lunes, 8 de mayo de 2017

El paso del tiempo no fue en absoluto en vano, y es que cuando Ren regresó al punto donde se había despedido de Ayesha y donde sabía que la buscarían, se encontró con que todas sus Vakiri rodeaban una figura de ropas marrones y desgastadas que se encontraba arrodillado con las manos tras la espalda, con la cabeza en alto, debido a las hojas curvadas de los katar que se cruzaban ante su cuello, amenazantes con derramar toda sangre que le corría por las venas en el terreno floreciente. La más alta y poderosa de todas ellas, la más que evidente Ayesha, le tiraba de los cabellos para mantenerle la barbilla alta -Por última vez, montón de basura Van ¿Dónde está Mi Señora?-
-Es la última vez que os lo digo, montón de pañuelos sucios, se fue, se marchó- dijo exasperado
-Tientas tu suerte vagabundo cochambroso- dijo amenazante
-¿Mi suerte?- movió los ojos, recorriendo a las mujeres que le rodeaban y luego a los afilados katar -Muchos dirían que estar rodeado de tantas mujeres es una suerte, pero dudo que vosotras entreis en "esos" términos de mujeres- se encogió de hombros
-Es suficiente- hizo un gesto con la cabeza para indicar a las dos Vakiri que cruzaran las hojas por completo y le cortaran el cuello, hasta que apareció Ren definitivamente ante ellas, queriendo saber qué ocurría con exactitud
-¡Mi Señora!- terció Ayesha, soltando los cabelos a Shan para acercarse a ella -¿Te encuentras bien?-
-¡Su Señora!- repitió con sarcasmo Shan -Está espléndida ¿O es que no la veis? ¿Pensais que soy estúpido como para violar, asesinar y enterrar el cuerpo de una Radih? ¿Y no precisamente en ese orden?- le guiñó el ojo a Ren -Has estado fuera tu tiempo, preciosa-
-¡Callad a ese malnacido!- ordenó Ayesha -¿Todo bien?- Ren asintió, con los ojos algo vidriosos aún y las manos llenas de tierra. La chica buscó con los ojos a Sulima, que parecía estar en buenas condiciones a pesar de todo. Sus ropas estaban igual que la de las demás, sucias y arañadas. Tenía una pequeña herida bajo el ojo derecho, pero sanaría -La que no sanará es de quien se la hizo- dijo furiosa Ayesha -¿Podemos proseguir?- Ren dio su consentimiento, de manera que se fueron reuniendo y preparando para continuar la marcha para salir de Shizune y dirigirse, finalmente, hacia Midna. Esta vez dejando atrás al atrevido forastero.

Conforme deambulaban, se acercaba de nuevo la noche, pero el clima también comenzaba a cambiar. Nubes oscuras y siniestras se arremolinaban sobre sus cabezas conforme se acercaban a la frontera. La brisa primaveral que solía reinar en Shizune se tornaba lentamente en unas ráfagas de viento a veces desagradables, a veces verdaderamente salvajes. Los cabellos de Ren llegaban a volar como una pesadilla oscura a sus espaldas. Ella misma podía sentirlo en su piel. Podía sentir que ese viento era el aliento de la muerte, esperándola, deseando tocarla, deseando besarla. Y lo haría, besaría a la muerte, sólo para poder devolverle su aliento mortal y acabar con ella para siempre. Aquella noche buscaron acampar en una zona más refugiada, en una pequeña cavidad entre unas grandes rocas que hacía de pequeña cueva. Ren sospechaba que servía de madriguera para algún animal, pero por esa noche debería perdonarla. Pronto devolvería la grandeza a esa, su tierra, y todo volvería a la normalidad -Toma- le cedió Ayesha una porción de carne ankrat y pan zeshe, una combinación deliciosa para noches más frías -Repón todas las fuerzas que puedas y descansa, Mi Señora, pronto cruzaremos la frontera y estaremos en territorio enemigo, por lo que debemos poner todas nuestras energías en estar alerta- Ren asintió, llevándose la comida a la boca. Mientras masticaba, se dejaba abrazar por el suave fuego de la hoguera que sus Vakiri habían encendido. Las contemplaba en silencio. Eran maravillosas. Todas unas guerreras fieras y leales, de verdad, de corazón. No ambicionaban nada más que cumplir con la voluntad de sus Señores y semejante disciplina las convertía en un poderoso ejército. Si podía mantenerlas de su lado a toda costa, si todo el ejército de los Radih era así... la venganza contra el clan Shin debía estar ganada. Definitivamente, estaba ganada en cuanto ella entrase a formar parte de la familia como un virus infectándolos desde dentro. Esos pensamientos tan simples y sencillos la excitaban a la par que asustaban. Apretaba los puños sintiendo el corazón acelerándose. En el exterior del pequeño pertrecho rocoso, parecía que el viento furibundo se calmaba un poco, frenado por los árboles, como si las protegiesen. Y fue así, con la calma del rugiente vendabal, cuando se escucharon pasos crugiendo sobre la hojarasca y las ramitas del terreno. Las Vakiri se pusieron todas en pie, katars en mano, preparadas para enfrentar a cualquier clase de enemigo. Esperaron quizá un oso, o cualquier otra clase de alimaña. Quizá el propietario de la pequeña cuevecilla, pero no era la clase de animal que esperaban
-Buenas noches- sonrió Shan saliendo de las sombras, al fulgor de la fogata
-¿Otra vez tú?- Ayesha dio pasos hacia él -Es hora de que te vayas de aquí de una vez por todas. O mejor, seré yo quien te obligue a dejar este lugar- cruzó sus dos armas con intenciones de entablar combate -Mi Señora, dadme la orden y limpiaré el rastro de vagabundos sarnosos
-Ah, sí, tu Señora- Shan la buscó con la mirada y clavó sus ojos en los de la chica. Permanecieron mirándose unos largos instantes hasta que fue Ren quien le preguntó qué hacía ahí, pues le había dicho que se marchase -Estoy aquí porque me interesa el camino que estás tomando- sonrió -Creo que vamos en la misma dirección- Ren arqueó una ceja -Sí, resulta que mi siguiene destino es Midna, así que me pregunto por qué no continuar juntos. A fin de cuentas es tan sencillo como no cuestionarnos los unos a los otros ¿Verdad?- aquella pregunta iba con intenciones. Él no la cuestionaría y ella tampoco a él, hiciese lo que hiciese. Al diablo si ese tipo no era extraño. Hubo un tenso silencio entre las Vakiri y Shan, que no hacía el menor amago de alargar la mano hacia su katana. Finalmente Ren accedió a que les hiciese compañía, aunque fuese por tener una cabeza de turco, alguien a quien culpar si algo se torcía. Ayesha y las demás envainaron las armas con cierta desconfianza del Van, que tomó asiento sobre una pequeña piedra frotándose las manos -¡Qué bien huele!- miró a Ayesha -¿Qué hay para cenar, mamá?-

[Naruto Shippuden OST - Many Nights]

A altas horas de la noche, el cielo comenzó a sollozar. No había prácticamente luna y el bosque se veía apenas iluminado por la reminescencia de la misma que atravesaba las nubes. El chispeo constante era refrescante, y más en la piel de Ren, que no podía dormir. Había algo en el ambiente que la inquietaba de forma terrorífica. Aquella lluvia suave le sanaba la mente cansada, sin embargo, aún sabiendo que más adelante ni siquiera el agua iba imbuida de vida. Se pasaba las manos por el oscuro cabello enmarañado, dejándose refrescar, mojándose a duras penas bajo el goteo. Entonces se giró, con la mirada entornada, en cuanto sus sentidos parecieron abrirse bajo la fina llovizna y le permitieron saber que alguien la observaba. Detrás de ella estaba Shan, cruzado de brazos, sonriento socarrón -Te vas a resfriar, Mi Señora- dijo con sorna, burlándose de la costumbre de las Vakiri. Ren bufó ¿Había vuelto para burlarse de ella? Creía que había dicho sin cuestionarse los unos a los otros -No recuerdo haberte cuestionado- anduvo hacia ella -¿Qué ocurre, Mi Señora? ¿No estás asustada?- Ren dejó de acariciarse el húmedo cabello sólo para soltar una media sonrisa acompañada de un bufido ¿Asustada, de él? Si el pobre estúpido supiera que aún seguía en Shizune acompañado de una Yanagi, se mearía encima. Todo cuanto les rodeaba, era el arma favorita de un Yanagi. Hasta la tierra mojada. Shan seguía caminando hacia ella. En cuanto vio que no se detuvo a unos pies de distancia, mentiría si no se puso tensa y su reiki comenzó a dispararse, mas el hombre pasó de largo, por su lado, aunque juraría que a la distancia suficiente para no rozarla un pelo... y sin embargo sintió una suave caricia en sus cabellos. Ella le miró por encima del hombro -De tantas personas que he podido conocer en mi vida, eres la más curiosa hasta la fecha- dijo, alzando la mirada hacia la llovizna -Creo que soy yo el que quiere ganarse ahora tus favores- hizo lo mismo que ella, mirarla por encima del hombro -Me llamo Yan Shan- dijo formalmente -Yan es mi apellido, el nombre de mi padre- Ren atenazó aún más la mirada. Creía que los Van carecían de clan, de apellido -Los que vulgarmente todo el mundo llama Van, son mucho más de lo que creéis que son. Pero vosotros, clanes de guerreros sofisticados, con vuestra comunión en el reiki, soléis tomarnos como insulsos, estúpidos e ineptos que no servimos para nada más que para cultivar o, según algunos antiguos Señores, como los Vikar de la antigua Ravat e incluso Umbras de Shin, han utilizado a mujeres y hombres Van para sus cuidados personales, desde servirles la bebida, hasta masajes, o jugueteos en la cama. Juegos que sólo les divertía a ellos- la lluvia empezaba a apretar -Pero yo soy la prueba viviente, para gente como tú, para todos los que nacéis con el don del reiki, o lo que creéis que es un don. El reiki es una energía universal, es la sangre del mundo, el alma de la tierra, del aire, del agua y del fuego- alzó la mano tratando de acariciar la lluvia. Ríos de agua le corrían por la piel y le pegaban el yukata al cuerpo -¿En qué momento alguien que no utiliza a los elementos para combatir son inútiles, hija del Vikar Radih?- la miró con el ceño fruncido. Sus aires bromistas y sarcásticos se habían esfumado. Parecía un hombre completamente distinto. Ren sentía su reiki, como sabía que él estaba sintiendo el suyo. Eran terriblemente compatibles en cuanto a flujo e intensidad en esos instantes. Los dos se estaban rodeando de la vida de aquel bosque taciturno, a la frontera de la muerte en Midna -Querías saber por qué puedo usar el reiki cuando parece que mis congéneres y paisanos de Van nunca han podido. La respuesta es que quizá nunca han querido. He viajado, Ren Radih, he cruzado valles, subido montañas, navegado por ríos. He visto vida salvaje y flora que ni tú ni cualquier otro habrá visto en toda una vida- sentenció -Y así fue como descubrí que el reiki no se lleva dentro por nacimiento, sólo debes entenderlo, encontrarlo, y aprender de él como si fuese un maestro- Ren sentía como Shan canalizaba su reiki. Las gotas de lluvia se arremolinaban sobre la palma de su mano hasta formar una esfera que giraba a velocidad pasmosa. El agua empezaba a tomar presión, volviéndose de un tono blanquecino. Luego la disparó hacia el cielo y el agua ascendió como un rayo hacia el agua, tan veloz y cortante que hasta silbó en el viento. Fue fácil para la chica suponer que esa técnica podía cortar la carne con suma facilidad -La respuesta resumida a tu duda Ren, es que soy una persona muy, muy curiosa- le sonrió finalmente, volviendo a ser el Shan de siempre -Y la curiosidad hizo que el reiki acudiese a mí, como un cachorro busca a su madre. Y aprendí de él y sigo haciéndolo, hasta que pueda hacer más que cualquier otro hijo pródigo de los clanes. Más que tú, o que tu mismo padre. Entonces detendré las guerras. Detendré todas las masacres que entre vosotros, panda de arrogantes que lleváis clanes por bandera, creais para ver quien la tiene más grande- Ren entonces se preguntó por qué acompañaba a una "arrogante" a ver a otros que detestaba -Te he dicho antes que soy una persona muy, muy curiosa- anduvo de nuevo hacia ella -Y ahora mismo, tras haber hablado contigo un día tras otro, tras ver tu reacción antes... no hay nada ahora mismo que me resulte más intrigante que tú y tus motivaciones- le dedicó una mirada afilada antes de esquivarla. De nuevo ella sintió la caricia. Era el reiki de Shan. Lo emanaba como si fuese una piel extra. Era cálido y suave ¿Cómo era capaz de hacer algo semejante? Era un tipo misterioso -Buenas noches, Mi Señora- dijo, dejándola a solas con la lluvia.

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Cuando amaneció y amainó la lluvia, todos estaban partiendo rumbo hacia la frontera. Ren la sentía cada vez más cerca. El ambiente era frío, las plantas parecían cada vez más mustias y el viento era un aliento rígido. El aire estaba sobrecargado de humedad y por ello no le extrañaba que las plantas que había cruzando la frontera de Midna por fin fuesen escasas y por lo general, oscuras o hechas para vivir siempre en constante humedad, bajo el agua o en terrenos lluviosos. Había algunos sauces llorones por el camino, aunque cada vez menos, debido a que Midna empezaba a tornarse más rocoso que otra cosa. Haber dejado atrás Shizune fue como una pequeña puñadala helada en el corazón de Ren, que se sentía incluso débil bajo la influencia de las tierras de la propia muerte. Shan acompañaba a la comitiva, aunque no habían cruzado mucha palabra desde la noche anterior. Aún así, parecía que se conocían mucho más que antes. Bastó una conversación bajo la lluvia, sin sutilezas, sin mentiras, con el reiki a flor de piel, conectados, para entenderse mejor que nunca desde que se conocían. Ambos querían la compañía del otro por mera curiosidad, una curiosidad que los atraía bastante el uno al otro, pero también el aura de misterio, el mero hecho del "no saber", hacía que se mantuviesen juntos. Pasaron horas deambulando sin parar hasta que en la distancia, pudieron apreciar una aldea bastante grande, al borde de un gran risco, con una torre más alta en el centro. Shin.
-Hemos llegado- dijo Shan por fin, levantándose un poco el sombrero de paja
-A partir de aquí, llevaremos extremo cuidado- dijo Ayesha a las demás
-¿Crees de verdad que es necesario, capitana?-
-No juzgues mis decisiones, Van- dijo de mala gana
-No juzgo nada- se echó a reir el hombre -Es sólo que me resulta extraordinario que quieras extremar las precauciones ahora, cuando llevan siguiéndonos desde que cruzamos la frontera de Midna- se encogió de hombros. Era cierto. Ren había percibido movimiento también, pero podría haber sido cualquier cosa. Sin embargo Shan lo sabía con exactitud. Y no se equivocó. En cuestión de segundos aparecieron unidades Sombra rodeándoles, envueltos en sus capas negras bajo la llovizna de un cielo oscurísimo de nubes de pesadilla. Tal como fue la pesadilla para Ren ver de nuevo esos uniformes. La sangre comenzó a hervirle con la fuerza de mil maremotos. Su piel empalideció como una difunta -¿Estás bien?- preguntó Shan poniéndose a su lado -No les tengas miedo, son cachorros- sonrió
-Radih de las tierras de Ravat- dijo uno de los Sombras -Os escoltaremos hasta el hogar del clan. Acompañadnos-
-Como digo, lleváis escoltándonos todo el camino- se cruzó de brazos Shan -Podemos ir solitos-
-Acataréis las órdenes de nuestra Señora Hécate o moriréis aquí mismo bajo la espada- amenazó
-Cuanta osadía ¿Quiénes creéis que sois?-
-Los dueños de esta tierra. Sois emisarios de Assar Radih y venís en oferta de alianza. Por tanto no tenéis de qué temer. Una negación será tomada como una muestra de confabulación. Por favor, acompañadnos- los tipos hablaban como si fuesen autómatas. A Ren le daban escalofríos sólo con oir las voces salir de aquellas oscuras capuchas. Estaba temblando de ira y los demás pensaban que era de miedo o frío. Malditos, malditos sean todos y cada uno de los Shin. Les daría muerte a toda costa.

[Naruto Shippudel OST - [Unreleased] Hatred]

La tormenta hizo acopio de fuerzas. Los relámpagos comenzarón a cruzar los nubosos cielos mientras caminaban envueltos en un halo de silencio. La presencia de los Sombras enrarecía aún más el ambiente. Nadie decía una palabra y Ren caminaba cabizbaja mientras la lluvia, tratando de contener la ira que anidaba en lo más profundo de ella. En cuestión de minutos llegaron a la aldea, completamente vacía y sin embargo, todos sabían que miles de ojos los observaban desde alguna parte. Nadie los recibió, posiblemente por la agitada tormenta. El ambiente no podía ser más siniestro. A pesar de la fuerte lluvia y la tormenta, una neblina cubría las calles. Ren iba a enfermar, o eso se sentía. Nauseas le azotaban el estómago con fuerza sólo por cómo la esencia de la muerte la rodeaba. Su reiki estaba desequilibrado, como una brújula en un campo magnético. Y todo fue a peor una vez llegaron a la torre, donde residía el clan Shin. A Shan se le prohibió el paso, debido a que no iba identificado como un miembro proviniente de Ravat. Ren y las Vakiri fueron invitadas a pasar, acompañadas por los Sombras, al interior de la torre. La misma estaba compuesta por diversas plantas, pero aún así, ellas fueron guiadas a través de la planta baja hacia una amplia sala ceremonial, donde el clan se reunía. Allí abrieron para la supuesta hija de Assar la puerta, dejándola entrar la primera. Y cuanto vio fue, sentado en el centro al otro lado de la habitación, un hombre ataviado con la misma máscara blanca, algo desquebrajada y sucia. Le faltaba una pierna y un brazo le colgaba muerto a un lado del cuerpo. Sin embargo allí estaba, sentado, fijo, mirándola. No podía ser él ¿verdad? No podía ser el hombre con el que se iba a casar. No podría casarse con alguien que portase esa máscara el día en que se conocían. Le temblaban las manos de odio y sus pupilas se contrajeron tanto que casi le dolían los ojos de cómo fijaba su vista en él -Bienvenida, hija de Assar Radih- dijo con voz fría y distante aquel hombre -Mi nombre es Hades- se quitó la máscara para mostrar su rostro terriblemente desfigurado debido a tenerlo medio quemado y demacrado. Sus ojos miraban cargados de resentimiento a Ren y a las Vakiris ¿Cómo se atrevía? ¿¡Cómo podía él mostrar el menor resentimiento hacia ellas y por qué!? -Permitidme ser el primero en daros la bienvenida a mi hogar. Bienvenidas a la Aldea Shin, en Midna- un trueno rugió con fuerza en el exterior e iluminó la estancia a través de las ventanas, a la vez que partía en dos el alma de la muchacha

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-Disculpad a mi hijo- dijo entonces una voz que entraba desde una puerta junto al sentado y tullido Hades. Traía una pequeña bandeja de madera con una botellita de vino de arroz y unos vasitos también de madera donde beber. Con galantería se sentó junto a Hades, sobre el cojín de su derecha. Fue entonces cuando Ren se dio cuenta de que era ese asiento concreto el que realmente estaba en el centro y no el de Hades. Él era un segundo -Soy Hecate Shin, líder y matriarca actual del clan Shin- bajó la cabeza en señal de respeto. Ren y las Vakiri se vieron obligadas a hacer lo mismo
-Mis más cordiales saludos y respetos- dijo Ayesha, aventurándose -Soy la capitana Ayesha, de las Vakiri de Radih. Es un honor estar en el hogar del clan Shin, como guardianas de Ren Radih, hija de nuestro Señor Assar Radih- Hecate ladeó ligeramente la cabeza, con una gracia natural pero con perspicacia. Disparó una sonrisa afable a la vez que mortal hacia Ren
-Ren no suena muy Ravat. Es un nombre exótico y peculiar- Ren se apresuró a explicar que era un diminutivo que sonaba mejor y era más fácil de pronunciar -Oh, entiendo, querida- le mostró una sonrisa encantadora y aterradora -Tu padre es un hombre sabio y considerado al ofrecernos paz y alianza. Nosotros, como clan, estamos enormemente satisfechos y alegres de semejante comunión. Casi se han perdido de los registros de la historia la última vez que dos clanes se unieron mediante un matrimonio para consagrar la unión de linajes- Hecate miró a Hades, que a su vez miró a su madre. Ren clavó la mirada furiosa y turbada en Hades. Era él. Ese era el hombre con el que debía contraer nupcias. Dio un paso al frente, hacia él, nerviosa. Bajó la cabeza en aparente señal de respeto hacia Hades, pero no obtuvo la reacción que creía que tendría
-¿A qué viene ese gesto conmigo, mujer?- Ren se tensó y lo miró conteniendo su frustración
-Ren, permíteme llamarte así también- dijo afable Hecate -No quisiera que caigas en la confusión, mi hermosa Radih. Él, Hades, es mi hijo mayor. Mas debido a sus heridas en una injusta batalla, no puede suceder al clan. No es con él con quien debes casarte- dijo tratando de mantener un semblante apacible y simpático
-Apuesto a que estás encantada con la idea- dijo Hades frío y cruel, poniéndose en pie apoyándose en la vara -Haré pasar a Ares- anunció, poniéndose la máscara una última vez, para mirar a Ren a través de aquellos vacíos ojos de la máscara blanca y rota -Adiós, hermana- dijo con notable asco antes de darle la espalda a Ren y a las Vakiri y marcharse por la puerta por la que Hecate entró
-Déjame pedirte disculpas en nombre de mi hijo Hades. Es conservador, muy conservador... y no aprueba esta alianza. Quizá si él fuese quien fuese a contraer matrimonio con una mujer tan bella, cambiaría de forma de ser. No obstante, es entendible que tras sufrir semejantes heridas, se frustre consigo mismo. Es un poco intratable- intentaba mantener la sonrisa a toda costa -Aunque claro, aún queda tiempo para hablar de boda. Primero debes conocer esta tierra, a mi hijo, a mi familia, mi clan, mi sangre. Nuestras costumbres... nuestras politicas... y a nuestros enemigos- aquella última palabra iba cargada de intenciones -Porque he de intuir que vienes preparada y con la mente abierta para todo ¿No es así, mujercita? Vas a ser parte de mi clan. Vas a ser parte de los Shin, dejando atrás a los Radih. Aunque al ser aliados, seremos como una gran familia. Podremos conquistar juntos cuanto queramos- hubo un silencio -Nunca volverá a sucedernos desgracias similares como hace 16 años con el clan Yanagi de Shizune. Supongo que te habrán contado la historia- rió un poco -Salimos victoriosos... gracias a la Deidad. Mi esposo falleció a causa de una enfermedad contraida por la guerra, Hades quedó malparado debido a una cruenta batalla contra uno de los Yanagi... no recuerdo su nombre. Tampoco importa, son sólo cenizas del pasado. Pero me enriquecería que te enorgullecieras tanto como yo de nuestras victorias. Pues tu venida aquí hoy, es una de ellas- la puerta se abrió de nuevo y la silueta de un hombre entró. Era algo más joven que Hades, sin ninguna deformidad aparente ni heridas, era apuesto, con un rostro algo ensombrecido quizá. Ren no tardó en decidir que pronto todos y cada uno de ellos estarían en el mismo o peor estado que Hades -Oh, aquí está. Ren, te presento al sucesor del clan Shin, el futuro, el Umbra de la próxima generación. Ares Shin-
-Es un placer y un honor conocerte, hija de Assar Radih- dijo con firmeza y educación, inclinando ligeramente la cabeza para luego ambos mirarse a los ojos. La tensión se palpaba en el ambiente, rodeados por el sonido de la atronadora lluvia que caía en el exterior.

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