-Sí- concluyó, conciso, sin apartar la vista del camino que Ren había seguido
-¿Te preocupa algo? Pareces algo tenso hoy-
-A veces puedes ser más observador de lo que te conviene ¿No crees?- dijo de mala gana, observando a Shan con la mirada entornada
-Bueno, bueno, tampoco es para enfadarse. Me preocupo por el futuro marido de... mi Señora- sonrió socarrón
-Cuida de "tu señora"- dijo con rintintín -Yo no necesito guardaspaldas. Creí haberlo dejado bien claro en el pueblo hace semanas al enfrentarno a los Wulfs. Eso significa que tampoco necesito una niñera- sin decir más palabras, Ares se alejó, dejando a Shan verdaderamente intrigado. Por las Deidades, si Shin no era un lugar ideal para toda persona que deseaba descubrir secretos...
Ares llegó a su habitación con paso apresurado y cerró la puerta violentamente tras él con un golpe seco. Agitado, con la respiración forzada, se sentó arrodillado en mitad de la sala, encarando a la ventana. Cerró los ojos, intentando meditar. Tenía que calmarse ¿Qué demonios le pasaba? De pronto había comenzado a sentir una enormísima presión sobre él, sobre sus hombros, en su pecho. Le costaba respirar, como si unas manos invisibles le apretaran la garganta ¿Era esa la presión de una boda que Ren obviamente no deseaba y a él tampoco le terminaba de entusiasmar? ¿Era la congoja y la responsabilidad de convertirse en el cabecilla del clan? ¿Qué era, Deidad? ¿¡Qué era!? De un instante a otro, respiró hondo y se concentró en su reiki. Despacio, tranquilo, calmado. Pensaba en el fluir de los ríos. Pensaba en las suaves lloviznas sobre las colinas de Shin. Pensaba en sus días de infancia y en los momentos de solaz donde nada le preocupaba. Fue cuando oyó las voces. Susurros lejanos. Abrió los ojos, preocupado ¿Quién susurraba? ¿Y por qué susurrar? ¿Había secretos que esconder? Sin embargo, por sorpresa, descubrió que era de noche ¿Cuanto tiempo llevaba meditando? ¿Se había quedado dormido? No, no podía ser. Era imposible, completamente imposible. Las voces seguían hablando. Parecían discutir en voz muy baja. Ares se acercó a la puerta para abrirla y descubrir, horrorizado, que tras su puerta había un larguísimo camino de puertas corredizas que se abrían en sucesión hasta donde le alcanzaba la vista -¿Qué está... pasando aquí...?- se echó a caminar por el sendero de puertas abiertas
-...la verdad-
-No ... ser ... aún-
-...castigo.... redención...-
-...una maldición-
-...un engaño-
-Traición...- oía sin parar Ares esas voces. Eran dos hombres, claramente. Su pulso se aceleró. El camino de puertas le había devorado como un gigantesco dragón. Hacía un frío gélido. Si lloviese, sería granizo y nieve. Una gigantesca bruma rodeaba a Ares en ese instante y apenas se había percatado
-¿Hola?- preguntó en voz alta -¿¡Quién anda ahí!? ¿¡Dónde estoy!?- por un instante, recapacitó ¿Podía ser Ren? La chica era una Radih ¿Había caido presa de una ilusión? Al reparar en ese detalle, formuló los contrasellos de ruptura que antaño Caronte había enseñado a sus hijos para salir de algún posible ataque Radih, pero por desgracia no funcionó. Trató de buscar y sentir el reiki de Ren, pero no la percibía en absoluto, era como si no estuviese en su castillo, pero esas puertas, ese suelo, esos detalles y caminos... era un pasillo de su hogar, de Shin. Reunió valor para seguir caminando y lo que encontró, al final del sendero, era un bosque. Un enorme bosque lleno de vida, pero oscuro, nocturno, brumoso, siniestro. Allí unos grandes ojos le observaban en la oscuridad, dos grandes luces en las tinieblas que poco a poco reptaron en su búsqueda. Un gigantesco dragón hecho de madera abría sus fauces amenazante ante él. Ares se quedó congelado de pavor ante semejante criatura, ante semejante poder, ante semejante e irónica belleza. De las fauces del dragón, que parecía estar a punto de devorarle, surgió una bruma a toda velocidad que en cuestión de segundos tomó forma humanoide. Un hombre de cabellos largos aunque sin rostro y voz incorporea le agarró de la garganta con ira
-¡Sálvala del odio!- le gritó la voz carvernosa -¡Sálvala de los demonios!- le gritaba mientras le ahogaba -Y sálvale también a él...- musitó soltándole el fantasma neblinoso, perdiendo las fuerzas, viéndose arrastrado de nuevo hacia el viejo dragón de mandera que comenzó a desmoronarse como un castillo de arena. Una fuerza invisible agarró a Ares por la espalda y lo arrastró a lo largo del infinito pasillo hasta devolverle a su habitación. Entonces abrió los ojos. Estaba donde realmente debía estar. Arrodillado, pensativo, meditabundo, rompiendo a sudar. Comenzó a toser con violencia y a respirar, por fin, como si llevase rato al borde de la asfixia
-¿Ocurre algo?- preguntó la repentina voz de Hades, abriendo la puerta
-Ha-hades...- miró a su hermano -Creo que he tenido una pesadilla y...-
-¿Qué es eso?- preguntó con furia, al ver que ante Ares, había una daga oscura
-¿Esto...?- Ares fue el primero que se preguntó cómo había llegado la daga a posarse ante él -Es...-
-La daga de padre- se cargó de resentimiento -¿Era el regalo de madre?-
-Eh... sí...-
-Bien- Hades cerró la puerta y se marchó sin más, sin mediar palabra. Ares se quedó confuso, pero aún estaba aturdido. Se limitó a acostarse, observando la daga, sintiendo aún las manos de aquel fantasma neblinoso apretándole la garganta.
Días despues...
El palanquín avanzaba con gloria dejando atrás el desierto Ravat y los hermosos bosques de Shizune, encarando por fin la frontera Shin. Un enorme destacamento de soldados Vakiri avanzaba a caballo, reservados por el clan Radih para largos viajes ceremoniales. El palanquín en el que viajaba el Vikar, Assar Radih, iba alzado y tirado por una gran cantidad de hombres de arena conjurados por un miembro del clan Zavat, representante del clan en honor a la boda de la hija del Vikar. Rash, el primogénito, cabalgaba despacio a la derecha del palanquín, oyendo los susurros, el chasquido de los besos y los gemidos de la mujer. De piel morena y cabellos aún más oscuros, la mujer retozaba rodeando con sus muslos al Vikar mientras éste se recreaba con cada penetración con el movimiento de sus caderas. La chica se deshacía en placeres mientras reía traviesa mordiéndole el cuello al líder de los Radih, que le sacaba por lo menos más de 30 años de edad -¿Qué tal, preciosa?- preguntaba el hombre, cerca del climax
-Ah, mi Señor... no podría estar mejor...- gemía de placer mientras Assar concluía con unos fuertes envítes, arrancándole gemidos sonoros a la chica, que empezaban a mezclarse con el susurro de la llovizna del horizonte de Midna. Cuando todo hubo acabado por fin, el palanquín se detuvo un instante para que unos minutos después, la chica desmontara del mismo. Salió ataviada con su uniforme Vakiri, envainando su katar en la espalda. Desde el palanquín, Assar le disparó un beso y después, abrió la cortina a su derecha, para contemplar a su hijo, una vez el destacamento se puso en marcha de nuevo
-Cómo son estas mujeres- rió -Hijo mío, sigo pensando que deberías probar-
-Sólo yaceré con la mujer que me plazca, padre- dijo solemne, mirando al frente
-La mujer que te place- recalcó -va a casarse ¿Crees que soy estúpido? Llevas lloriqueando por su ausencia desde hace un mes- Rash apretó la mandíbula -A ojos de todo el mundo, es tu hermana- dijo entre dients
-Mas no lo es- contraatacó, rebelde
-Haz lo que quieras Rash, pero no toleraré intromisiones- dijo severo -Si dices o haces algo, si metes la pata, lo pagarás muy, muy caro. Todos lo haremos. Supongo que no querrás que Ren te odie por estropear su venganza- Rash frunció los labios
-No, padre-
-Entonces sigue como ahora, callado, obviándolo todo. Si te empeñas en querer poseerla, céntrate en eso, en el simple deseo- concluyó. El resto del viaje, todo fue un enormísimo silencio.
Como estaba planeado, llegaron un día antes de la boda. Toda la aldea estaba en la calle para recibir a Vikar y a todo el séquito que le acompañaba desde las lejanas tierras de Ravat. Eran tan exóticos para los habitantes de la aldea Shin, sobre todo para los civiles, que hasta se maravillaban con su reacción extraña ante la llovizna. La inmensa mayoría de los Vakiri se mostraban un tanto incómodos ante la humedad. Rash era el único que se mantenía solemne. Los hombres de arena directamente comenzaron a deshacerse tras dejar el palanquín acomodado en el patio del castillo, donde perdieron las miradas curiosas de los aldeanos. Allí, acostumbrada al clima, una sonriente Hécate hacía acto de presencia rodeada por todos sus hijos, Ares incluido, junto a ella. Ren también estaba allí, con mirada funesta, aunque progresivamente más alegre cuando descubrió el rostro de Rash y de Assar acercándose. La primera sonrisa del Vikar fue para su hija -Mi queridísima Ren, mi sol- se acercó a ella para darle un cálido abrazo -Hija mía, en Ravat siempre es de noche si falta tu compañía- le acarició la mejilla. A sabiendas de que no era su auténtico padre, el mero hecho de tenerlo ahí era un completísimo alivio. Se sentía en casa
-Hermana mía- dijo Rash, tratando de contener un abrazo excesivamente apasionado -¿Cómo estás? ¿Cómo te han tratado?- ante la pregunta, antes de que Ren respondiese, Hécate se echó a reir
-Cuan tierna es la hermandad, que hasta duda de la hospitalidad del anfitrión justo en su presencia- a pesar de que lo dijo con una amabilidad insondable, Ren ya la conocía lo suficiente para saber que la pregunta le había insultado. Assar también se percató, de forma que carraspeó y se disculpó en nombre de su hijo
-Lamento profundamente que se ponga en tela de juicio la hospitalidad y el trato de los Shin hacia mi hija. Simplemente, Rash tiene en muy alta estima a su hermana- recalcó el tono en la palabra hermana
-No es de extrañar, Vikar Assar. Ren es una chica fantástica, estupenda. Nosotros también la añoraríamos. Afortunadamente para nosotros, permanecerá aquí durante el resto de nuestros días- ambos líderes de los clanes intercambiaron una risilla alegre, pero sus miradas estaban llenas de chispas -Por favor, entrad al castillo. No os humedezcáis más-
En el interior del hogar de los Shin, hubo algo más de intimidad. Ren, junto a Rash y su padre, se sentaban al otro lado de la mesa en la sala de ceremonias, encarando a Hécate, Ares, Helios y Hades -Es toda una alegría estar reunidos hoy aquí con vosotros en Shin- dijo Assar, encantadoramente alegre -Es una gran noticia que nuestros hijos hayan congeniado y no tengan ningún problema con el que no puedan tratarse y la boda siga hacia delante, y con ello nuestra alianza- esa última matización fue más que suficiente para que Ares y Ren se mirasen a los ojos. El recordatorio de que todo aquello era simple política
-Por supuesto, todo sigue adelante y es para el clan Shin un gran honor unir nuestros linajes y ser aliados de aquí en adelante- asintió Hécate, ante el tenebroso silencio de Hades, que a través de la máscara, encontraba la mirada de Rash. Casi podía leerle la mente al hijo del Radih
-Entonces, si no hay mucho más que hablar- miró a Rash y con un gesto de la cabeza le ordenó acercar el regalo. A regañadientes, Rash acercó hacia Ren sobre la mesa una cajita de todos dorados típicos de Ravat -Hija mía, ha llegado la hora de entregarte mi regalo- le sonrió. Hécate dio una palmadita
-Oh, por favor, no. Será una sorpresa para la ceremonia. Os dejaremos solos, para que Ren pueda degustarlo como es debido- terció Hécate, ordenando la marcha de sus hijos. Con obediencia militar todos se marcharon del lugar, salvo los tres Radih. En cuanto hubo silencio suficiente para constatar que se habían alejado y no sentían el reiki de ninguno, Assar suspiró y Ren no tardó en abrir la boca para hablar
-Antes de que digas nada, niña, recuerda que no estamos en nuestra casa. Controla tu tono de voz- una vez indicado aquello, Ren no tardó en explicar que no estaba nada conforme con el plan. Una cosa era llegar a Shin, conocer a la familia e inmiscuirse en sus planes e incluso casarse ¿Pero consumar el matrimonio y parir para los Shin? ¡Jamás! ¡Eso era de locos!
-¿Qué?- Rash no daba crédito a lo que oía -¿Padre? ¿¡Cómo que tener hijos para los Shin!? ¿¡Acostarse con ese... bastardo!?- estuvo a punto de golpear la mesa
-Callaos los dos- ordenó, serio y cruel -Tú, Rash, sobras en la conversación. Si permaneces aquí es simplemente para no resultar sospechoso. En cuanto a ti, Ren, esperaba que fueses más perspicaz- ella no le seguía -¿Crees que con casarte bastaría? ¿Que con poner cara de buena esposa sería suficiente? De todo matrimonio se espera descendencia y es precisamente por lo que el clan Shin es tan débil. Tiene tres hijos varones que, salvo el pequeño, no tienen interés ninguno en las mujeres- chasqueó la lengua -Y ese mocoso terminará dejando embarazada a sabe las Deidades quién y seguramente serán sacrificados o dejados de lado como bastardos. Sólo aceptarán hijos que sean controlados, que se sepa que realmente llevan sangre Shin. Y darles tú los hijos a Ares, convierte a tu futuro hijo en algo mucho más valioso- sonrió. Ren no le devolvió la sonrisa. Definitivamente estaba loco ¡Parir para los Shin! ¡Llevar en su vientre la semilla de los asesinos de su familia! -¿Vas a poner precio a tu venganza, Ren?- preguntó Assar con total frialdad -¿Es eso lo que tratas de decirme? Llevas un ciclo viviendo bajo el mismo techo, comiendo su comida, vistiendo sus ropas- la miró de arriba abajo -¿Qué más tiene darle un hijo? ¿Qué mayor confianza puedes conseguir en ese momento?- sonreía perverso -En cuanto estés embarazada serás intocable, niña. Piensa en ello. Serás la joya de Midna. Nadie pensará que serías capaz de portar un niño en tus entrañas por darles muerte. Entonces dejarán de seguir tus pasos. Entonces... llegará el momento en que la hoja de tu katar se incruste en sus negros corazones- el corazón de Ren estaba latiendo con fuerza y su sangre le hervía en las sienes. Odiaba admitirlo, pero tenía razón. Aun así.... aun así era algo complicado -Todo será más fácil de lo que crees, cielo- le acarició la mejilla -Todo será mucho más fácil a partir de ese momento... te lo aseguro ¿Confías en mí, no?- aquella pregunta que nunca fallaba. La pregunta de un hombre que la había criado... ¿Cómo no confiar en él? No del todo convencida, pero con su determinación ardiendo, terminó por afirmar que así sería
-¡No lo tolero!- se puso en pie Rash -Padre, Ren, os estáis equivocando sobradamente con este plan. No va a salir bien. Debería volver a casa con nosotros. Hallaremos la forma. O en la misma ceremonia mañana. Podemos unir fuerzas. Podemos matarles a todos cuando menos lo esperen- sonrió un tanto desquiciado, desesperado -¿Qué me decís?-
-Que empiezas a decepcionarme más de lo que esperaba que algún día lo hicieras. Compórtate de una buena vez. Esta es la venganza de Ren. Es el fin de nuestros enemigos y hay que hacerlo con elegancia. Una masacre abierta puede propiciar que alguno escape. Ren es buen ejemplo de ello- Rash, impotente, no sabía qué hacer ni qué decir. Se quedó allí, de pie, temblando de rabia, observando a Ren. Ella no le miraba. No le prestaba atención. Ella sólo miraba a Assar, con los ojos enrojecidos de furia. No, no debía ser así. Ella no podía ser simplemente de otro. Ella ya pertenecía a Ravat, y podría estar con él... pero las palabras de Ren interrumpieron sus pensamientos, cuando quiso confesar a su padre una nueva noticia. Le habló sobre Shan, sobre el espadachín Van que conoció en Shizune, un vagabundo, un sabio estudioso y lleno de curiosidad. Le contó... que sabía la verdad -¿De qué verdad me estás hablando?- Ren aclaró que sabía su origen, su procedencia -¿Tratas de decirme que tu tapadera ha volado?- ella se apresuró en negar esas palabras. Sabía la verdad, pero la apoyaba. Era un aliado, alguien leal que decía comprenderla -Ren- la mirada de Assar estaba cargada de incomprensión y severidad -No puedes permitir que absolutamente nadie conozca tu secreto- ella lo sabía, diablos si lo sabía, pero Shan era de fiar -Eso no lo sabes- sí lo sabía, se lo aseguraba. Era una espada poderosa con la que contar en caso de emergencia, en caso de batalla -No puedes fiarte- insistió -Y menos aún de un Van. Debiste haberte ocupado de él en cuanto lo descubrió. Lo haré yo, en tal caso- Ren le agarró del brazo y le miró a los ojos. Le aseguró que no sería así -¿Tanto te importa ese hombre?- era su aliado, recalcó. De los pocos, por no decir ninguno quitando a Ayesha y las Vakiri, con el que podía contar en Shin. Tal y como él solía hacer, le preguntó si no confiaba en ella -...Maldita seas- suspiró Assar -Sabes cómo pellizcarme el corazón- sonrió -Está bien, está bien. Si estás tan segura, confiaré en tu criterio, niña- le dio una palmadita sobre la mano -Ahora... de momento... prosigamos con la función. Abre tu regalo, Ren. Espero que al menos te guste esta parte del plan- ella abrió el paquete con cuidado para no estropear nada, para finalmente revelar un traje blanco precioso con bordados dorados típicos de Ravat en la zona del cuello, pecho y hombros. En la unión de los bordados, reflejaba ligeramente más dorado el sol de los Ravat.
-Yo... di mi opinión sobre el diseño- terció Rash, para recibir la sonrisa de su hermana. Dejando de lado el motivo por el que se lo pondría, era precioso. Le agradeció el detalle de que fuese tan hermoso. Rash sintió que su corazón se partía con sólo pensar que nunca volvería a sonreirle.
El día pasó mucho más rápido de la cuenta. Para Ren, estar acompañada de su padre y su hermano fue un enorme alivio para la presión que soportaba día tras día. Tristemente, debido a la llovizna, no pudieron deambular por los exteriores y la aldea, sino recorrer el castillo y conocer el lugar donde Ren había estado viviendo durante un mes entero. El último lugar fue su habitación, de la que Rash se quejó especialmente, alegando que ella merecía muchísmo más. Ren sabía que su hermano la tenía en una enorme estima, a veces parecía que hasta demasiado, pero pensó que quizá sí merecía más, cuando al mirar por encima del balcón vió como en una estancia en la que nunca había estado, cerca del patio, comenzaban a llevar ciertos adornos y preparativos para la ceremonia. Sólo una noche. Sólo una noche más a solas hasta estar siempre acompañada de Ares, incluso en esos únicos momentos de soledad donde podía ser ella misma. Ren Yanagi a veces parecía estar muy lejos de Shin, salvo por los pequeños encuentros con Shan. La chica empezaba a sentir que, en esos momentos, Ren Yanagi iba a desaparecer para siempre asesinada bajo Ren Shin. Y cuando la noche llegó, aquella realidad le pareció más tangible que nunca. Cuando se cubrió con el futón tratando de dormir, su cabeza sólo daba vueltas y más vueltas a lo que le esperaba. A veces, era más fácil preguntarse si dejarlo todo atrás, o hacer las cosas sencillas como proponía Rash, no sería lo correcto...
Cuando amaneció, estaba lloviendo. Aquel día era especialmente oscuro en cuanto a nubes en el cielo y la lluvia caía con fuerza. Ren pudo interpretarlo como una señal. Asomada al balcón sin salir al exterior, contemplaba las lágrimas del cielo caer en honor a ella y a la vida que le aguardaba a partir de ese día, o eso quería pensar. No había descansado bien, estaba triste y a la vez furiosa. Tenía unas ganas irremediables de irrumpir en la estancia de Hécate, de Hades, de Helios y Ares con todo su poder. De llenar esa maldita torre con raices, zarzas y plantas llenas de veneno. Hundirlo para siempre en la tierra. De no ser porque llamaron a la puerta, quizá lo hubiese hecho -¿Mi Señora?- la voz de Ayesha sonaba musical. La chica se calmó y le pidió que pasara. La capitana hizo lo propio, con una sonrisa encantadora y mirada cálida. Escondía algo tras ella -Ren- dejó los formalismos una vez nadie iba a escucharla, a solas las dos -Espero... no molestarte. Te he traido algo. Me... me hacía ilusión poder entregarte algo en este día especial- a Ren le costó sonreir ante tamaña afirmación. Le recordó que no era en absoluto necesario -Lo sé, osea, quiero decir... Es sólo que me hacía ilusión formar parte de alguna manera de esto- se rascó la barbilla, nerviosa. Ren no pudo evitar reir ante su cara de verguenza. Una mujer tan grande con una mirada de niña, era algo hilarante -Ten- le entregó entonces un enorme bulto envuelto, de color blanco con tonos dorados, similares a solas entrelazados. Cuando la extendió en todo su esplendor, se trataba de una capa de Vakiri -Pude comprobar que te gustó el tacto y el calor que ofrecía ante el frío y la lluvia. Pensé que quizá... aquí... podría venirte bien- quizá fue el detalle, quizá fue el hecho de recordar esas capas ondear en Ravat, pero los ojos le escocieron a Ren. Puede ser, que simplemente, fuese el hecho de tener una amiga cerca lo que la hizo sentir aliviada. Se lo agradeció de corazón. Ayesha se mostró verdaderamente satisfecha y anunció que se tenía que marchar, de manera que la volvería a dejar a solas. El encuentro fue fugaz y la puerta se cerró llevándose consigo el pequeño instante de relajación de Ren, aunque para su sorpresa, una sombra apareció al otro lado y volvieron a llamar. Ayesha de nuevo. Algo se le debía de haber olvidado. Doblando la capa para guardarla a buen recaudo, pidió que pasara. Cuando alzó la mirada, con la puerta cerrada a sus espaldas, estaba Ares.
[Naruto Shippuden OST - Rainy Days]
Llovía con fuerza. A cada instante que pasaba parecía que cada vez iba a peor. Las gotas repiqueteaban con fuerza en los tejados y las paredes, así como en los marcos de las ventanas, rompiendo el silencio que había entre Ren y Ares, que se miraban como dos extraños que se conocían de algo. El hombre, al menos, trajo consigo una pequeña sonrisilla bajo la barba mal afeitada. Tenía esa costumbre de dejársela, al contrario que Helios, que se engalanaba constantemente, o cualquier otro hombre de Shin. Hades era otro que hacía la excepción -Hola- saludó con algo de timidez el hombre, viéndola terminar de doblar la capa. Ren no sabía cómo sentirse. Hasta hacía escasos minutos lo hubiese asesinado ahí mismo, tal cual estaba, de pie. Ahora que le tenía en frente no sabía cómo actuar ¿Cual era el movimiento más inteligente? Si le asestaba el golpe letal, no tendría que casarse, ni yacer con él. Pero por otro lado algo le impedía hacerlo. Quizá era su moral, quizá el miedo a perder la oportunidad de vengarse. Allí estaba él, igualmente, que se atrevió a dar dos pasos hacia ella. No, suplicaba Ren en su mente. Que no se acercase. Si lo hacía no respondería. Si se atrevía a tocarla, si se atrevía a decirle algo respecto a lo que le esperaba... ¿Era eso? ¿Habría ido a recordarle su lugar? ¿O estaba harto de esperar y pretendía tomarla allí mismo? Desnudarla, tocar cada parte de su cuerpo y hacerla suya. Ah, no. Moriría. Ese hombre iba a morir. Veía por el rabillo del ojo que el hombre se agachaba mientras ella mantenía la cabeza baja, arrodillada, doblando la capa. Ares extendió la mano hacia ella. Ren cerró los ojos con fuerza intentando por todas las Deidades contenerse. Pero finalmente sólo hubo una risilla paciente. Cuando abrió los ojos, Ares le estaba ofreciendo un pequeño paquetito. Ren alzó la mirada lentamente hacia los ojos del hombre. Eran claros. Tan claros como pocas veces los había visto -Yo... no querá ser menos- dijo con amabilidad y calidez. Ren no sabía cómo coger ese paquetito -Sé que... es complicado. Yo también lo veo así, lo siento así- confesó -Sé que es difícil casarte con alguien a quien no conoces, alguien a quien no quieres. No eres la única ¿Sabes?- trataba de ser lo más suave posible -Sólo... pretendo decirte que te comprendo- los ecos de las palabras de Shan le sonaron en la cabeza -Pero quiero empezar... con buen pie, Ren. Si vamos a casarnos quiero que sepas que no tengo intención de hacerte ningún daño- al ver que ella no tomaba el paquetito, lo abrió el para ella, ante sus ojos. Ren parecía una estatua de piedra. Dentro del paquete había un hermoso tocado para el pelo en forma de pinza con una hermosísima flor celeste cuya punta de los pétalos pasaban a ser azul oscuro, colores típicos de Shin -La llamamos Lluvia de Medianoche- dijo refiriéndose a la flor -Es muy resistente y no se marchita. Tiene... algo especial, algo de reiki- Ren finalmente alargó la mano cuando él se la ofreció y la tomó con cuidado. Sí, esa florecilla tan hermosa tenía reiki, reiki vivo, que le impedía marchitarse. Odiaba admitir que era un especimen maravilloso, un obsequio realmente hermoso. Retomando las riendas de su consciencia, forzó una sonrisilla y le dijo a Ares que no era necesario -Ya... bueno- se rascó la nuca -Hay muchas cosas innecesarias que a fin de cuentas tenemos que soportar ¿No? Siempre es mejor que lo innecesario se haga por placer que por obligación- recalcó -Y yo, personalmente, quería entregarte un pequeño regalo. Sólo es eso- Ren permaneció observando la flor callada, ensimismada -Siento si no es de tu agrado- dijo enseguida Ares, haciendo que Ren negase con la cabeza. Le aclaró que era precioso -Me alegro... de que te guste- en ese instante, ambos se sumieron en un íntimo silencio, que era entre incómodo y agradable para ambos -Me... tengo que marchar. Te veré después, Ren...- el muchacho se dio la vuelta y salió por la puerta de forma silenciosa, dejando a Ren a solas. La chica empezó a apretar los puños y la mandíbula con fuerza. Él se había marchado. Ya no tenía que reprimirse. Afortunadamente el tocado no se rompió a pesar de la fuerza con la que apretó.
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[Naruto Shippuden OST - The Rain Stops]
Como si fuese la única posibilidad de sobrevivir, Ren escapó de la torre haciendo uso de toda habilidad posible sin llamar la atención. A pesar de la fuerte lluvia, la chica echó a correr, tocado en mano. Detestaba ese trasto, a pesar de lo hermoso que era. Un regalo de un Shin. Era repugnante ¿Cómo se atrevía? ¿Cómo se atrevía a regalarle algo tan bonito a ella? Él, con las manos llenas de la sangre de su familia, cometiendo tal osadía. Corría y corría, con tantas ganas, velocidad y fuerza, que la lluvia parecían agujas en su cara. Rodeó la aldea a toda prisa, no sabía ni siquiera a dónde se estaba dirigiendo. Sólo necesitaba estar a solas. Necesitaba aclarar su mente para poder afrontar la boda y la noche que le esperaba. Necesitaba recapacitar y aceptar que ese hombre iba a ser su esposo y que... que ellos... ¡Maldita sea! Se detuvo por fin, cansada, con la respiración cortada, a orillas de una playa. Una playa triste, apagada y lúgubre. La arena parecía ser ceniza y el mar, a pesar de la fuerte lluvia y el viento, no se agitaba. El mar estaba muerto, no tenía corriente alguna. Así era todo en Shin. Muerto, sin vida. Ren contempló la flor de la orquilla ¿Cómo podía ser? ¿A caso era una burla del destino? ¿Cómo podía estar viva esa flor en un lugar como ese? Lo odiaba. Odiaba Shin con toda su alma. Odiaba Shin y al clan, a cada uno de ellos. Incluso llegó a odiarse a sí misma por ansiar tanto venganza para tener que llegar a ese maldito punto. Alzó el brazo para lanzar la orquilla lejos, muy lejos, a ese maldito mar muerto que le recordaba a todo lo que la rodeaba, muerte y vacío -¿No te parece algo demasiado bonito como para lanzarlo al infinito?- preguntó una voz suave, que la sobresaltó. Al mirar atrás, allí estaba Shan, con un paraguas de bambú, observándola. Al verle, con esa sonrisa tan suya, se le llenaron los ojos de lágrimas. Por un instante se sintió débil. Alegó que no llevaría el obsequio de un asesino, pues los mataría a todos -Ah, sí... la venganza- Shan anduvo hacia ella y la parapetó con el paraguas, protegiéndola de la lluvia implacable -Sabes Ren... estarás cometiendo un error si lo haces- le quitó la orquilla de la mano con suavidad y la observó -Porque no es el regalo de un asesino- templó Shan -La edad de Ares no encaja con los sucesos ¿No crees? Él no pudo haber participado en la batalla, seguramente era muy joven- a Ren eso no le importaba ¿Estaba tratando de protegerle? -Sólo trato de calmarte y hacerte ver las cosas con mayor claridad. A veces hay que recapacitar bien para cometer un acto. Te han regalado esto, y he visto a Ares salir de tu habitación... ¿Ha sido él, no?- ella asintió -Sé que te da igual quién causara aquella masacre, independientemente del nombre, el apellido fue Shin. Pero controla tus emociones, porque el descontrol te hace débil y cometerás un error. Estás rodeada por una manada de lobos y puedes considerar un punto a tu favor que Ares sea el más diplomático de todos, no lo quieras poner en tu contra con demasiada osadía- Ren le miraba con severidad ¿Pensaba él también aleccionarla sobre su venganza? Shan sonrió divertido -Aleccionarte... por favor- le dio un toquecito con la orquilla en la nariz -Sólo quiero decirte Ren... que cuando uno espera con paciencia, al final, verá cómo deja de llover- Shan miró al cielo de soslayo y efectivamente, la lluvia estaba cesando. Milagrosamente, ante los ojos de Ren, durante un ápice de segundo, hubo una apertura entre las insondables nubes y un rayito de sol tocó la superficie de aquellas aguas calmadas. Shan plegó el paraguas y respiró profundamente el olor de la lluvia, la tierra mojada y el salitre -Y cuando la lluvia se detiene, Ren, aunque sea por un momento puede salir el sol. Y su luz te ayudará a ver, además de permitirte vivir- le sonrió con dulzura y ella le miró, incrédula ¿Es que acaso manejaba el tiempo? -Para un entendido es fácil saber cuando cesará la lluvia. Aunque he de reconocer que este diminuto rayo de sol tan íntimo no lo tenía preparado. Ha sido un capricho del destino- se encogió de hombros como tan típicamente hacía. Ren, a pesar de que le brotaron unas lágrimas, se echó a reir -Ren Yanagi, estás hecha para vivir viviendo, no para morir en vida- con sumo cuidado, en un gesto muy íntimo, le recogió un poco los cabellos y le puso la orquilla. Las manos de Shan estaban algo ennegrecidas -¿Ves? Esta orquilla ahora ocultará el pequeño corrimiento del tinte de tu cabello. Podrás aplicártelo de nuevo cuando regreses y te bañes. A veces, un enemigo puede brindarnos oportunidades de oro- le guiñó un ojo y Ren suspiró, más tranquila, observando el horizonte. Observando el rayito de sol que lentamente se desvanecía devorado por las nubes. Ren trató de hablar, siguiendo el tema del cabello, sobre lo de la otra noche -Traté de mirarte lo menos posible. Te lo aseguro. He de admitir que tienes un cuerpo bonito. Lo siento, pero es así- una sensación entre furia y diversión asomó en el rostro de la chica, que se contentó con darle un codazo. Shan se echó a reir. Ren no lo comprendía ¿Por qué reía? ¿Por qué lo hacía siempre? Parecía que nada molestaba a ese hombre, eternamente feliz. Y sin embargo había mostrado ira, y determinación, además de pesar ¿Por qué? ¿Qué ocultaba? ¿Qué había tras esa máscara de sonrisas? Ren quiso saber por fin qué llevaba a Shan a viajar, qué llevaba a Shan a comprender y compartir su dolor ¿Por qué también los Shin? -¿Realmente quieres saberlo hoy?- Ren asintió. Ambos miraban los últimos resquicios del rayo de sol -Tras la masacre de Shizune, el clan Shin no quedó satisfecho- comentó -Es muy sencillo y no es una historia elaborada. Ellos lo hicieron así. Tengo entendido que no fuiste la única en escapar. Sí la última de tu clan, pero algunos aldeanos pudieron poner pies en polvorosa. Los Shin, sospechando de que algo así podía haber ocurrido, hicieron batidas de caza. Una de ellas los llevó a Van. Varios inmigrantes de Shizune llegaron a nuestras tierras y con ello, trajeron la guerra como una enfermedad- Shan estaba terriblemente serio -En ese entonces yo tenía mujer e hijo. Era bastante joven yo, entonces- sonrió -No tenía otra cosa en la vida, pues así somos los Van. Nos casamos jóvenes y morimos jóvenes- suspiró con sumo pesar -Y si algo no necesitabamos, era la enfermedad y el hambre. Los Shin trajeron el terror. Como si fuese una ley marcial, comenzaron a controlar la comida que circulaba por el país y castigaban a todo aquel que ocultase a algún oriundo de Shizune, más aún si fuesen del clan Yanagi. De ese modo, nos sitiaron por completo. La comida se pudría, el agua se contaminaba con la sangre de los cadáveres y con la descomposición de los cuerpos de los sospechosos, de los fugitivos y del ganado a modo de castigo. Con ello vinieron terribles enfermedades- frunció los labios -Mi mujer Anya y mi hijo Syan fallecieron bajo esa enfermedad y la falta de alimento. Aún hoy en día, esa epidemia sigue asolando a algunos Van. La llamamos el Mortis- Ren se llevó una mano a la boca, incrédula ¿Los Shin... hicieron eso? -No pretendían asesinar a los Van, ni tratarnos como basura, al menos sé que no era la inteción del clan, pero los Sombras lo hicieron así para complacer la vanidad de sus Señores. Caronte falleció tiempo después. Desde entonces, me dediqué a viajar. Dieciséis años de intensa búsqueda interior para superar el dolor y para no volver a ser un hombre incapaz de proteger a su familia. Porque lo fui. Fui débil. Fui incapaz de tomar mi espada y hacer frente al enemigo ¿Pero cómo podría? Si lo hacía, mi mujer e hijo enfermos serían asesinados. Yo me aferré a la última esperanza de que nos trajesen medicinas. Y sin embargo han olvidado los estigmas del pasado. El Mortis cada vez es menos frecuente, pero es una especie de peste que de vez en cuando brota. A veces pienso que es una maldición, un rito Shin, una técnica prohibida que se atrevieron a usar contra nosotros para que entregásemos a los de Shizune- suspiró de nuevo, finalizando con la historia. Mostró una terrible determinación a la hora de mirar a Ren y sonreir -Te he traido esto, por cierto- le entregó algo, una especie de pulsera con una piedrecita azul. Estaba hecha a mano. La piedra había sido tallada para mermar su tamaño y la cuerda trenzada a mano. La había hecho él mismo. En cuanto Ren la tocó, la piedrecita comenzó a emitir un fino destello azul en su interior. Reaccionaba al reiki de Ren. La chica casi estalló en lágrimas. Sentía el reiki de su padre ¿¡Cómo!? -Es lo que quedaba de uno de los ojos de ese gran dragón de madera- confesó con una sonrisa cálida -Te pertenece. Imaginé que era obra de un Yanagi y ahora veo que sí. Reacciona a tu reiki. La sangre llama a la sangre, Ren Yanagi- le cerró la mano entorno a la piedrecita -No olvides quién eres-
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[Naruto Shippuden OST - Byakuya]
Ren pudo regresar a tiempo junto a Shan. Pudo bañarse, pudo arreglar sus cabellos... y se vistió con aquel traje blanco y precioso, aunque demasiado ceñido, resaltando cada forma de su cuerpo de forma intencionada por parte de Assar. Todos estaban ya en aquel recinto, donde un anciano monje de Shin oficiaba el enlace. Ares estaba presente con unas elegantes ropas negras con tonos plateados en las mangas mientras esperaba la llegada de la chica, que con convicción, llevaba la orquilla de nuevo en el cabello recogido, aún ligeramente húmedo por el baño. La muchacha apareció como una maravilla, como un milagro, acompañada por Ayesha y su séquito Vakiri. Caminaba despacio, dejando que la capa del vestido ondeara suavemente tras ella. Assar sonreía. Rash la miraba cautivado. Shan estaba apoyado contra la pared, con los brazos cruzados, al final de la larga fila de asistentes, mirándola de soslayo, apreciando su belleza. Ares no pudo evitar quedarse sin palabras cuando la chica llegó a su lado con toda la elegancia que era capaz de desprender. Parecía un ángel -Henos aquí, bajo la atenta mirada de la Deidad- ante ellos, había una enorme estatua de un ser similar a una bestia felina, Nibiru, la Deidad de los Shin, Dios de la Muerte -Para unir en matrimonio eterno a estos jóvenes, a esta sangre nueva, que traerá esperanza a este clan y un glorioso futuro- el monje, ante los jóvenes, puso una pila de piedra llena de agua de lluvia. El ambiente se llenó con el olor de una tormenta -Clan Shin y clan Radih se unen hoy y para siempre, por el devenir de tiempos mejores- se volvió a girar y tomó una espada, una antigua katana con un grabado de runas en la hoja. Se trataba de Souru, Alma, la espada legendaria, se decía, del primer gran líder del clan Shin -Que unidos por la espada, vuestra sangre sea una- ofreció el filo a ambos. Ares conocía el protocolo. Deslizó el dedo sobre la hoja con suavidad para que la sangre manara e impregnase la hoja, que dejó caer las gotas sobre la pila de agua. Ren, con gesto sereno, hizo lo mismo. El filo de la hoja era tan frío como la muerte. Un enorme escozor le sacudió la carne cuando se cortó. Su sangre goteó de la hoja y se fusionó, en el agua, con la sangre de Ares. En ese momento, con delicadeza, Ares tomó la mano de la joven y la posicionó sobre la pila. El monje tomó una varilla con unas filas telas que empapó en el agua de lluvia impregnada con la esencia de la sangre de ambos y la agitó con suavidad ritual para salpicar las manos enlazadas de ambos -De la lluvia y la tierra, de la sangre a la sangre, en la vida y en la muerte...- agitó de nuevo la varilla y pequeñas perlas de agua esenciada humedeció el rostro de ambos. Así quedaban declarados unidos en matrimonio por el rito Shin. Todos los presentes alzaron suavemente sus voces en palabras de alegría y felicidad a la vez que se inclinaban ante ellos. Ares asentía solemne. Ren parecía una muñeca inherte y serena. Sólo Assar le sonreía con mirada maliciosa. Ambos sabían que estaban en la dirección correcta. Shan sin embargo se había marchado en algún momento de la ceremonia.
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Una vez acabado el rito de unión matrimonial, todo cuanto quedó fueron alabanzas a la belleza de Ren y a lo apuesto y elegante que estaba Ares. Se felicitó a los novios de forma indeterminada, todos salvo Hades, que ni siquiera estuvo en la boda. Shan volvió a hacer acto de presencia poco después, con un obsequio para Ares. Le regaló una daga que, según Shan, siempre podría servirle de mil utilidades, además de ser preciosa y manejable. La tensión sin embargo llegó al anochecer, cuando tras una cena especial en la que se preparó comida para los clanes y la guardia personal, Ares y Ren fueron conducidos por Hécate y Assar hasta la habitación que compartirían a partir de entonces. Estaba en una situación privilegiada, también con unas vistas hermosas a los jardines y a las montañas nubosas de Shin. Los dejaron solos finalmente tras mostrarles la estancia... y que la puerta se cerrara, para ambos, fue un infierno. Aunque hermosos los trajes, eran incómodos y habían dejado ropas cómodas para ellos en la habitación. Tendrían que cambiarse juntos. Estaban casados. No podían hacer otra cosa. Ares, sin embargo, tomó sus ropajes azul oscuro y se apartó hacia un lado de la habitación, dándole la espalda a Ren -Tranquila, yo... no miraré- dijo mientras oía a Ren apartarse justo al lado contrario. El silencio lo llenó el roce de ropas contra la piel y prendas cayendo al suelo con susurros sugerentes. Finalmente Shan acabó de vestirse y esperó un largo rato de espaldas hasta que se atrevió a mirar. Ren estaba en la cama, tendida, con el rostro ceniciento. Ares se aproximó con delicadeza y se arrodilló ante el futón. La chica estaba tensa, lo veía. Casi temblaba, quizá de nervios, quizá de miedo, pero ella sabía que era de rabia. Ante la inmensa incomodidad, Ares se atrevió a hablarle -Ren... ¿Estás cansada?- ella asintió en seguida, como una artimaña veloz para no ser víctima de su cuerpo esa noche -Lo comprendo- masculló con un tono que denostaba una sonrisa triste y apagaa -Ha sido un día... de emociones ¿No es así?- ella lo confirmó -Trata de dormir- dijo poniéndose en pie nuevamente. Ni siquiera destapó su lado del futón. Se acercó a la ventana y allí se sentó, en el marco de la misma, viendo cómo volvía a llover. La chica lo estudiaba en silencio -Iré dentro de un rato. Me apetece... respirar el aire de la tormenta- y así fue. Estalló un relámpago lejos, en el horizonte. Ares también conocía los climas de su tierra. Era algo natural -Duerme- le sugirió con una sonrisa -No temas por mí- Ren no temía lo más mínimo por él, pero si se contentaba con estar en la ventana, mejor para ella. Cierto era que estaba cansada y el futón era irremediablemente cómodo y cálido. El sonido de la lluvia y la tormenta adormecía y no tener cerca a Ares la tranquilizaba. Lentamente, sumida en sus pensamientos, comenzó a cerrar los ojos sin ser consciente de ello. Cayó rendida en los brazos del sueño, mientras que Ares la miraba una última vez con expresón empática, reflejando la misma tristeza que ella mostraba. Se sintió apenado por la chica, y por sí mismo. Se acomodó en la ventana y se cruzó de brazos para mantener el calor corporal, acurrucándose a sí mismo en el quicio de la ventana. Y observando ligeramente la lluvia y oyendo la tormenta, el sueño también le venció.
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