo era lo más duro que había hecho en su vida. Y sin embargo,
Ares seguía animándola. Le decía que siguiese, que empujase. El bebé
encontraría el momento de salir. Sólo debía empujar más. A la siguiente
contracción, Ren puso todas sus ganas y entre gritos, empujó con todo su ser. A
Ares se le enlagrimaron los ojos al ver que no hacía ningún movimiento. –Mi bebé…
no…- la chica empezó a hacerse ideas oscuras y macabras en la cabeza. –No lo
consigo… no consigo que salga… se va... se va a…- Ares hizo que callara.
Aseguró que no pasaba nada. Sólo debía seguir… pero Ren sabía que no. Algo iba
mal. Algo iba demasiado mal… y quizás solo estuviese ocurriendo por su culpa.
Por retrasar su nacimiento. Por permitir que siguiese creciendo dentro de ella
cuando debía estar fuera de su vientre. Miró a Ares… estaba sufriendo, estaba
sufriendo otra vez por culpa de ella. Tomó una bocanada de aire y esperó.
[Naruto Shippuden OST - Decision]
Cuando apareció la
siguiente contracción, Ren llevó la mano a su vientre. Si bien pensaba que ya
apenas quedaba reiki en ella, éste apareció. Dejó que fluyese por su vientre y
empujó en un grito desgarrador. Ares casi ni estaba siendo consciente de lo que
ocurría, pues sólo observaba como la cabeza del bebé empezaba a coronar.
Suspiró de alivió cuando la vio y le indicó a Ren que siguiera. La chica lo
hizo otra vez. Ayudó a su bebé a empujar mientras ella se dejaba la vida en
hacerlo también. El hombre intuía que quizá empujando pocas veces más, todo
acabaría. Sonreía, empezaba a sonreír ilusionado, y eso le dio fuerzas a Ren
para hacerlo otra vez. Una mano en el vientre y todo su ser en ello. La cabeza
del niño comenzó a salir y Ren experimentó el mayor dolor de su vida. Sentía
que se partía en dos. Sentía que se estaba desgarrando por dentro. Empezaba a
entender que aquello acabaría con ella y continuó. Otro grito. Otro más. Ares
ya sostenía la cabeza. –No lo sueltes… no lo sueltes- Otro grito. Otro más… y
de repente, sus fuerzas desaparecieron por completo.
Se echó hacia atrás,
sin aire… y el llanto desgarrador de unos pulmones fuertes pero pequeños llenó
sus oídos. Tomó fuerzas para sonreír… porque aquel era el sonido más hermoso
que había oído en toda su vida. Se atrevió a mirar por fin. Ares sujetaba al
bebé entre sus brazos, emocionado, al borde de un ataque de ilusión y ternura.
Aquella sonrisa en la cara del hombre al contemplar a su hijo… Ren se la
quedaría para siempre.
Gin le llamó. –Gin…-
sonrió la mujer –Quiero verle… dámelo…- Ares puso al bebé desnudo sobre los
brazos de la mujer. Sostenerle fue como… como si todo hubiese acabado para
siempre. Lloraba y lloraba, apretando las manitas y moviendo los pies. –Gin… ya
está… ya está…-lo abrazó, aun estando lleno de sangre y fluidos. Mientras Ares
se encargada de cortar el cordón y retirar cualquier molestia, Ren se dio prisa.
Contó cada dedo de sus manos y cada dedo de sus pies. Le miró las orejitas y
después esperó a que abriese los ojos al menos una vez. Estaba tan espabilado,
tan lleno de pelitos oscuros, que no le costó en absoluto. Sus cabellos negros
alborotados y sus ojos tan claros como el mar… era idéntico a Ares… y eso a la
chica le produjo satisfacción. Entonces, reparó en su barriguita redonda. Tenía
un sello en ella. –No… no… Ares…- lloró –Ares… tiene el sello… se ha quedado
con el sello…- lo abrazó –No… Gin… tú no…- aquello fue lo más desgarrador que
pudo sentir. Que su hijo hubiese heredado el sello… que tuviese parte de Nibiru
en él… fue la mayor derrota que pudo sentir. Ares le dedicó palabras de ánimo.
No iba a pasar nada. Lo solucionarían. No le pasaría nada. Él jamás sufriría.
No lo iba a permitir –Gin…- le intentó acariciar. Le hubiese gustado darle
alimento de su pecho, pero… ya no sentía gran parte de su cuerpo. –Gin… no
llores más… no dejes que mamá te vea llorar más… no pasa nada…- tragó saliva.
Los brazos empezaban a aflojarse. Empezaba a sentir que no le estaba dando ya
calor a su hijo recién nacido. –Ares… cógelo- le dijo, sin poder mirarle.
Empezaba a ver borroso. No ver nunca más el rostro de su hijo la destrozó por
dentro –Se… se me va a caer. Cógelo…- se lo cedió –Cuidado con la cabeza…
¿Vale?... Todavía está blandita…- suspiró –Cuídalo…- Ares frunció el ceño. Ren
ya no veía nada, ni sentía. Tampoco oía. Ya no quedaba reiki en su cuerpo, se
había agotado todo, y con él, su vida. –Es la muestra… de… de que yo te quise
de verdad…- se le escapó una lágrima –Dile a Shan… que…- no podía. No podía
seguir. –Da igual… Sólo… no permitas que esto continúe…- ya no tenía fuerzas –Ares…-
le llamó -Te…- y Ren calló. No cerró los ojos, no hizo nada.
[Naruto Shippuden OST - Maisou]
Su cuerpo muerto yacía
sobre la hierba como una vez lo hicieron los cuerpos de sus familiares. Inerte, fría, con los labios rotos y llenos de pellejos y restos de sangre cubriendo toda sus piernas y parte del suelo... La
última Yanagi hasta ese día, había muerto, una vez más… por proteger a su familia.
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