[Naruto:
Guren Theme]
Aquella mañana Ren no
quería salir del futón.
Los días estaban
pasando a una velocidad pasmosa, la cual amedrentaba los ánimos de la chica,
quien no encontraba camino alguno en su plan, mas que las tormentosas pesadillas que sufría cada noche sin falta alguna. Se había limitado a estar
callada, a caminar por el hogar, a observar como una sombra fantasmal todo
aquello que la rodeaba. ¿Merecía la pena? Llegó a preguntarse si realmente
sabría llevar a cabo su plan de venganza, pues no había conseguido aún nada. Las
dudas sobre si estar allí, consentir matrimonio con un Shin y lo que ello
conlleva, sería algo más que la peor
decisión de su vida si realmente no llegaba a ejercer sus intenciones, estaban
consiguiendo que entrase en un estado de temor que hacía difícil contener la
ira que albergaba. Para colmo, se sentía cada vez más enferma, rodeaba de aquel
ambiente putrefacto y oscuro que arrebataba cualquier ápice de vida de su
reiki. Sentía algo parecido a una falta de oxígeno, de sol y de viento, que
junto con todo lo demás, estaban convirtiendo a Ren en el máximo exponente del
pesar en Midna.
Por suerte o desgracia,
mientras bajo las sábanas la chica oía el ruido que provocaban los
entrenamientos de los sombras bajo el balcón, alguien llamó a la puerta,
provocando que ésta tuviese que ponerse en pie. Segura de que se trataba de
Ayesha, abrió la puerta sin miramientos previos, lo que le provocó un enorme
arrepentimiento al descubrir que se trataba de Ares.
Ren se empezaba a
habituar a las prendas de la tierra de Midna. La mujer había traído pocos
ropajes suyos propios de Ravat, y uno de ellos, lo había guardado en el fondo
del armario de aquella habitación, pues no quería que nadie lo viese, ni tan
siquiera para intentar quitarle aquellas manchas. De manera que, allí, apenas
tenía nada, y lo que tenía, era demasiado fresco para aquel clima. Tuvo que
aceptar los ropajes que se le ofrecían, y para dormir, se acostumbraba a vestir
con unos yukatas semi abiertos de tela de gasa muy largos.
Así que, cuando abrió
la puerta y descubrió al joven detrás, en un impulso sin razón, le cerró la
puerta en las narices. Le oyó desde el otro lado, disculpándose si en algo la
había molestado, mientras ella se cerraba al máximo posible las telas, que anteriormente podrían haber dejado entrever algo de carne demasiado blanca, nada común en Ravat. No supo
por qué se sintió tan incómoda. Supuso que, aunque próximamente aquel hombre
muriese en una afrenta contra ella o algún Radih, no quería que la viese
desnuda.
Ren volvió a abrir la
puerta, pero esta vez con mucha más cautela, sin asomarse por completo. -¿Qué
quieres?- preguntó con voz borde. Ares tuvo que pestañear ante aquel carácter,
suponiendo que debía deberse a que era demasiado temprano o quizás aún estaba
dormida cuando él había llamado. El joven coló el brazo por el umbral,
entregando a la chica unas ropas oscuras y gruesas. –Tengo ropa suficiente.-
dijo, sin saber si tomarla o no. Sin embargo, el hombre insistió. Aquellas no
eran ropas ordinarias. Tenían un aviso que debían afrontar. –Espera… espera-
Ren abrió la puerta un poco más. -¿Un aviso? ¿Te refieres a que han pedido
vuestra ayuda?- él asintió -¿Y yo voy a ir?- Ares se rascó la nuca, asegurando
que había pedido que no la involucrasen de forma tan reciente a su llegada. Sin
embargo, a Hécate, le parecía una buena idea para ayudar a que la chica se
integrase -¿Me estáis pidiendo que colabore con vosotros?- preguntó, pareciendo
que se le olvidaba que ella estaba cerca de pasar a ser una Shin. Con timidez,
el hombre aseguró que de eso se trataba, que aquella era la razón de la unión
de ambos. ¿No? –Sí… ¿Cuándo nos vamos?- Si todo estaba listo, en una hora.
Antes de que la chica cerrase la puerta, Ares le aseguró que les acompañarían
tanto las Vakiris como Shan. Shan…
Hacía días que no veía
a Shan. Al principio, pensó que se había marchado de la misma forma que había
aparecido en su vida, con el viento. Después, comenzó a verle desde el balcón,
observando los entrenamientos, observando a los Shin, en silencio, sin
fanfarronerías. Mas cuando se movilizaba para buscarle, nunca le encontraba.
Algo le hacía pensar que la estaba evitando desde el día en el que se enfrentó
a Ares. Aquella incertidumbre, no hacía más que avivar las dudas que asaltaron
a Ren desde ese día, desde que contempló aquel reiki y aquellos ataques tan
directos y claros hacia lo que pretendía ser un golpe mortal, lleno de furia. Tenía demasiadas
dudas sobre Shan. Tantas que… empezó a desconfiar de nuevo en él. No sabía sus
verdaderas pretensiones y temía, que por alguna razón, fuese un obstáculo más
en su plan. Debía hablar con él… si él se lo permitía.
Por último, Ares volvió
a colar la mano por el umbral, extendiendo un papiro bien doblado, alegando que
provenía de Ravat. -¿De Ravat? ¿Es mi padre?- preguntó, con un halo de ilusión
en la voz que hasta entonces el hombre nunca había oído. Él no lo sabía, pues no
lo había leído. No era quien para hacerlo si el destinatario no era otra
persona que Ren. –Vale…- Antes de irse, indicó que enviaría al halcón de la
familia hasta su balcón por si quería enviarle una réplica. Cerró la puerta y
se marchó, sin esperar nada de ella.
Ren, por su parte, se
retiró de la puerta y abrió el papiro. Lo que leyó, no fue lo que esperaba:
“Mi
sol de Ravat, me consta que has llegado sana y salva a Midna y eso me aclara en
corazón y disipa mis miedos. Dime ¿Cómo han sido tus primeros días allí? ¿Has
conocido ya a Ares? Supongo que sí.
Mi
sol, no me culpes por esta alianza. Aquí, en Ravat, eres la estrella que
ilumina el desierto gracias a tu buena voluntad. La unión de los Radih y los
Shin, traerá prosperidad durante largos años a estas tierras, y todo, gracias a
ti.
Escríbeme
y dime cuando será en enlace. Añoro el día en que podamos volver a vernos.
Con
cariño, Assar”
Ren frunció el ceño. Assar
no era el tipo de padre que escribía aquel tipo de cosas. Le conocía muy bien a
pesar de no ser su hija de sangre, y sabía perfectamente, a consecuencia de su
trato con Rash, que su padre no era de aquellos quienes ocupaban todo un papiro
en adorar a un hijo. Algo fallaba, algo no encajaba.
Dio varias vueltas
alrededor de la habitación con la carta en la mano, pensando, buscando la
manera de descifrar cualquier tipo de segunda lectura, palabras sueltas entre
líneas o un mensaje oculto. Entonces, recordó algo que Rash le había enseñado a
hacer hacía muchos años: Un contrasello. Movió los dedos de forma ágil sobre el
papiro, y al hacerlo, las letras que había grabadas desaparecieron, para dejar
paso a otras, dibujadas con una caligrafía más tosca y oscura. Aquel era el
verdadero mensaje.
“Mi sol ¿Sospechan algo? Recuerda: Busca los puntos débiles. Todos los
humanos tienen uno. Envenena, maneja los hilos. Tú eres la dueña de tu
venganza, tú eres quien pone los límites. Propóntelo y lo conseguirás. Pagarán
lo que te hicieron a ti y a tu familia. El clan Yanagi verá un nuevo renacer de
tu mano.
Espero
respuesta,
De
Assar’’.
Después de que Ren
leyera aquel texto con muchísimo más sentido, las letras desaparecieron del
papel. La chica supuso que no habían desaparecido realmente, sino que se habían
ocultado bajo otra ilusión. Dos sellos. Muy listo, Assar. Quizás había uno más.
Anduvo a paso rápido
hasta la pequeña mesa en la otra esquina de la habitación. Abrió todos los
cajones hasta encontrar pluma y tinta. Sin distracciones, comenzó a escribir:
“No hay fecha de boda, Quizá no la haya, porque siento que a algunos no
les gusto aquí. No aguanto más, esto es insoportable.”
Suspiró, intentando
pensar. Prosiguió.
“Padre ¿Qué puedo hacer? Necesito fuerzas. A veces me pregunto si
merecerá la pena. Ellos son muchos y yo aquí estoy sola. Las máscaras blancas
me recuerdan a aquel día y a veces siento ganas de llorar. ¿Cómo consigo la
determinación que me falta?
Creo
que nadie sospecha. Estoy moviéndome con cautela. Todos piensan que soy una
Radih a la que quieren domar en la cultura de los Shin. Ojalá dure.
Te
necesito, a ti y a Rash, cuando antes, a mi lado. Por favor, ven pronto. Busca
cualquier excusa. Necesito que me guíes en esto.
Por
cierto. Se ha unido un hombre de Van a nosotras. Por alguna razón, no se marcha
y me ofrece su ayuda, a pesar de no saber nada. Usa reiki, uno demasiado
poderoso. Tengo dudas sobre él. Cuando vengas, necesito que le conozcas.
Ayúdame.
Con
inmenso cariño, Ren.”
Cuando terminó de
escribir, las letras desaparecieron. Assar era muy, muy prudente. La chica se
dirigió hacia el balcón, encontrándose con que el halcón ya estaba allí. Cuando
abrió la cristalera, el animal ni se inmutó, solo esperó paciente. Ren enrolló
el papiro minuciosamente, sujetándolo a la cuerdecita que pendía de la pata del
animal, y sorprendiéndose, de que éste mismo con sus garras acabara cogiendo el
papel. ¿A caso sabía hacia donde debía dirigirse por el tipo de papel? Una vez
lo sostuvo, el animal alzó sus alas y emprendió el vuelo. Ren le vio marchar,
deseando que esa carta llegase pronto a manos de su padre. Antes de retirarse
para poder vestirse, miró hacia abajo, donde estaba el campo de entrenamiento.
Allí estaba Shan. Y la estaba observando.
La chica salió de la habitación vestida con los ropajes que Ares le había proporcionado. Eran bastante cómodos, además de cálidos. El color que predominaba era el negro, por lo que al mirarse al espejo, se sintió extraña vistiendo colores tan oscuros en comparación con los que predominaban en Ravat. Además, aquellos ropajes tenían capucha. La mala pasada de la lluvia no volvería a suceder. Aun así, por cautela, se recogió los cabellos en una coleta muy alta. Así, ya no habría forma de manchar la ropa, y además, ocultaría los destellos de color bronce que ya empezaban a vislumbrarse entre sus raíces, y que no hacían más que recordarle que cuanto antes, debía volver a tintarse el pelo.
Anduvo por los enrevesados pasillos hasta que llegó a la entrada del hogar. No tenía ni la menor idea de a donde debía dirigirse, porque ni si quiera encontraba a las Vakiris. Al cruzar una esquina, se topó de lleno con aquel hombre enmascarado, el hermano de Ares, Hades. Apenas se rozó con él, y silo hizo, fue por culpa de la torpeza del hombre al faltarle una pierna.
-Mira por donde vas, niña...- comentó malhumorado. Ren sintió escalofríos al oír aquel tono de voz y no poder contemplar más allá de la máscara inexpresiva de un asesino. No pudo evitar quedarse mirándola, inundándose de los recuerdos de una pesadilla. -¿Que estás mirando?-
-No soy ninguna niña- replicó, incapaz de contener su lengua.
-No te comportas como una mujer, sin embargo.-
-¿Donde está Ares?-
-Vaya. Por la cara que pusiste el primer día pensé que odiabas a mi hermano. ¿Ahora le buscas?.-
-No solo le busco a él. Busco a las Vakiris y a Shan. Vamos a salir. Hay un aviso.-
-Ah... si, eso. Estarán todos reunidos en la sala ceremonial. Hécate estará dando las directrices- Ren fue a marcharse sin mediar más palabras. Cada segundo cerca de ese hombre era una maldita tortura y no estaba dispuesta a soportarlo más. -Eh ¡Tú!- la detuvo antes de que pudiese alejarse -No olvides que ésta es mi casa, no la tuya. Ándate con ojo.Cuidado con lo que haces- Aquellas palabras fueron percibidas como una amenaza para la chica. Sin duda alguna, a ese hombre no le gustaba su presencia allí. Casi sentía que el nivel de odio entre los dos era mutuo. No se pudo contener. Tenía que contestarle.
-Adios, cuñado.-
Cuando Ren llegó a la sala, Hécate ya estaba terminando de ultimar los detalles de la misión, por lo que la presencia de la chica fue toda una interrupción en la que todos se giraron para mirarla. Incluido Shan, a quien Ren no quitó la vista de encima ni un momento.
-Bienvenida, Ren. Espero que tu tardanza atienda a una buena razón- dijo con una sonrisa la madre a pesar de la carga de sus palabras.
-No sabía vestirme con estos ropajes vuestros. Son muy complicados-
-Quizá es que son muy seguros-
-No hay nada seguro si no contamos con la confianza en uno mismo- Hécate amplió aún más su sonrisa y la chica supo que era el momento de callarse. Estaba aún caliente del encontronazo con Hades. -En cualquier caso, pido disculpas. No era mi intención no llegar a tiempo. Me perdí por los pasillos.-
-Pierde cuidado- se sentó mejor sobre el asiento -Algunos miembros del clan Wulf se están interponiendo en la frontera- comenzó a decir - Rodgar parece que no le es suficiente a esos animales. No contentos con saquear todo Shizen, ahora están empezando a atacar la frontera que los separa de Midna. No podemos permitir que esos malnacidos toquen lo que es nuestro-
-¿Y cual es la propuesta?-
-Detenerles, de cualquier manera. Si la muerte es necesaria, que así sea.- Ren frunció el ceño. A esa mujer no le temblaba la voz al ordenar asesinar a alguien. No le extrañaba, teniendo en cuenta que quizá, la matanza de todo Shizen había surgido de una orden parecida a la de ella. -Pensaba que podría sernos de utilidad tus técnicas- aquello tomó desprevenida a la chica, porque por supuesto, no sabía ni podía manejar las técnicas de Assar y su hermano. Se limitó a asentir. Tendría que encontrar una excusa. -Si no tenéis ninguna pregunta, partid ya.-
[Naruto Shippuden OST I - Confronting]
Ares, Ren, Shan y las Vakiris, se alejaron a toda prisa del hogar de los Shin. Usando técnicas de velocidad, el grupo se acercaba a la frontera a pasos sumamente agigantados. Ren, por su parte, escondida bajo la capucha, se sentía ligeramente excitada a pesar de tener que formar parte de aquello. Aún siendo de sangre Yanagi, aun formando parte del clan Radih, apenas había participado en misiones que, como defensora de un país, debería haber hecho. Usar técnicas, desplegar sus habilidades aunque fuese de manera limitada, estaban suponiendo un desfogue momentáneo para todo su ser.
Se mantuvo a las espaldas del grupo, observando tal y como Assar le había dicho que hiciera. Era la oportunidad de encontrar los puntos flacos de Ares. ¿Qué mejor que en una misión?. Quizás esa fuese la mejor tapadera... asesinarle en una misión. Nadie podría culparla. De momento, tendría que esperar, pues el hombre no mostraba signos de miedo o debilidad, aún. Inconscientemente, dirigió su mirada a Shan, quien estaba segura que sí había llegado a encontrar los puntos flacos del joven, pero ¿Por qué lo había hecho? Mientras corrían, Shan se giró, volviendo a mirarla. La chica no le apartó la mirada, aun sintiendo que sus reikis volvían a conectarse por alguna razón.
De repente, Ares se detuvo y todos lo hicieron con él. Era ahí. Estaban en la frontera. Kilómetros y kilómetros de tierra seca y baldía.
-¿Y ahora qué?- quiso saber Ayesha.
-Es demasiado terreno...- observó Ren. -Si aquí hay Wulfs, podrían estar escondidos en cualquier parte-
-Esperando a hincarnos sus garras en cualquier momento...- sonrió Shan, irónico, a sabiendas de que las cicatrices de las garras de un Wulf aún estaban reflejadas sobre sus hombros.
-¿Y si nos dividimos?- todos miraron a la chica -Yo iré con Shan. Vosotras podéis ir con Ares- al decir aquello, no todos parecieron estar de acuerdo. El grupo estaba desequilibrado. Shan y Ren eran muy pocos comparados con el equipo que conformarían Ares y las Vakiris. Por otra parte, se entendía que si de estrechar lazos se tratara, lo más preferible era que Ares y Ren formasen parte del mismo equipo. Pero Ren no quería eso. Quería estar a solas con Shan y hablar con él, sin embargo, no sabía si se lo iban a permitir, dado que podría ser incluso sospechoso. -No hay tiempo. Decidid ya.-
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