-No estás en posición de burlarte de la guardia Vakiri de los Radih. Estás rodeado por una de las unidades más terribles de Ravat- terció ella, con aire furioso, sin quitarse los pañuelos del rostro a diferencia de las demás. Shan no había reparado en ninguna de ellas, salvo en la propia Ren. Era a la única a la que disparaba alguna que otra mirada mientras ella estaba distraida y Ayesha se había dado cuenta de tal cosa -Así que contén tu lengua-
-A sus órdenes- dijo asintiendo -O eso diría si fuese tu inferior. No me competes como capitana, Aysha-
-Ayesha- corrigió ella sulfurada, con un bufido
-Ayesha- repitió despacio Shan, como si las palabras fuesen sensuales al surcar sus labios. Percibió que la capitana se enervó aún más y por fin, apartó la mirada. Shan sintió la victoria. Ren no tardó en pronunciarse respecto a esos juegos
-No pretendía ofenderte- sonrió de forma encantadora. No, no la ofendía lo más mínimo, pero lo hacía ver verdaderamente extraño e irritante -En mis viajes he conocido a mucha gente, Ren, y por ello quizá ahora distingo a ciertos tipos de personas. Me atrevería a decir que la capitana de tu guardia es una mujer tímida, introvertida y... virgen- sentenció como un hachazo directo al cuello de Ayesha, que se giró de forma silenciosa y se apartó ligeramente del Van, no por sentirse herida, sino para contener las ganas de degollarle ahí mismo. Ren pidió respeto para sus mujeres -Si no las respetara quizá estaría revoloteando de una a una esperando a ver quién cae en mis redes- la chica aseguró que ninguna -¿Segura?- volvió a sonreir. Sí, ese hombre tenía un aura extraña. Se le veía ágil con la lengua, sabía guiar hacia un terreno donde tenía ventaja. Tal vez sí que era peligroso
-Mi Señora- dijo Ayesha tras unos minutos de silencio -Debes descansar- terció y la chica no le quitó razón. Había sido un largo día de viaje y quizá, relajar la mente, le ayudaría. Aunque cuando se recostó, se rebulló un póco incómoda a sabiendas de lo que le deparaba aquella noche, como otras tantas.
Mientras tanto, en Shin, en el hogar del clan, fue convocada una reunión. Eran altas horas de la noche y llovía con fuerza en el exterior, como era de esperar. Hécate se hallaba sentada sobre un gran cojín oscuro con bordes plateados, con el rostro macilento y ceniciento, como si llevara días y noches sin dormir. Los Sombra más importantes del ejército estaban allí de forma ceremonial, mientras sus tres hijos se encontraban ante ella, arrodillados, al menos los dos que podían. Hades se hallaba sentado sobre un cojín al igual que su madre. A los lados de la mujer, se hallaban dos mujeres de una edad ligeramente avanzada, al menos más mayores que la propia Hécate. Eran sus consejeras. Tras la muerte de su marido, las adoptó como tal, pues antes eran capitanas de los Sombra. La asesoraban en campos militares y escuchaban y aconsejaban sobre temas políticos, no porque lo necesitase en sí, sino para que alguien tuviese la potestad de revatirle y hacerle ver puntos de vista con otra perspectiva. De todas formas, Hécate hacía todo cuanto le venía en gana -Gracias por venir- dijo a sus hijos
-No podemos negarnos- dijo Hades entre dientes
-Lo sé, es pura cortesía- dijo Hécate con tono frío. La relación madre-hijo con Hades parecía cada vez más y más fría. Ares lo veía, al igual que lo veía el menor de sus hermanos, Helios, todo un adolescente de mirada pícara, sonrisa arrebatadora y piel perfecta. Era el sol que iluminaba a su madre, justo lo contrario que Hades. Entre hermano mayor y menor también había discordancias debido a eso. Helios se estaba dedicando más a perfeccionar su aspecto que sus habilidades. No toleraba una cicatriz y se distraía constantemente con las jóvenes de la aldea. Se lo había pillado ya en varias ocasiones con la polla donde no debía, pero Hécate era blanda con él y no le castigaba más allá que con una reprimenda. Hades siempre se enfurecía con esas noticias, pues temía que cualquier día un bastardo nacería y traería el fin al clan si los traicionaban. Eso y su discapacidad para el liderazgo y el combate, distanciaba a una Hécate furiosa y orgullosa de un hijo que le había fallado a ella y a su padre, a pesar de que en el fondo sentían amor el uno por el otro, sólo que cada vez más y más oculto entre capas y capas de tinieblas
-Os he hecho venir a todos porque tengo una importante noticia que daros a nivel político y familiar. En este caso, compete a Ares- los hermanos miraron al mediano
-¿Sí, Señora?- preguntó Ares con la cabeza baja en señal de respeto
-Mi querido hijo, mucho me temo, aunque me enorgullezco, de que tras las heridas sufridas por tu hermano, has dado el salto a la sucesión del clan- esas palabras hicieron que Hades apretase las mandíbulas -Bien lo sabes tú, lo sabe Hades, y lo sabe Helios- los tres asintieron -Sin embargo el tiempo pasa, te haces mayor y todo un guerrero. Yo me hago vieja y pierdo facultades-
-Madre, no digas eso- inquirió Helios -Aún eres joven- el afecto del menor la hizo sonreir con dulzura
-Es un hecho, mi sol, que el tiempo fluye a través de todos y nos deteriora. Pronto llegará el día en que no sea capaz de dirigir la aldea, de dirigir el clan. Es por eso, Ares, que te necesito preparado para tales labores- se dirigió de nuevo al mediano
-Estaré preparado, Mi Señora-
-Lo estarás pronto- añadió -Pues ha llegado una misiva del Señor Assar Radih, Vikar de Radih en Ravat- mostró un pergamino color arena -Nos envía en una comitiva a su hija en una oferta de paz. Quiere forjar una alianza con nosotros- Ares asintió
-¿Necesitas mi ayuda?- preguntó, sin ver por dónde iban los tiros
-Te necesito propiamente a ti, Ares. Vais a contraer nupcias-
-¿Qué...?-
-¡Hermano, que te casas!- dijo Helios dándole un golpe en el hombro
-Unir la sangre de dos clanes. Es un acto deleznable que se prohibió hace siglos. De la unión de los Shin y los Radih nacerá un demonio capaz de desolarnos a todos- dijo Hades, poniéndose en pie con dificultad apoyándose en la vara y negando la ayuda de los capitanes Sombra -¿Has perdido la cabeza?-
-Soy tu madre Hades, pero también la líder del clan. Muestra respeto- terció seria y severa
-Tú, madre- esculpió la palabra con sumo cuidado y sarcasmo -no estás respetando la voluntad de nuestros antepasados-
-Es por el devenir del clan- inquirió -Por el futuro-
-El futuro no se escribe entre bodas y uniones de sangre- contradijo Hades
-¿Y cómo lo escribirás? ¿Te casarás tú, tendrás hijos con alguna aldeana?- comentó indignada -¿Qué decisión tomarías, Hades? Sabes de sobra que poco o nada puedes aportar a este clan. Asúmelo. Ares crece, ya tiene 30 inviernos y no tiene prole. Nuestro clan se debilita-
-Helios se encargará a este ritmo de que seamos legión- dijo mirando despectivo a su hermano menor
-A mí no me metas, maldito...-
-¡BASTA!- tronó finalmente Ares -Es suficiente- se puso en pie -La voluntad de nuestra madre es la voluntad del clan. Los antepasados no vendrán para ayudarnos- dijo mirando a Hades y después, a su madre -Mas cierto es que es peligroso-
-Nunca he ignorado un peligro- miró a los ojos a Ares -Y la controlaré a cada paso que de. Tú sólo debes casarte, forjar la alianza y tener descendencia. Tu linaje, Ares, te hará el Shin más poderoso en generaciones. Tus hijos crecerán aquí, en las tierras de penumbra, aprenderán a ser sombras en la noche. Te serán leales como vosotros habéis sido a vuestro padre- no añadió que igual que hacia ella por razones obvias
-Confiaré en tu criterio, Mi Señora- se llevó una mano al pecho -Pero quisiera que constara que no me siento satisfecho-
-Te sentirás satisfecho cuando te la lleves al lecho- sonrió Helios, que recibió una mirada desaprovadora de su madre y se calló
-No tengo más que decir, hijos míos. Preparaos para la próxima llegada de la emisaria de Ravat y mentalizaos del evento que está por ocurrir- los tres asintieron, Ares y Hades a regañadientes -Buenas noches a los tres- despidió la sesión Hécate poniéndose en pie.
En aquellas mismas horas, en el bosque de Shizune, una chica temblaba y se debatía. Lloraba en sueños, pesadillas terribles. Veía un dragón enorme de madera desvanecerse sobre una decena de hogares y gente inocente. Veía sangre, la oía salpicar a la vez que escuchaba los gritos. Recordaba el cuerpo de su hermano Sadame muerto a su lado, al guardián de madera que a duras penas la sacó de allí, sentía el calor del fuego, olía el pelo quemado por las llamas. Figuras oscuras de rostros blancos la rodeaban y la perseguían. El corazón estaba a punto de estallarle. Unos ojos la miraban curiosos desde la vigilia. Shan se había quedado dormido en mitad de su meditación ante las llamas, pero le despertó la lucha interna de Ren, que sufría durmiendo. El Van miró a su alrededor para ver que las mujeres dormían y Ayesha patrullaba algo distante, sin percatarse de aquella pesadilla. Sólo veía el reflejo de la coraza dorada reflejando la luz de la luna a varios metros de distancia. Shan, entonces, reparó de nuevo en Ren. Aquella muchacha era curiosa y le llamaba la atención. Algo debía de haber visto para sufrir tamaña pesadilla. Tenía el rostro surcado de lágrimas cuando se acercó a paso ligero. Quería ayudarla sin tener que despertarla, pues poco o nada arreglaría. En sus experiencias aprendió a utilizar el reiki para diversos usos y se decidió a hacerle un favor. Con sumo cuidado comenzó a desabotonarle el qamis hasta la altura del pecho, donde comenzaba a percibirse en el escote el canalillo y los redondos pechos de la joven. Apoyó dos dedos un poco más arriba de la unión de sus senos y cerró los ojos para emitir un suavísimo suspiro. Canalizó su reiki a través de su propio ser. Se conectó con el reiki de la chica. Se llevó la mano hacia su propio corazón y comenzó a bombear energía hacia ella. En la punta de sus dedos sentía el pulso acelerado mientras la chica agitaba ligeramente la cabeza y susurraba cosas ininteligibles. Quiso saber qué estaba viendo en su mente, ignorando aquella masacre que ella vivió de pequeña. Pero para Ren, aquel acto sólo le sirvió para que, en mitad de la pesadilla, el corazón se le calmase, pensó con frialdad. La adrenalina comenzaba a bajar y allí, ante el guardián de madera que la ayudaba, un extraño con ropas viejas y un sombrero de paja le tendió una mano. Ella necesitaba ayuda y él quería ayudarla. Se acercó a él en sueños, pero cuando le tendió ella su mano, él la asió con fuerza y maldad. Ren, en ese preciso momento, despertó como una furia, se revolvió agarrando el brazo de Shan, lo derribó a la hierba y se posicionó sobre él. Fue tan rápida como un golpe de viento. Incluso se alzó algo de brizna de hierba en el movimiento. El filo del katar de la joven reposaba sobre el cuello de Shan, con una fina gota de sangre carmesí. Se hizo un silencio entre ambos, mientras se miraban a los ojos. Shan se mostraba calmado y ella agitada, furiosa, con los ojos cargados de lágrimas y el ceño fruncido, deseando matarlo -Hola- dijo Shan entre susurros -Encantado de tenerte encima, aunque no era mi idea principal que fuese de esta forma- sonrió pícaro -Aunque si te va el hecho de hacerlo duro y con armas mientras...- ella se apartó de encima de él con velocidad, quedándose apartada un par de pasos. Se miró a sí misma su ropa descolocada y algo abierta ¿Qué demonios estaba haciendo? Shan se puso en pie y se sacudió la capa raida llena de hierbas y hojarasca -Tenías una pesadilla- explicó -Una que debía ser terrible- abandonó el tono socarrón y burlón -Quise usar el reiki para calmarte y ayudarte a dormir- le señaló el qamis -Necesitaba estar en contacto con tu piel para llegar al corazón. Lo lamento. No he tocado nada que no deba tocar- cierto era, debía admitir Ren para sí misma, que era la primera vez que se despertaba calmada en comparación con el resto de noches. A pesar de su reacción violenta, su corazón no estaba tan acelerado, aunque su mente funcionaba terriblemente deprisa. La chica soltó un suspiro y envainó el katar. Le sugirió que no volviese a hacer tal cosa -Tranquila- se cruzó de brazos Shan -No quiero que me confundas con un enemigo de nuevo- Ren le disparó una mirada de soslayo. No, simplemente lo consideraría como tal si volvía a tocarla sin su permiso.
A la mañana siguiente, todas despertaron casi a la vez, salvo Ren. Al parecer había funcionado un poco aquello que Shan hiciese. Había vuelto a tener pesadillas siniestras, pero no descansó tan mal como otras veces. Ayesha tuvo que despertarla con suavidad -¿Mi Señora?- Ren abrió los ojos para clavarlos sobre los de Ayesha -Ha llegado el alba, sería oportuno partir- dijo, mirando a su alrededor. Ren se puso en pie, se desperezó y al igual, oteó los alrededores. Le llamó la atención que Shan no estaba -El Van ha desaparecido, en efecto- Ren no se sentía decepcionada ¿Qué podía esperar de un extraño? El viaje hubiese sido más entretenido, pero poco más.
Retomaron el viaje dejando dolorosamente atrás los restos de su antigua familia y hogar. Alejarse de lo poco que quedaba de la aldea Yanagi era como arrancarle un trozo de corazón a Ren, pero era, una vez más, otro precio de su venganza. La chica ingoraba en esos momentos que Assar había planeado la ruta de forma concienzuda. Quería alimentar el odio y la ira en el corazón de Ren y vaya si lo estaba consiguiendo, aunque a pesar de ello, no tenía especial prisa por llegar. No deseaba tener enfrente a los asesinos de su clan, no deseaba verlos y menos ser parte de ellos al casarse con el sucesor. Era una venganza que llevaba una terrible maldición. Con el paso de las horas se detuvieron en un riachuelo para llenar las cantimploras. El ambiente estaba agradable y silencioso. Las mujeres bebían con ansiedad. Sólo había una de ellas que no bebía y esa era Ayesha. Ren la miró y estudió su intranquilidad, algo la inquietaba -Sí, Mi Señora. Todo está muy silencioso. Demasiado- Ren se había dado cuenta de ello. Conocía ese bosque, maldita sea, y el silencio era sepulcral en ese instante a pesar del agua del riachuelo. Pudo pensar que se trataba por escasez de animales en la zona debido a aquel incendio, pero no. Era otra cosa. Había murmullos entre los arbustos. Entonces se oyó un grito. Una de las chicas, llamada Sulima, se veía arrastrada por el riachuelo a una velocidad vertiginosa -¿¡Qué está ocurriendo?!- alzó la voz Ayesha alarmada mientras desenvainaba sus katar y perseguía junto a las demás a Sulima, que a pesar de sus esfuerzos, no era capaz de soltarse. De pronto el agua se heló, congelada como con un suspiro, y se elevó como un muro de hielo -¿Qué...?- unos hombres y mujeres comenzaron a surgir de entre los arbustos, acompañados de lobos tan blancos como la nieve -Wulfs...- dijo Ayesha colocándose ante Ren. Sabía que su Señora sabía defenderse, pero era su honor protegerla con la vida -¿Dónde está Sulima?-
-¿No quieres saber quienes somos?- preguntó uno de ellos, el que parecía ser el líder del grupo, enorme, moreno y de cabellos largos -Qué directa- el hielo del río comenzó a extenderse, congelando la hierba y alzando carámbanos filosos por doquier, impidiéndoles el paso -Sois de Ravat ¿verdad?- sonrió con malicia
-¿Dónde está Suly?- volvió a inquirir Ayesha
-A salvo. Tranquilas. Si tanto la queréis os la devolveremos. Sólo queremos probar a qué sabe la carne morena de vuestras tierras. Cómo es el tacto de vuestra piel-
-Perros salvajes...- empezaban a rodearles por todas partes ¿Cuantos eran? ¿20? ¿30? Los lobos gruñían con fiereza -Si le hacéis daño...-
-Oh... ¿Qué nos harás?- el hombre gesticuló con las manos y las plantó en el suelo, liberando sellos de reiki. De sus manos salió disparada una corriente de hielo que iba directa hacia Ayesha, quien lo esquivó saltando hacia un lado y Ren hacia otro. La corriente helada se alzó como otro muro, aislando a Ren de su capitana protectora. Otros tantos comenzaron a rodear a las demás Vakiri. Las estaban separando. Ren se vio sola, con pocas posibilidades de defenderse salvo con técnicas de viento ¡Mierda! Estaba rodeada de naturaleza. Sentía la vida del bosque respirando en su interior. Si necesitaba traicionar su tapadera y usar las técnicas Yanagi lo haría, tenía que cumplir su venganza y unos cuantos Wulf salvajes no iban a impedírselo. Alzó una mano para convocar una de sus habilidades, cuando oyó un silbido similar al canto de un águila. Un hombre gruñó y luego otra mujer. Un hombre de aspecto pobre y sombrero de paja les había dado sendos tajos desde la espalda y habían caido fulminados
-¿Es que uno no puede ir a orinar y que no le dejen atrás?- dijo desde la distancia a una descolocada Ren. Era él. Estaba ahí. La katana de Shan desprendía tanto reiki como una técnica propia. Era tan intenso que hasta se percibía una ligera aura azulada rodeando la hoja, dándole un toque mágico y brillante -Creía que te habías ido de estas tierras, Rok- apuntó con la hoja al líder de los Wulf
-Estas tierras ahora nos pertenecen-
-Yo creo que no...-
[Naruto Shippuden OST - Hidden Will to Fight]
-Aquí vosotros sois los extranjeros- dijo el hombre canalizando su reiki e invocando una técnica animal que le afiló las uñas como si fuese una bestia -Tú eres el extranjero. Estas tierras son mías y haré en mi casa cuanto me plazca- gruñía
-Estas son tierras Yanagi, y aunque no estén, nunca serán más tuyas que suyas. No le arrebatarás la vida a este bosque, ni a estas mujeres-
-¿Estás con ellas? He de considerarte pues mi enemigo- se lamió las garras
-Sea pues, viejo conocido- ambos hombres se enzarzaron en un rápido duelo. Rok usaba sus garras y Shan su katana. Intercambiaban golpes con una velocidad apabullante y aquello sirvió de distracción. Ayesha comenzó a combatir contra los lobos y el resto de atacantes, al igual que el séquito Vakiri. Ren desenvainó su katar y con la mano libre invocó los vientos de Ravat. Assar le había enseñado a usarlo como escudo para defenderse de los ataques, como si fuese un golpe de fuerza invisible que repelía a los enemigos. Fue así como quedó clara la valía de ambos bandos. Los Wulf eran más, pero eran bastante más rústicos e indisciplinados. La maestría de las temibles Vakiri los hacía retroceder si no caían muertos. Debían encontrar a Suly, recuperarla. Las respuestas las tenía Rok, que parecía ser el único que combatía con la destreza suficiente para poner a prueba las habilidades de Shan. Intercambiaron golpes hasta la saciedad, hasta llegado el momento en que Rok, luchando sucio, sopló de su palma un rociado de pequeños cristales de hielo y nieve a los ojos de Shan, dejándolo indefenso. Sus garras se clavaron en los hombros del espadachín
-Qué glorioso día- musitó, ahondando más en la carne de su rival -El Errante cae hoy en mis manos- sus manos comenzaron a cubrirse de hielo, que avanzaban hacia las heridas para penetrar en su ser y destrozarle por dentro. Rok había olvidado sin embargo que Shan no estaba solo.
[Naruto Shippuden OST - Lightning Speed]
El katar de Ren surcó el aire empujado por la chica directo hacia su corazón. Rok sintió el reiki aproximarse por sus espaldas, de modo que soltó a Shan y se apartó para eludir el ataque, que le rozó el brazo -Mujer maldita...- apretó la mandíbula -Cuanta osadía la tuya para ser una damisela que requiere de guardaespaldas- echó a correr contra ella. Ren adoptó una postura defensiva. Canalizó el reiki a sus manos y reunió el viento a su alrededor. Se manejaba como una hoja movida por el mismo. Esquivaba las garras como si supiese de donde venían los ataques y empujaba a Rok hacia atrás con constantes golpes de viento. La chica veía cómo el salvaje se enfurecía más y más. La ira le cegaba y perdía su concentración en la defensa. Ren cruzó las manos para que el viento rodease a Rok como un pequeño torbellino a su alrededor. Lo miró con rabia. El viento comenzaba a lacerarle como cuchillas por todas partes. Rok gritaba como un oso malherido, pero aún así, encontraba la fuerza bruta para avanzar. Ren no lo esperaba, como no esperó que Rok soplase hacia los pies de la chica y un cúmulo de durísimo hielo la atenazara al suelo. No se podía mover y al tropezar consigo misma cayó al suelo -Vas a pagar caro... ¡Muy caro!- alzó las garras como una bestia
-¡Ren!- gritó Shan, con la katana en alto. Hubo un rápido entendimiento entre el hombre y la mujer en cuanto sus miradas se cruzaron. La chica señaló con la mano en dirección a Shan y el viento huracanado cortante rodeó la hoja del hombre, brillante por el reiki. La onda de viento se tornó azulada cuando el errante Van lanzó un tajo al aire con la katana y como una cuchilla azulada semi transparente, el viento alcanzó por la espalda a Rok, hiriéndole severamente. El grandullón se desplomó en el suelo aullando de dolor. El hielo de los pies de Ren se partió en pedazos. La chica se lanzó contra el herido Rok y descargó varios puñetazos sobre su rostro hasta romperle la nariz, para finalmente cogerle del cuello y levantarlo para que la mirase a los ojos ¿Por qué les habían atacado? ¿¡Y dónde estaba Sulima!? Rok, ensangrentado en el rostro y la espalda, confesó
-En las cuevas del monte Saiku... ella... ella será...- un filo de acero curvado se introdujo en la frente del hombre, clavándolo a la hierba. La sangre manó a borbotones. Ayesha había sido la ejecutora. Pidió a su Señora que no se manchase más las manos, pues ese era su trabajo -¿Estás bien?- preguntó acto seguido. En mayor medida, parecía que todos estaban bien, aunque Shan descansaba sentado contra un árbol, mirando sonriente a Ren
-Definitivamente... eres una mujer la mar de interesante- le dijo cerrando los ojos para controlar un poco el dolor y descansar.
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