martes, 16 de mayo de 2017

Tras haber descansado, Ares regresó por fin con el grupo, aún pensativo. Ayesha aún permanecía cabizbaja, preocupada, a pesar de que Ren la apoyaba con una mano en el hombro. Shan, de brazos cruzados para variar, observaba al Shin arrodillarse junto a ellos -Una larga meada eh- sonrió, cosa que Ares no respondió al comentario
-Durante todo este tiempo, la aldea ha estado completamente en silencio. Nadie ha movido un músculo. Ni siquiera una pequeña luz- sopesó
-Es de noche, Ares- suspiró Shan -¿Qué esperas? ¿Que estén de fiesta?-
-Tienen a mis mujeres- dijo Ayesha furiosa -Sus actividades están dentro, en las casas, con ellas- aporreó el suelo. Ren trató de calmarla
-El silencio es sepulcral- analizó Ares -No se oyen siquiera gritos. Dudo que las Vakiri se dejen tomar con tantísima sumisión-
-Depende de lo que esos salvajes les estén haciendo ¿No los conoces?- gruñó Ayesha
-Yo sí- terció Shan -Y apoyo los pensamientos de Ayesha- ambos se miraron con complicidad
-Deberíamos aproximarnos con calma- negoció Ares
-¿¡Más!?- Ayesha casi hiperventilaba
-Me resulta muy extraño que...- se llevó una mano a la frente, callando de pronto
-¿Qué ocurre?- Shan lo miró extrañado. Ares guardaba un profundo silencio. Ren dibujó una sonrisilla completamente imperceptible en su rostro. Sí, por fin, estaba funcionando -¿Ares?-
-Yo...- negó con la cabeza -No es nada. Quizá... la preocupación me haya provocado un poco de mareo- sonrió, o trató de hacerlo -No pasa nada, estoy bien- Ren se preocupó por si realmente se encontraba en buenas condiciones -Sí... yo...- la chica se acercó a él y le examinó el rostro. Tras un exaustivo escrutinio, le cedió otro diminuto besito y le recomendó que si se encontraba mal, que lo comunicase. Ante tamaño espectáculo, Shan bufó y apartó la mirada -Estoy bien- le sonrió con calidez a la chica, que poco a poco paracía abrirse más con él. Ares empezaba a alegrarse, de corazón, de estar derribando barreras con Ren a pesar de que su relación con Hécate estaba siendo un completísimo infierno
-No quisiera molestar a mi Señora y a su esposo, pero mis mujeres están en peligro- recordó -¿Vamos a actuar? ¿Ren?- Ayesha estaba ya completamente impaciente. Llevaba los katar desenvainados. La Yanagi asintió, disculpándose falsamente con Ares respecto a su decisión de esperar a observar por qué era tan silenciosa la aldea en las montañas Rodgar. Shan estuvo de acuerdo y de ese modo, eran tres contra uno. Ares suspiró y se pusieron en marcha.

Descendieron hacia la aldea con suma precaución, haciendo gala de todo el sigilo que sus entrenamientos les habían dotado. Ares, de lejos, era el más diestro. Se movía como una sombra y ni siquiera Ren podía oir sus pisadas. Verle tan ágil y felino le hizo recordar a Ren lo sorprendentemente inesperado que fue el ataque de los Shin en el pasado a la aldea Yanagi, si todos eran igual de silenciosos, fue más que obvio que ni siquiera su padre, Ryo, los escuchase o sintiese llegar. Eran unos asesinos y lo llevaban en la sangre. Se sintió ligeramente impaciente por ver a Ares enfermar de una buena vez. Y no le llevaría mucho, pues cuando llegaron definitivamente a las silenciosas calles de la aldea, Ares trastabilló intentando apoyarse contra una cabaña. Faltó poco, muy poco, para haber armado un alboroto que los hubiese alertado a todos -Cuidado- dijo Shan entre dientes, susurrando -Sabemos que eres fuerte pero no lo suficiente para enfrentarte a todo un clan tú solo- regañó -Y yo no me quiero meter en semejante marrón por tu culpa. Atesoro mi vida ¿Sabes?- suspiró
-Lo siento- bufó Ares, agitando la cabeza. Tenía unos ligeros mareos, la visión se le enturbiaba a ratos -Ha sido un pequeño accidente- Ren insistió en si de verdad estaba en condiciones para estar en el campo de batalla -Tranquila. Estaré bien- le acarició suavemente la barbilla. La chica sintió un ligero escalofrío.

Siguieron caminando a hurtadillas, aproximándose cada vez más y más hacia el centro de la aldea, hacia aquella casa en la que ondeaba la bandera con el símbolo del clan Wulf, que parecía ser el craneo de un lobo sin mandíbula inferior atravesado por un kunai. Fue en el preciso instante en el que apenas llegaron a la zona de la casa del clan, cuando oían hasta su propia respiración. Ni tan siquiera el viento era audible y todos se percataron de que Ares no podía haber tenido más razón, aquello era siniestro y extraño. Parecía no haber absolutamente nadie en la aldea, con la pequeña excepción de que empezaban a sentirse rodeados. Shan fue el primero en bufar -Mierda...- negó con la cabeza -Al final tenías razón...-
-Sí...- sonrió apagado Ares -Emboscada...- en cuanto dijo las palabras, de la nada surgió una terrible tempestad. Una ventisca tan poderosa y helada que los obligó a cubrirse el rostro para no sufrir heridas por los pequeños carámbanos de hielo que la tormenta de nieve arrastraba. Toda la aldea se convirtió en un campo de bruma blanca y espesa que les redujo la vista hasta límites peligrosos. Se podían oir si gritaban, pero no se veían entre ellos -¡Ren!- gritaba Ares -¡Ren! ¿¡Me oyes!?- la chica contestó que así era. Ella llamaba a Shan y a Ayesha
-¡Estoy aquí!- terció Shan, katana en mano -¡No os veo!- Ayesha, sin embargo, no contestó -¿¡Ayesha!? ¡Ayesha!- comenzaron a oirse gritos. Gritos femeninos y masculinos. Entonces, los siguió el choque de los aceros. Ayesha estaba combatiendo contra los Wulf, intercambiando golpes sin cesar. En seguida, Ren, Ares y Shan se vieron igualmente superados por fuerzas de los Wulf, que los rodearon en el acto y comenzaron a atacarles. Como siempre, a pesar de ser muchos, eran manejables. Los Wulf no eran un clan demasiado habilidoso en el combate cuerpo a cuerpo, pero el hecho de que siempre atacasen en manada, junto a sus técnicas de hielo y roca, con la compañía de sus animales, los hacía verdaderamente peligrosos y más aún en su propio terreno -¡Malditos perros salvajes!- gruñía Shan, bloqueando los golpes de kunai que le lanzaban los Wulf -Os voy a cortar en trocitos si no nos devolvéis a las Vakiri- gruñó, envolviendo la katana con reiki, volviéndola capaz de romper los kunai con sólo bloquearlos.
-¡Ren!- gritó Ares -¿¡Estás bien!?- la chica contestó que así era, aunque debía admitir para sí misma que no poder utilizar todo su poder la estaba haciendo sudar a pesar del frío. Invocaba al viento constantemente para repeler y atacar a los Wulf mientras utilizaba también su katar para luchar contra ellos. Sin embargo la estaban reduciendo, igual que lentamente reducían a Ayesha, a Shan y a Ares. Los rodeaban en círculos y atacaban en grupo para marearlos. Ese era su plan y Ren se percató de ello la primera. No estaban intentando matarles. Los retenían para que la tormenta de nieve y hielo los mermase. Conforme pasaban los eternos minutos se sentían más débiles, más cansados, más fríos. Hasta les costaba respirar. Los atacantes de Shin se vieron obligados a retroceder hasta que finalmente chocaron espalda con espalda, los cuatro
-Ha sido bonito- comentó Shan con despreocupación -Ojalá hubiese sido distinto en esta vida-
-¿De qué estás hablando...?- Ares no perdía de vista a los Wulf
-Nada, yo me entiendo- sonrió -¡Vamos, gallinas, acabad lo que empezáis si sois capaces!- Shan parecía haber aceptado su destino, mientras que Ayesha intentaba proteger a Ren a toda costa. La chica también se esforzaba y tuvo dudas de utilizar sus técnicas naturales para sobrevivir a aquella situación, pero entonces tendría que lidiar con Ares y los Shin. Todo se sabría. Sería una pesadilla y todo se iría al traste. Debía de haber una solución ¿No? Debía de haber una forma de salir de ahí
-Debisteis pensarlo mejor- dijo una mujer apareciendo en la bruma de la tormenta, con las manos unidas en un sello. Era ella la que había invocado la tormenta -Debisteis haber tomado la precaución de elegir mejor a vuestros enemigos- tenía una mirada intensa de odio -Malditos seais vosotros los Shin. Maldita toda vuestra estirpe- la tormenta se volvió más violenta
-¿¡Osais secuestrar a mis Vakiri y aún os ofendéis por ser atacados!?- rugió Ayesha, intentando acercarse y atacar a esa mujer, pero se vio rápidamente intimidad por el gran número de Wulfs que los rodeaban -Mierda...-
-Tenéis una gran desfachatez. Tenéis un gran valor. Asesinais a sangre fría a Hakron, nos lo restregáis en las narices y aún os largáis, haciendo gala de vuestro poder ¿Por qué venir a hurtadillas, entre las sombras? Luchad, cobardes. Ahora demostrad vuestro poder contra nosotros-
-¿De qué estás hablando? ¿Hakron, asesinado?- terció Ares
-¡No te hagas el estúpido!- rugió la mujer, de cabellos platino
-¡Nosotros no hemos asesinado a Hakron, huyó de la aldea!- aclaró Ares
-¡FALSO!- gritó y casi se le quebró la voz -Los vuestros, esas malditas Sombras enmascaradas dejaron el cuerpo de mi esposo decapitado justo aquí donde nos encontramos ¡Lo exibieron como a un trofeo, como un aviso! Pues bien, este era el aviso. Volveriais a por vuestras mujeres ¿No es así? Pues este es nuestro aviso para los Shin. Enviaremos cada pedazo de vuestro cuerpo por separado a vuestro maldito Umbra. Si tiene el valor que cree tener... ¡Que venga a tomar represalias!-
-De acuerdo- asintió Ares, cansado de palabrería. El frío era insoportable. Oía a sus compañeros tiritar como él mismo lo hacía -Pero no moriremos aquí, no nosotros- dijo decidido -No le harás daño a aquellos que me acompañan ni a las Vakiri-
-Eso ya lo veremos, Shin...- la mujer formuló otros sellos y unos grandes pilares de piedra surgieron de la tierra al rededor del grupo -¡Sepultaos!- con un último sello, los pilares se cerraron súbitamente en torno al equipo de Ares, aplastándolos como a gusanos. Pronto, la sangre no tardaría en manar entre los resquicios. La mujer suspiró y se relajó. Se hizo un silencio al rededor de los enormes pilares -Se acabó... Hakron- le tembló la barbilla -Esta es la guerra, amor mío... que he de llevar en tu nombre- se llevó una mano al corazón y miró hacia el cielo, hasta que un temblor comenzó a sacudir por completo la aldea.

[Naruto Shippuden OST - Syukusei no Megami (Kaguya Fighting Theme)]

Las montañas parecían sacudirse con toda la ira que la tierra albergaba en su interior. El terreno se desquebrajaba. Las cabañas de la aldea crujían con furia ante la presión que se ejercía bajo sus bases -¿¡Qué ocurre!?- gritó la mujer, que parecía ser la líder tras la muerte de su esposo, Hakron -¿¡Qué está sucediendo!?- entonces, sus palabras callaron ante los grandes crujidos que provenían de los pilares. Se quebraron en mil pedazos en cuestión de segundos y fue cuando la mujer sintió el reiki, un reiki terriblemente poderoso y siniestro, oscuro, del color de la propia noche, surgía de entre las hendiduras -No puede ser... ¡No es posible!- sí, lo fue. Los pilares estallaron en pedazos creando una lluvia de piedras mientras la figura del Espectro se alzaba a medias, con sólo la forma de la cabeza, medio torso y ambas manos. No estaba completamente formado, sino que resultaba ser una especie de calavera oscura envuelta en un aura de reiki que hervía de furia. Dentro de la misma, protegidos, estaban Ares y los demás, cuyos ropajes y cabellos se agitaban por la fuerza del reiki que el Shin desprendía
-Ares... ¿Qué estás haciendo?- musitó Shan, sorprendido -Esta técnica... tu reiki...- lo miró preocupado. Era la esencia de la muerte, un reiki oscuro. Sabía que era peligroso.
-No es lo suficientemente poderosa como para acabar con vida- contestó, sin apartar la vista de la mujer -Aunque si así fuera... lo haría. Ren no morirá mientras yo viva- entonces miró por encima del hombro a Shan -Este es el resultado y la fuerza de quien no es capaz de proteger a los suyos ¿No?- Shan frunció el ceño por un instante, para luego sonreir
-Veo que lo entendiste, después de todo...- suspiró. Ares asintió
-No es momento de hablar, sino de acabar con esto- con sólo su voluntad, el Espectro cadavérico agitó una poderosa mano y desintegró la tormenta de nieve de un plumazo, limpiando el clima. La mujer se había quedado como una estatua ante el poder del clan Shin, con los ojos cristalinos, sabiendo que pronto se reuniría con su amado. Lentamente abrió los brazos esperando el último impacto que acabaría con ella y posiblemente con toda la aldea -¡Las Vakiri!- exigió Ares
-¡Antes muertos que entregároslas!-
-Sea pues- el Espectro cadavérico moldeó el reiki que lo rodeaba hasta formar una espada fantasmal con la que estuvo a punto de destruir la aldea, pero una suplicante voz rota se interpuso. Un anciano se cruzó en el camino entre la mujer Wulf y la espada fantasmal del Espectro, haciendo que Ares se detuviese para no matarlo en el proceso


-Lartia... por favor...- le suplicó a la mujer -Detén esto...-
-¡Pero ellos me quitaron a Hakron!- sollozó la mujer
-¡Mi hijo se sentenció a muerte él solo!- el anciano miró a Ares -Por favor... es suficiente. Os... os entregaremos a las mujeres...- con sólo decir esas palabras, la tensión desapareció del ambiente. Todos los guerreros Wulf abandonaron sus posturas de batalla y comenzaron a dispersarse mientras Ares desconvocaba al Espectro, que se deshacía como humo en el viento. En ese preciso instante, Ares cayó de rodillas. Comenzó a toser violentamente. Escupió sangre... y se desmayó.

Cuando el Shin despertó, poco después, estaba bajo techo. Oía voces. Estaba rodeado de gente. El anciano hablaba a Ren y a los demás. Las Vakiri estaban con Ayesha, en bastante mal estado -¿Y de verdad esperas que haya paz después de esto?- terció violenta la capitana -¡Merecéis lo que os pase!-
-Pido profundas disculpas por... esta generación de jóvenes Wulf impulsivos...- el anciano parecía al borde del llanto -Por más que lo he intentado... soy el único de mi generación. Mi hijo no me escuchaba. Lartia, su esposa, no me escuchaba. Los más jóvenes... ninguno escucha. Siempre pretendí que entendiesen que este no era el camino-
-Armund...- una de las Vakiri se decidió a hablar -Armund nos traía comida y bebida constantemente... él... nos curaba las heridas- se atrevió a decir a su favor
-¿Tratas de protegerlo, Shila?- Ayesha no daba crédito
-No le protegería si no lo mereciera. Este hombre anciano cuidaba de nosotras-
-¿¡Y dónde estaba para impedir que os violasen!?- las Vakiri bajaron la cabeza
-¿Qué... sucede?- Ares quiso levantarse del montón de mantas de piel en el que estaba, pero Shan lo retuvo
-Eh, eh... quieto, que te rompes en dos- dijo jocoso
-¿Dónde estamos...?- decía débil, con la voz quebrada
-En casa del viejo Armund, hace años era el Fenris de los Wulf. Se ve que es el único que queda en este clan con humanidad- terció
-¿Y Ren...?- ante la pregunta, Shan volvió a suspirar
-Estás pesadito con tu esposa ¿Eh? Ya le has salvado la vida ¿Ahora quieres que venga a darte abracitos y mimitos?- rió -Está ahí, junto a Ayesha- señaló. En efecto, allí estaba. Hermosa como era. Ares se derrumbó de nuevo sobre las mantas una vez la vio sana y salva. Se permitió cerrar los ojos
-Descansa, portador de muerte- musitó, observándole con frialdad aprovechando que no le miraba. Tenía una enorme suerte de no haber muerto, aunque de seguir utilizando esa técnica, sería cuestión de tiempo. De no ser porque era útil como arma contra los Wulf, estaría en el momento ideal para que Ren le diese muerte
-...Y eso es lo que ocurre- terminó de relatar el anciano mientras, que había comentado a Ren y a Ayesha cómo ocurrió la captura de las mujeres y cómo llegaron unos Sombras con la cabeza de Hakron en una mano y el cuerpo en otra. Del cómo él, Armund, intentó que las dejaran en paz como a cualquier otra mujer... y de por qué se había llegado a esa solución
-Sigue sin ser excusa- inquirió Ayesha de mala gana -El hambre, la enfermedad y la muerte... no es excusa. Nada sirve de excusa para quitarle la vida a un inocente, aunque no le mates en el proceso-
-Lo sé...- el anciano bajó la cabeza -Lo siento de corazón... Si sólo... hubiese una forma de evitar todo esto... pero sé que volverá a suceder, tarde o temprano. Yo... tampoco quiero que mi clan se extinga. Y desde que la Deidad nos abandonó... nada nos sirve para comer, nada nos sirve para subsistir- entonces Ren se decidió a hablar, tras unos instantes de reflexión sobre lo ocurrido. Con la función que desempeñaba, ofreció un posible trato con los Wulf. Si bajaban de las montañas, que se dirigiesen a Shin, donde podrían comerciar y mezclarse con los lugareños. Quizá allí podrían encontrar mujeres sin necesidad de saquearlas. Ella sabía bien que a veces se formaban alianzas con simples bodas
-¿Bodas...? ¿Unir al clan Wulf con los Shin?- el anciano se mantuvo escéptico. Ren explicó que no se casarían con Shin, sino con gente de la aldea. Podría ser una relación simbiótica. En Shin había gente y recursos, comida que podían comprar, a cambio del servicio de los Wulf, su lealtad -Eso... puede servir- empezó a sonreir el anciano -¿El Umbra lo aceptará?- Ren sonrió maliciosa, alegando que ella misma, como esposa de Ares Shin, hijo de Caronte, consideraba que era la única solución y aseguraba que Ares estará de acuerdo con ello -¿Ares... Shin?- miró al muchacho -¿Ese hombre es Ares...? Por la Deidad... estamos muertos. Hemos amenazado de muerte al hijo de Caronte-
-Tranquilo anciano- rió Shan -Ahora mismo está tan tranquilo como un bebé. No matará a nadie-
-Eso... eso espero- sonrió tembloroso.

Fue así como pasaron esa noche en la aldea, hablando y tratando sobre el comportamiento de los Wulf, sobre la Deidad de los mismos y el posible trato con los Shin al que deberían de llevar en la propia aldea. Cuando amaneció, Ares se encontraba mejor, aunque no estaba completamente repuesto. Emprendieron el camino debido a ello mucho más lento, además de porque las Vakiri tampoco estaban en condiciones. En total fueron tres días fuera de la aldea, tres días en el que hubo tiempo de sobra para hablar, al menos entre Ren y Ares. Conversación en la que Ares se disculpó por haber utilizado una técnica tan peligrosa, que no pretendía dejarla sola con Hécate sin importarle lo que le pasase a él, pero quería cuidar de ella y lo haría, esa era su decisión, la que había tomado ese mismo día pensando a solas. Mas una vez en la aldea, cualquier motivo de alegría por una posible paz tras una misión de éxito se esfumaron. En cuanto llegaron a la torre del clan Shin, las noticias volaron veloces a los oidos de los recién llegados. Helios estaba enfermo. Gravemente enfermo. Ares no tardó en abrir la puerta de la habitación de su hermano para encontrar allí a Hécate y a un Hades sombrío que observaba distante, en la otra punta de la habitación -¿¡Qué le ha ocurrido!?-
-Eso es lo que yo quisiera saber...- dijo con sumo temple Hécate, demasiado para la situación que estaba viviendo. Ren se sintió repleta. Sabía que estaba ocultando un gran dolor. Helios se debatía incómodo en el futón, sudando a mares, enrojecido, febril
-Hermano...- Ares se acercó al pequeño, pero Hécate lo apartó
-No le toques- ordenó
-¿Qué...?- Ares no comprendía -¿Por qué, madre?
-No... le toques- repitió -Es mejor dejarle estar. Es mejor... que nadie le toque- dijo apagada
-Obedece- ordenó Hades -Pues es Helios su ojito derecho-
-Si poco o nada puedes aportar por tu hermano menor, será mejor que te vayas y no pises más esta habitación- dijo Hécate a Hades tratando de controlar su voz. Hades no dijo nada más, simplemente se marchó a paso lento, apoyado en su vara. Se detuvo un instante en cuanto pasó junto a Ren, como si sintiese u olfatease algo. La chica se crispó un segundo hasta que el hombre se marchó. Su reiki cada vez era más insoportable. Terriblemente tenebroso
-¿Cómo ha llegado a esto...?- Ares estaba devastado
-La afección que contrajo parece no remitir... los médicos no consiguen dar con lo que le está haciendo esto. Juro que mandaré a buscar a esa chica y la abrirán en canal para analizar...- se detuvo un instante -¿Y si se envenenó... para que él se envenenase?- preguntó al aire
-Madre... esos pensamientos son perniciosos-
-¿Perniciosos? ¿Crees que hay pensamientos que una madre no deba valorar por su hijo?- de Ares, pasó la mirada a Ren -¿Y tú, Ren? ¿Qué opinas tú?- la chica se quedó en silencio. Sabía que lo que dijera podría inclinar la balanza, en la mente de Hécate, para transformarla en sospechosa -Dime, niña-
-No contestes, Ren- pidió Ares con un suspiro -Ya basta. Es suficiente. Ren no tiene por qué dar una opinión que no se ha podido formar, como no la he formado yo- sentenció el hombre, enfrentando a su madre. Hécate asintió muy despacio, sin apartar la vista de la chica
-Marchaos, pues. Helios necesita descansar. Agradezco vuestra preocupación- mintió descaradamente

De vuelta en la habitación, aquella noche, Ares apenas había terminado de cambiarse de ropas para sentarse en el futón pensativo, sin nada que decir. Ni siquiera prestó atención a Ren mientras se cambiaba, ni cuando ésta se sentó a su lado. La chica estaba emocionada, pero sabía cómo ocultarlo. Sin embargo en su mente sólo podía ver el rostro de Hécate, ceniciento, a la par que contemplaba el gesto agonizante de Helios. Era su triunfo. Además Ares estaba poco a poco cayendo en sus redes y en la aldea Wulf pudo haber acabado con su vida él mismo gracias a que ella le estaba debilitando. Sólo debía continuar así, sólo un poco más... y lo lograría. Entonces se permitiría sonreir, se permitiría reir, en el último instante que mirase a Hécate a los ojos ante toda su familia muerta, mientras la maldita mujer agonizaba. Sin embargo, en ese momento, aún era Ren Radih, la esposa de Ares, un hombre que triste, apagado, pensaba en el sufrimiento de su hermano, en su propia debilidad y en el la situación del clan, con una mujer como su madre al mando. La muchacha se interesó por sus pensamientos, por su estado de ánimo -Me pregunto Ren si todo esto, el castillo, la región, el clan... no es un gran barco que va a la deriva en los mares muertos de Shin. Me estoy preguntando si quizá es un castigo de la Deidad, o de las Deidades en general... que el clan Shin perezca después de todas las cosas horribles que han hecho mis precedesores. El último de ellos, mi padre... exterminó al clan Yanagi como sabes. Exterminó y carbonizó todo Shizune- frunció los labios -Los exterminó por algo remotamente similar a lo que los Wulf han estado haciendo- la miró -Y tú... has sabido redirigir el timón. Has sabido cambiar el rumbo. De haber sido Hades, o mi madre... Rodgar no existiría como no existió Shizune- suspiró pesadamente mientras Ren trataba de controlar el impulso ardiente que le crecía cuando un Shin hablaba de su tierra, a pesar de que Ares no hablaba burlón de aquel siniestro asunto. Nunca lo hacía -Quiero darte las gracias Ren... por tu mano firme cuando pudieron haberse aprovechado de mi situación de debilidad- ella negó con la cabeza. Ella también le debía gratitud, a fin de cuentas, y no en fingidas formas. Le salvó la vida de Lartia, la furiosa esposa de Hakron. Y con ello salvó a las Vakiris, al demostrar aquel monstruoso poder que medró el ánimo y las esperanzas del clan Wulf -Supongo que es lo único que un Shin sabe hacer ¿No? Sembrar miedo, pavor... y destruir. Me pregunto si mi hermano Helios está tan gravemente enfermo porque el destino quiere evitar que haya un nuevo Caronte, un nuevo Hades... o un nuevo Ares- la chica entonces le tomó el rostro y le sonrió con calidez. Le besó profundamente y Ares la miró incrédulo mientras lo hacía. Con un cálido susurro, le indicó a su esposo que debía descansar, relajarse, no pensar más. Como hechizado por su mirada, por su belleza, se dejó llevar mientras ella le besaba. Ares, encandilado por la entrega de Ren, comenzó a desnudarla con suma persimonia. Esta vez su cuerpo le resultó tan suave como la seda, cálido como un sueño. Ella le besaba con pasión y profundidad y él no podía hacer otra cosa que respoder. Cuando la hizo tumbar, se deshizo de sus ropas para desnudarse sobre ella. Recorrió su cuerpo con besos mientras ella le acariciaba los cabellos, sonriente, cálida, silenciosamente perversa. La chica le rodeó con las piernas, impaciente por seguir besándole. Sólo quería eso... seguir besándole sin cesar. Y Ares, ignorante, sucumbía a su encanto, mientras se dejaba la piel mimando los senos de su esposa, mientras entre sus piernas, se abría hueco en su interior penetrándola una noche más. Esta vez cálido, suave, pero constante. Ares comenzó a jadear, a la vez que lo hacía Ren. La chica no le soltaba, le rodeaba y lo apretaba contra ella, todo por tenerle cerca, por seguir besándole. Entre rabiosa y fulgurante por su sensación de victoria, hundía los dedos en la carne del hombre, que Ares entendía como pasión. Por ello aceleraba un poco más el ritmo de sus golpes de cadera, penetrándola con más firmeza, con más furza, dejando que los jadeos escapasen de entre sus labios, arrancándole de forma involuntaria algunos a la mujer. Fue la primera noche que Ares y Ren se miraron a los ojos mientras hacían el amor, unos ojos que expresaban emociones distintas. Ares expresaba cariño, agradecimiento y calidez, mientras que Ren expresaba alegría, picardía y emoción, mas todo ello venía de su sensación de victoria, de cómo sabía que estar bajo el cuerpo de Ares esa noche, mientras devoraba sus labios, mientras entraba dentro de ella, no era más que parte de su plan. Y cuanto más tiempo lo tenía poseyéndola, más le poseía ella a él, más acortaba su vida, más lo acercaba a su siniestro final. Ares la agarró de las caderas aún estando sobre ella y continuó embistiendo con fuerza, acercándose al clímax. Dejó de besarla en ese instante, pero Ren le tomó del rostro y lo obligó a besarla una vez más, jugando con su lengua de forma demencial, mientras sentía el intenso calor del orgasmo de Ares llenándola, recorriéndola por completo. Aquella noche fue distinta para ambos, en todos los sentidos. Fue también la noche en la que Ares no se fue y durmió junto a ella. Fue la noche en la que Ren, mientras se abrazaba al sueño, sonreía, imaginando los días que estaban por venir.

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