Desde que era adolescente, bastante joven, Ares siempre sintió una curiosidad inherente a todo ser humano por sentir el cuerpo de otra persona, pero nunca imaginó que sería así. Quizá pecaba de romántico, de soñador, pero esperaba que hubiese más calor. Y despojar a la chica lentamente del yukata resoltó frío e inerte, mientras apenas se miraban a la cara. Sin embargo, poco a poco, mientras descubría la blanca y suave piel de la muchacha, un ligero cosquilleo recorrió la nuca del muchacho, que se quedó congelado en el tiempo en el momento en que la tela resvaló a través de los redondos pechos de la joven, dejándolos al descubierto. Ares respiró profundamente y buscó la mirada de la chica, que se hallaba apartada, mirando hacia una de las paredes. Sabía que ella no lo deseaba, tanto como él no deseaba que fuese así. No se conocían, no se amaban... pero estaban casados, y por el devenir del clan, por el futuro de su familia, debía hacerlo. Se despojó a sí mismo de sus ropajes sin mostrar un ansia desmesurada como tantas veces había demostrado Helios en público. Ares parecía estar retrasando tanto el momento como la propia Ren, pero el momento llegó en el que por fin los dos se encontraron desnudos, la chica tendida sobre su propia ropa. Ares desprovisto de la suya, tumbado a su lado, en silencio, acariciando su vientre. Fue apenas un roce de dos dedos pero fue bastante para que se le herizara la piel. La sensación electrizante de tocar el cuerpo de una mujer le sacudió de improvisto y le centellearon los ojos. Sintió deseos de tocarla por todos lados y sabía que su deber era hacerlo. Con cuidado ascendió la mano hasta rodear y acariciar uno de los pechos de la joven. Su tacto blando, tierno, le provocó calor un calor en el pecho que se le extendió al resto del cuerpo. Ren se rebulló ligeramente incómoda. Se mordía las mejillas por dentro de la boca, pero ver a Ares cerca, tenerle cerca, sentir que la tocaba, le hizo mirarle. Ambos encontraron desdén en los ojos del otro, a pesar de que Ares estaba, por naturaleza, encendiéndose poco a poco. Era curioso que él la mirara así cuando se mostraba complaciente cada vez que hablaban ¿Qué era aquello que ella le estaba haciendo para ganarse semejante desaprovación? Parecía que se entendían con sólo mirarse, porque Ares le contestaba en sus pensamientos. Sabía que en ese momento debía odiarle por ser el primero, por ser un hombre como él, un desconocido, quien le arrancase la virtud. Sin embargo, Ares estaba odiándola por sentir que ella le odiaba por ello. Se sentía sucio, se sentía vil, cruel y malvado. Entendía que el futuro del clan tenía un precio y era ese, el mismo que ella iba a pagar. Harto del agobio, del hastío, de la insistencia, de las miradas cargadas de intenciones de Hécate cada vez que se encontraban, Ares decidió por fin que el odio de Ren no pesaba tanto como el fin de su linaje. Se aproximó a ella con delicadeza y la besó. Besó sus labios con dulzura, pese a todo. La besó buscando una respuesta que no llegó. Sólo encontró labios fríos y tensos, pero aún así no pudo detenerse, porque si se detenía, no volvería al regazo de la chica nunca jamás. Se abrió camino entre las piernas de la chica colocándose sobre ella, siempre con cuidado y cierta timidez. Jugó con sus pechos entre los dedos a la vez que arrancaba de la boca de la mujer una respuesta a sus besos. Parecía ceder, Ren parecía ceder por fin tras unos tensos minutos, aunque lo que Ares no sabía es que ella realmente no estaba allí. Su mente estaba lejos, dejando atrás el cuerpo. Aún así, ella apenas la tocaba. Se mantenía suave, como una muñeca, de brazos abiertos sobre la almohada tanto como las piernas. Ares comenzó a besarle el cuello mientras se sentía endurecer a sí mismo. Buscó besar y lamer los pechos de la joven con ánimo de experimentar, mientras que con una de las manos acariciaba el sexo de la joven, sintiendo algo de sequedad, que lenta y costosamente, comenzó a desaparecer subyugada por la humedad natural del cuerpo femenino. Ninguno articuló palabra y mucho menos se miraron a los ojos. Ares se excitó a sí mismo lo suficiente con sus propios deseos e indagó lo suficiente con el cuerpo de la joven hasta que creyó que estaría preparada. Besó de nuevo su cuello mientras que con su mano ajustaba el miembro a la cavidad de la chica y lentamente, comenzó a introducirse en ella. Fue muy suave, muy lento, tan agradable como podía. Deidades, si podían saber cómo se sentía el muchacho, sabrían cuanto estaba sufriendo en lo más profundo de su corazón. La obligación de llevar a cabo semejante acto que debía de ser por pura devoción le distraía. Casi sintió cómo se le escapaba de las manos la excitación. Luchó y utilizó el cuerpo de Ren para mantenerse firme, hasta que lentamente propició el primer golpe de cadera, suave, rítmico, pero suficiente para que la chica le agarrase de los fuertes brazos y clavase sus uñas en él con desesperación. Fue el único momento en que se miraron a los ojos. Un relámpago, un trueno, un segundo, una tormenta de un instante, en el que la chica se llenó de dolor y sus ojos acuosos miraron a Ares con furia, a la vez que él la miraba con lástima. Aún así, Ren se soltó del hombre y trató de no desgañitarse. Guardó su voz muy hondo mientras le rodaban dos lágrimas por la garganta, mientras Ares escondía su rostro entre el hombro y el cuello de la chica a la vez que la seguía penetrando con la misma suavidad, con la misma incomodidad. Fueron momentos fríos a pesar de que él sentía placer, pues en el exterior sentía el dolor de la chica. Era un infierno, sobre todo para ella. Intentaba atajarlo, pero no podía. Estaba vejada, traicionada en todos sus sentidos. Siendo no sólo la mujer del enemigo, sino su concubina, yaciendo con él, sintiéndolo sobre ella y dentro de ella, hasta lo más profundo de su ser. Ren apretó los ojos y la mandíbula con fuerza, deseando que todo acabase. Ares pareció percibirlo, porque se abandonó al simple placer carnal que por fisiología le propiciaba el sexo. Mantuvo un ritmo constante en que no hubo jadeos, ni gemidos. El silencio de la habitación lo rompía el roce del futón en el suelo y la respiración entrecortada de ambos por el movimiento. Fue así cuando por fin culminó, llegando a un apagadísimo clímax que recordaría por la poca intensidad del placer que sintió, pero esparciendo su semilla en la chica, como era su deber. El hombre se apartó de encima a una velocidad pasmosa, como si Ren quemase, como si estuviese tumbado sobre lava candente. En cuanto se apartó de ella, Ren se dio media vuelta, dándole la espalda a Ares. Sollozaba. No la oía, pero veía cómo sus hombros se agitaban, inquietos y temblorosos. Ares miró el futón. A la altura de donde sus sexos se encontraron había un par de gotas de sangre, tan así como había rastros en su pene. Tomó sus ropas y se vistió tan rápido como pudo. Necesitaba salir de ahí. Y lo hizo, sin pisar la puerta. Directamente huyó por la ventana, dejando que la tenue luz de un vago rayo de luna iluminase el suelo, cerca de donde Ren derramaba unas lágrimas furiosas y decididas a actuar.
Ares estaba sentado en lo más alto de la torre, observando la aldea a sus pies. La suave brisa anunciaba lluvias de nuevo, pues su aroma era inconfundible. El viento agitaba suavemente sus cabellos y su ropa, así como cubría de nubes el poco rastro que quedaba de la luna. Hacía unas horas parecía completamente despejado, como un milagro, cuando entre él y Ren parecían caer un poco los muros. Sin embargo ahora se nublaba al igual que se había nublado el enlace entre ellos. Ares percibió su vínculo roto, casi irreparable. Le había hecho daño aunque pretendía no hacerlo ¿Cómo se podía arreglar un matrimonio donde no había amor? ¿Cómo reparar las piezas de algo que ya estaba roto desde antes de empezar? Se miró las manos, pensativo. Aún sentía el tacto de su piel, la forma de sus pechos, el sabor de sus labios y el aroma de su cabello, algo particular. Apretó los puños furioso
-Ah, del hombre arrepentido- dijo una voz de pronto, tras él. Ares ladeó la cabeza para mirarle por encima del hombro -¿Qué te trae por aquí a estas horas?- Shan estaba serio
-Podría preguntarte lo mismo- musitó
-Mas no lo haces. Aun así, he preguntado primero. Podrías y deberías estar en el lecho con tu esposa-
-Parece que te preocupa el solitario lecho de tu Señora- hubo un instante de tensión tras esas palabras
-Ambos debéis respetarlo- terció Shan, sin cruzarse de brazos como solía hacer. Ares le había estudiado tan bien como Shan a él. Era curioso que dejase una mano posando vagamente sobre la empuñadura de su katana -Y sin embargo es Ren quien está constantemente a prueba. Considero que de ser así, yo soy digno de poner a prueba al marido-
-¿Tan seguro estás? Esta vez no perderé- Ares estaba cargado de malas energías. Shan lo sentía. Su reiki estaba disparado y era siniestro. Un escalofrío le recorrió la espalda ¿Por qué? ¿Era ese el famoso reiki oscuro de los Shin? ¿Era el aura de la muerte? Sólo lo había percibido de Hades y en según qué momentos. Sin embargo Ares parecía ser un foco del mismo en esos instantes. Decidió que era mejor cambiar de estrategia
-Por favor- sonrió Shan por fin -No pretendo ser tu enemigo. Aquello fue un entrenamiento-
-Deberías marcharte, Shan- volvió a mirar hacia la aldea
-Lo haría, si no fuera porque considero peligroso el estar a solas cuando podrías estar acompañado ¿Puedo?- pidió permiso para sentarse a su lado. Ares no dijo que sí, pero tampoco que no, de modo que lo hizo. Desde la altura, ambos contemplaron el horizonte acariciados por la brisa -¿Puedo saber si algo ha ocurrido?-
-Nada que a te incumba- dijo carente de emociones
-Comprendo, aunque puedo imaginarlo- Ares le miró y Shan sonrió ante esa reacción -Desde que llegamos a Shin he visto que destacas entre los miembros de tu familia, Ares- le miró -Eres distinto a los demás, y no te ofendas, para mí sería un cumplido. Donde tu hermano mayor y tu madre despuntan, tú te mantienes neutro. Y donde el mayor hace estragos, tú los arreglas. Definitivamente puedo decir que me alegro de que seas tú quien dirija este clan en días futuros-
-No tengo la madera necesaria- terció Ares -No necesito que alguien me diga lo contrario a mis creencias, aunque tengas buenas intenciones-
-No cuento con ninguna intención. Verás, Ares, soy mayor que tú, lo cual no me hace más poderoso ni más inteligente, pero la experiencia te vuelve más sabio. Es algo que, simplemente, es así- se encogió de hombros -¿Qué planeabas al venir aquí esta noche tú solo? ¿Meditar? ¿Reflexionar? ¿O flagelarte?- Ares bajó la mirada -Es difícil fingir amor, como es difícil fingir que no lo sientes- Shan suspiró -Lo que quiero decir es... que pase lo que pase, con Ren, con el matrimonio, tú debes mantenerte al frente, porque esa es la madera del líder. No serás un mejor Umbra o peor que los que te precedieron porque tu mujer te ame, o porque tú la ames a ella-
-No se trata de amar- dijo tenso
-Antes te he mencionado el fingir amar- le disparó una mirada significativa -Pero aún pueden venir hijos de un amor fingido. Ese o esos hijos sí pueden acarrear un amor verdadero-
-¿Eres mi hada madrina, Shan?- suspiró Ares, poniéndose en pie, harto de palabrería. No estaba de humor -No necesito cuentos sobre el amor verdadero, no hoy, ni ayer, ni los necesitaré mañana. Afortunado aquel que lo encuentre- bufó -Porque parece que el único camino para mí, será la espada-
-Eso piensas- interrumpió Shan cuando Ares estuvo a punto de marcharse -Si tan seguro estás que así sea, Ares Shin- le miró con una sonrisa perversa -Toma tu espada y llévala a tu lecho de muerte, dejando pues a mi Señora. No le hagas daño, ni la busques, ni la persigas si vas a renunciar. Porque yo sí estaré para cuidar de ella- ambos se miraron en silencio
-Me lo tomaré como una amenaza. Y una declaración de intencioenes ¿O debería decir de sentimientos?- entornó la mirada el Shin -Descuida, guardaespaldas, soy inofensivo para Ren-
-Qué lástima. Si realmente fueses inofensivo, Ares, no te lo tendrías que tomar de ninguna forma- con aquellas palabras, Ares desapareció.
Los días se sucedieron así, tristemente. Pasaron cuatro desde aquella noche en la que fueron idénticas. Ares se mantuvo bastante alejado de Ren por ese entonces, dejándola frecuentar más la compañía de Ayesha y de Shan, aunque solía mostrar simpatía cuando coincidía con ella. A pesar de ello, cuando la luna llegaba al cielo, ambos volvían a la cama y de nuevo, a compartir esos momentos. El dolor de la chica fue cesando con cada vez que se acostaban, pero nada cesaba con el desgarrador ardor que les escocía en el alma. La mayor diferencia fue que el resto de las noches, Ares no desapareció, sino que permaneció junto a Ren y mayormente despierto hasta que la oía a ella dormitar. Tras aquella sucesión de días, mientras desayunaban, Hécate apareció para sentarse frente a su hijo y su esposa con una sonrisa de oreja a oreja. A Ren le escamó muchísimo aquella actitud -¿Cómo te encuentras Ren?- preguntó de pronto, sin siquiera saludar. La chica aseguró sentirse bien. Miró a Ares sin comprender qué le pasaba a Hécate. Ares se mantenía firme, mirando el arroz con gesto adusto -Estoy verdaderamente impaciente porque empieces a mostrar los síntomas, jovencita. No porque sufras, claro está. Pero me hace una ilusión tremenda ser abuela por fin- Ren no se sorprendía de ello. Ya llevaban casados el tiempo suficiente para que se de por hecho que queadaría en cinta en cualquier momento. Seguramente Hécate pensaba que llevaban acostándose desde la primera noche. Ares no pronunciaba palabra alguna al respecto -En cuanto tengamos confirmación, creo que será inteligente que me sea comunicado de inmediato para tomar las medidas pertinentes- ¿Qué medidas? -Oh, no, nada. Es sólo por seguridad para ti y para el bebé que está por venir. Sois jóvenes, los dos- sonreía -Entiendo que estaréis disfrutando muchísimo las noches, pero creo que en el momento que quedes embarazada, deberías...-
-Suficiente- terció Ares, dejando los palillos en la mesa -Se acabó, madre- le clavó la mirada
-Pero...- entornó la mirada -¿Ocurre algo?-
-Tratamos de desayunar- alegó -Y tú vienes sin siquiera saludar a hablar de embarazos y a hacer comentarios respecto a nuestras noches como si fuese lo único que te interesa ¿Es eso, madre? ¿Es lo único que realmente te interesa?-
-Hijo... yo sólo pretendo que...-
-He dicho que es suficiente- Ares estaba realmente malhumorado -No oiré una palabra más-
-Escúchame bien, Ares- Hécate estaba haciendo un esfuerzo por mantener la compostura y el buen humor -Como madre y como líder del clan, estoy en mi derecho a interesarme por...-
-Estoy casado, el único de tus hijos casado y soy lo suficientemente mayor para entender todo cuanto me rodea. He estado pensando madre y creo que este es el fin-
-¿El fin... de qué?- miró a Ren
-De tu generación. Creo que es hora de que se me eleve a líder de los Shin. A fin de cuentas para esto era el matrimonio ¿No? Tendré hijos, sí, pero es hora de que tome las riendas de una vez-
-Oh... claro- las palabras sonaban vacías, sin vida, como una máquina -Por supuesto que... es algo que tengo que preparar. No debes preocuparte por ello. Aún puedes disfrutar de tu matrimonio cuanto quieras antes de... Bueno, convertirte en el líder te robará mucho tiempo y...-
-Es el camino que he elegido- miró a Ren y por un instante la chica vio compasión en sus ojos ¿Estaba... queriendo mantenerse ocupado para estar lejos de ella? ¿Pretendía... dejarla en paz? -Es mi deber. Y será un honor cargar con ello. Seguramente Ren, mi buena esposa, lo entenderá- y lo entendía, vaya si lo entendía. Pero lo que más entendía y disfrutaba era cómo Hécate se quedó blanca como el marfil ante aquella demostración de ego y poder de Ares, que para nada esperaba de su hijo más templado. Con una sonrisa malicenta se puso en pie y se despidió de ambos. Ares acto seguido se puso en pie y se despidió de Ren para ir a sabían las deidades dónde. La chica no pudo sino continuar con su comida con más ganas que nunca. Una sonrisa se le dibujó en el rostro con sólo comprobar la inestabilidad que de pronto parecía haber creado Ares. Le sería más fácil llevar sus planes adelante, aunque la chica no tenía ni idea de la sombra que estaba a punto de extenderse sobre todos ellos.
Al día siguiente, hubo un llamamiento urgente. Ares y Ren fueron convocados por Hécate a la sala de reuniones, donde aguardaban Shan y Ayesha. La mujer los encomendó a sentarse y a escuchar atentamente -Ha costado tiempo y esfuerzo, pero Hakron, el líder del grupo Wulf que capturasteis en la frontera, por fin ha hablado- terció solemne, como si hablara con un simples soldados y no con su hijo y su esposa
-Sin duda los Shin sabéis cómo convencer, aunque os lleve tiempo- rió Shan
-Solicito al Van que mantenga silencio y no interrumpa si no quiere comprobar de primera mano cuanto podemos tardar en sonsacar información- Hécate estaba ardiendo por alguna razón
-Sí, Señora. Lo lamento-
-No soy tu señora, Van. Soy la Umbra de Shin- en ese instante, Ares y Ren arquearon las cejas ¿La Umbra? ¿Desde cuando Hécate se llamaba a sí misma la Umbra? Ostentaba el puesto y dirigía la aldea como si lo fuese, pero nunca aceptó el puesto por respeto a su adorado Caronte, al que consideraba el único Umbra al que ella serviría -Si no hay más interrupciones, quiero encomendaros un trabajo. Hakron confesó, sí, pero se escapó. Sopesamos que ha huido hacia Rodgar, de forma que le podréis dar caza de camino. Os dirigiréis hacia allí-
-¿Qué sucede?- Ares frunció el ceño
-El motivo por el que secuestran mujeres y niñas es porque el clan Wulf se está quedando sin hembras, como las denominó Hakron, que puedan dar a luz niños fuertes. Los clanes se debilitan- apretó los puños. Ren suspiraba en su mente. Su clan no era el único que desaparecería. Los salvajes Wulf acompañarían a los Shin a los infiernos mientras ella reía realzando a los Yanagi. La venganza era dulce, dulcísima, cuando empezaba a vislumbrarse -Envié a una partida Vakiri hacia allí, pues vuestras hazañas son legendarias- dijo a Ayesha -Sin embargo tus mujeres no han regresado. Temo por sus vidas- Ren y Ayesha se miraron. La Yanagi se puso en pie, cuestionándose cómo consideró enviar a mujeres a luchar contra un clan diseminado y descontrolado con ansias de apareamiento donde sobre todo reinaban hombres -¿Consdieras que las mujeres somos más débiles que los hombres?- Ren negó, no pretendía decir eso -Ah, lo suponía- sonrió fría Hécate -Porque no lo somos, en absoluto. Y lo demostraré si es necesario- aquellas palabras, junto con la mirada, iba dirigida hacia Ares -Supuse que las Vakiris hacían eco de su leyenda y acabarían con el trabajo, pero puede que no sea así. Posiblemente, si no están muertas, tienen un embrión de lobo dentro de sus vientres-
-Mi Señora- dijo Ayesha, temblorosa, cansada de oir semejantes comentarios -Quisiera intervenir y alegar que...-
-No soy tu Señora- dijo muy despacio y afilada, como el filo de una katana o el siseo de una serpiente
-Umbra- se corrigió Ayesha -Aunque los guerreros Vakiri de Ravat seamos conocidos por nuestra fiereza y eficacia en combate, eso no hace que un grupo reducido de los nuestros puedan con un clan completo- Ayesha parecía desesperada. No quería ver morir a ninguna de sus mujeres. Hécate sin embargo casi sonrió como si fuese tonta
-Qué estúpida he sido... ¿No?- Ren supo entonces que no había sido un error, ni un fallo de cálculo. Por alguna razón las envió a sabiendas ¿Qué pretendía? -No importa... no importa- se llevó una mano a las sienes -Por ello os otorgo este deber. Ares, Ren, id con la capitana Vakiri y el Van. Os valdréis seguramente como en la ocasión anterior. Encontrad a las mujeres. Y si podéis dar fin a más miembros de los Wulf... hacedlo- ordenó con severidad. Todos se pusieron en pie para ponerse en marcha -Ah, una cosa más- Ares se giró para mirarla -Si las Vakiri están embarazadas, no las aceptaré de regreso. Matadlas allí mismo. No criaré a niños lobo-
Mientras Ares y los demás se preparaban para partir, Hades se hallaba en una pequeña pagoda que había en la orilla del mar, alejada y casi oculta tras un montículo de rocas. El lugar estaba algo destrozado y faltaban tejas que protegiese la maltrecha madera de la lluvia, pero le servía. Allí se encontraba rodeado por un gran número de soldados Sombra, todos ataviados con sus ropas de batalla -Van a partir, señor- dijo uno de ellos, arrodillado ante Hades
-De acuerdo- dijo desinspirado, observando el mar muerto tras la máscara -Entonces partid. Quiero a Hakron muerto antes de que llegue a su clan. Quiero que su cabeza ruede entre sus congéneres y rápido. Que le den una cálida bienvenida a mi hermano... que vean lo crueles que son los Shin que van hacia allí de visita- rió apagadamente con sólo imaginarlo. Los Sombras asintieron y se desvanecieron en el aire al marcharse a toda velocidad.
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