La celebración continuaba a pesar de que faltasen ciertos héroes importantes. Tanto Shan y Sabine, así como Ren y Ares, aunque este último fuese muy comprensible y obvio, faltaban en los festejos. Por lo demás, los Sombras y Vakiris supervivientes así como los Zavat, Ayesha y sus mujeres y Assar junto a su hijo disfrutaban de los vítores, las canciones y sobre todo de la bebida, a excepción de Rash, que no probaba buche alguno del vaso -¿Puedo saber qué te ocurre?- preguntó Assar, sonriente, completamente enfervorecido por la victoria contra la Deidad y su posterior sellado -Celébralo, hijo- Rash lo miró un tanto sombrío, intentando parecer normal
-Claro, padre. Lo celebro. Nunca me he alegrado más por una victoria de Ravat- sonrió apagado
-Algo me ocultas ¿No es así?- lo miró fijamente a los ojos. Temeroso por caer en una poderosa ilusión, Rash apartó la vista tan veloz como pudo
-¿Qué te ocultaría, padre?- bebió, entonces, el primer trago -El simple hecho de hacerlo ya sería problemático-
-Vaya una imagen tiene mi hijo de mí ¿Soy un monstruo, quizá?- rió. Rash lo miró de reojo. Recordó la marca de Ren en la cara. Sí, podía ser un monstruo, y si descubría que Ren había sanado a Ares y lo había salvado de la muerte... -¿A caso vuelves a estar celoso?- la pregunta fue con una voz más tenue, más disimulada. Assar comprobó cómo su hijo rectificaba la espalda, tenso -Ah... es eso- bufó -Idiota inmaduro- masculló de mala gana, bebiendo de su copa -Aprende cual es tu lugar, Rash. Aprende de una buena vez que Ren está siguiendo un papel y que tú, para todo el mundo, eres su hermano-
-Pero padre, yo sólo...-
-Tú sólo la miras mientras te deshaces como un trozo de hielo en las dunas de nuestra tierra- sentenció -Tú crees, cuentas con la bana esperanza quizá, de que algún día Ren aprenda a mirarte con los mismos ojos con los que tú la miras. Soy tu padre Rash y de entre tantas cosas que no soy, lo primordial es estúpido- volvió a beberse otra copa. Assar estaba algo ebrio -Llevo sabiéndolo mucho, mucho tiempo. Y ella, tan tonta como tú, no se percata enteramente de tus emociones. Cree que eres un hermanastro bueno y cariñoso, un joven impulsivo que se excede en el cariño físico y verbal. Pero en tu mente es una liga completamente diferente ¿No es así? Lo que dejas en una caricia, en tu mente, tus sueños y fantasias, se convierte en una mano que se cuela dentro de su ropa. Un abrazo se convierte en ser la sábana que cubra su cuerpo desnudo esa noche. Un simple beso en la frente, para tí, en tu mente, es llegar a descender hasta su boca y devorarla tanto como tu cuerpo te permita-
-¡Silencio!- se puso en pie Rash, de pronto, visiblemente alterado y con los ojos brillantes. Los vítores se cortaron, callados por la voz del joven. No hubo par de ojos que no se posaran lánguidamente sobre el dúo Radih. Assar miraba a su hijo con una calma desmedida y Rash sabía el peligro que eso significaba. Por suerte para el joven, Assar estalló en carcajadas
-¡Cuanto ímpetu!- ante la risa del Vikar, volvió el jolgorio
-Padre, yo...-
-Tú...- Assar cambió el tono de voz y la forma de mirarle de inmedaito. Fingió reir para calmar los ánimos de la sala, pero estaba furioso -Tú, Rash, eres el último que debe desafiarme. Eres mi hijo, te he criado, conozco tus debilidades, mocoso insensato e ingrato. Si osas alzarme la voz una sóla vez, te arrancaré la cabeza, literalmente, de tus hombros- terció, amenazante como una serpiente -Sabes bien que cuanto he dicho es la verdad. Conoces de sobra cuanto manejo los hilos y de lo que mis ojos son capaces de ver. No toleraré que quieras superar mi autoridad con una orden mandándome a callar sólo porque seas incapaz de aceptar tus sentimientos- sonrió muy, muy despacio -Y es esa incapacidad tuya, Rash, la que te impedirá llegar a ser nunca más de lo que cualquier otro Radih ha sido- en cuanto concluyó con el pequeño discurso en voz baja, Rash adoptó un tono rojizo en su rostro, entre furia y vergüenza. Apretando los puños y cabizbajo, se marchó de la sala ipso facto, hacia su habitación.
Un poco más tarde, esa misma noche, un desnudo Shan se apoyaba sobre un brazo que tenía cruzado tras la nuca, mientras fresca brisa de la noche de Ravat entraba por la ventana. Una muy juguetona Sabine aún le acariciaba el torso con una mano mientras que se agitaba muy sugerente, restregándole los genuinos pechos por el costado -Qué nochecita ¿eh?- preguntó con voz felina -¿La alargamos un poquito más?-
-¿Nunca te cansas?- preguntó Shan distraido, con la vista clavada en el techo. Ella se acurrucaba a su lado y no dejaba de apretarse contra él, incluso bajando su mano de nuevo hacia su virilidad tratando de excitarle una vez más. Shan, sin embargo, ni siquiera hacía el intento de abrazarla o acariciarla
-¿De qué? ¿De sexo?- soltó una risilla graciosa -¿Quién se cansa de hacerlo, Shan el Poderoso?-
-¿El... poderoso?- arqueó una ceja -Qué título tan horrible. No he sido yo el que ha vencido a la Deidad- bufó
-No lo digo por tus dotes de batalla- dijo sugerente, con un ronroneo, mordiéndose los labios -Tienes otras dotes más...-
-Oye... Sabine- suspiró -Ha sido encantador pero...-
-Ouh...- la chica estalló en risas, apretándose más contra él -Tranquilo encanto, tranquilo, no tengo intenciones de que te cases conmigo- reía y reía sin cesar
-No entiendo qué es tan divertido- Shan empezaba a sentirse realmente incómodo. Sabine, entonces, le rodeó con una de sus piernas y se subió sobre él. Shan intentó mirarla a los ojos pero le fue imposible. Su mirada recorrió aquel cuerpo que ardía tanto como la arena del desierto. Era una víbora capaz de seducir al flautista y hacerlo bailar si quería -¿Qué haces...?- la chica comenzó a mover las caderas muy, muy suavemente. Shan se distraía con la forma en la que se mordía los labios, en cómo sus pechos danzaban con suaves botes con cada movimiento de cadera
-Uhm...- gimió la chica sintiendo cómo Shan volvía a espabilar de la manera que ella quería -Los hombres sois tan... uhm... fáciles de predecir... Sois libros abiertos con letras tan grandes que hasta una anciana ciega podría leeros...- le tomó las manos y se las puso sobre sus caderas, por el mero placer de que Shan sintiese y no sólo viese cómo se movía -Pobrecito Van...- acto seguido se las subió hasta apretárselas contra sus senos -Aaah...- jadeó al viento, alzando un poco la cabeza -Pobre, pobrecito Van...-
-¿A qué juegas, Sabine...?-
-Hay todo un mundo ahí fuera...- la chica bajó la mano hasta aferrar el pene de Shan y con suavidad se lo fue introduciendo lentamente entre las piernas. El placer sacudió el cuerpo de ambos -... y todas las miradas van a parar a la misma mujer...- sonrió pícara, tendiéndose despacio sobre el ancho cuerpo de Shan, frotándose contra él mientras movía las caderas con suavidad, dejando que el hombre saliese y entrase en ella a voluntad, mientras la llenaba de placer -He visto... cómo la miras... He visto... cómo la miran...- jadeaba. Shan intentaba prestar atención a sus palabras -Piensa en ella, Shan...- le mordió los labios -Piensa en ella tanto como quieras... esto que hacemos no es por amor...- el hombre no daba crédito -Hazmelo tan fuerte como se lo harías a ella, igual que antes...-
-¿Qué...?-
-Antes lo hiciste así... ¿no?- le besó tan dulcemente que Shan permaneció congelado unos instantes. Acto seguido, la agarró de las caderas y se la quitó de encima. Sabine, de forma inexplicable, se echó a reir
-No sé qué estás tratando de hacer conmigo, mujer, pero no lo toleraré- Shan se puso en pie para alejarse de ella, saliendo de la cama
-¿Ah, no?- sonrió felina -Pues tu amiguito no dice lo mismo- lanzó un besito en dirección al pene -¿Prefieres con la boca? ¿O me dejas mostrarte cómo...?- sugirió jugar con sus pechos. Shan tomó las escasas ropas de la mujer y las lanzó a la cama
-Márchate, por favor- sentenció, serio. Sabine, tan alegre como parecía, tomó sus ropas y comenzó a vestirse
-Las noches son frías en el desierto ¿Sabes?- dijo cuando concluyó, siempre con un encanto sensual en la voz -Pero dicen que cuando duermes solo, y cuando tu corazón está lejos de ti, a veces las noches pueden ser incluso más frías que en Ravat, aunque duermas dentro de un volcán- Shan la miró por encima del hombro, sentado en la cama -Te gusta esa mujer ¿No? La hija de Assar- Shan calló, bajando la mirada -Y estás furioso porque está casada- Sabine se encogió de hombros graciosamente -Por eso me permitiste venir contigo. Por eso me besaste con lujuria, por eso has bebido de mí como yo de ti, y me has manoseado, hurgado y penetrado en mi ser de las formas que te ha dado la gana y con la furia del desfogue-
-Lo... lo lamento de corazón. Yo no pretendía...-
-Eres un niño, Shan- dijo ella risueña, alegre. Se acercó a él, rodeando la cama. Se agachó hasta estar a la altura de su cabeza -Eres un niño pequeño con el alma rota en pedacitos. Un niño indefenso al que nunca le enseñaron a encender un fuego cuando la noche es oscura- le dio un suave y cariñoso beso en la frente. Shan sintió que su barbilla se encogía mientras sus ojos se aguaban -Y ese niño está lleno de ternura- los labios brillantes de Sabine se curvaban en una sonrisa terriblemente dulce, llena de compasión -Ojalá ella te mirara con los ojos que deseas, alguien como tú lo merece... Buena suerte, Shan- Sabine comenzó a alejarse hacia la puerta. Shan la observaba. Ella no sabía caminar sin contonear las caderas. Era su forma de ser
-¿Por qué me dices todo esto? ¿Esperas algo de mí? ¿Que te de las gracias, tal vez?-
-Sé que estás agradecido- aseguró, mirándole con cierto aire de tristeza -Por ello no espero de un hombre enfadado consigo mismo que pida perdón, sois demasiado orgullosos todos- rió -Pero sí espero grandes cosas de ti. Oiré historias sobre el legendario Van capaz de utilizar los elementos del reiki como hacían los Antiguos. Y sonreiré recordando esta noche a tu lado, y seguiré sonriendo aún cuando imagine que quizá encuentres el corazón de la chica-
-No sé por qué estás siendo tan... amable conmigo- negó con la cabeza -Acabamos de.. tú y yo... y aún así mi mente estaba en otro lugar ¿No te resulta monstruoso?-
-Monstruoso es que digas amar a alguien y que le castigues con la indiferencia, con los abusos físicos, que le hagas daño con tus manos, con armas de filo. Que incluso en el lecho, donde vuestros cuerpos se unen, todo sea un infierno de dolor y sufrimiento- dijo con la mirada perdida, sumida en recuerdos oscuros que no detallaría. Shan se explicaba por qué tenía tantas cicatrices en la espalda, piernas, vientre y pechos. Pequeñas, plateadas, pero visibles a la luz -Cuando el corazón sufre, Shan, sólo puede elegir el camino del perdón, de la autocompasión, del entendimiento del Yo... y seguir hacia delante, seguir buscando y seguir luchando. O puedes cerrar la puerta de tu alma y de tu corazón, renegar de toda emoción, impedir que nadie jamás te haga daño. Tú no eres un monstruo por querer a otra persona mientras yaces conmigo- sonrió de nuevo dulcemente -¿Lo soy yo por tentarte cuando tu corazón pertenece a otra persona? Quizá- se encogió de hombros -Tú no me amas Shan y yo no te amo a ti... somos dos adultos, independientes, capaces de elegir y llevar nuestras decisiones de la mano sin renegar de ellas. Yo he buscado placer de ti, y tú de mí has buscado refugio de tus dudas. Y eso te hace tan colosalmente atractivo para mí... Quizá debería ser madre- rió graciosamente
-...Gracias Sabine- sonrió apagado el hombre
-No me las des, guapo. Pero no pierdas el tiempo. De nada te sirve la furia. Perdónate a ti mismo y perdonala a ella, si es que realmente tienes algo que perdonarle- Shan abrió los ojos un instante, al percatarse en ese instante, de que realmente no podía culpar de nada a Ren, así como no se podía culpar de haber compartido cama con Sabine. Ren ha estado tan sola como él lo ha estado hacía unas horas, con la diferencia de que Ren lo ha soportado durante semanas, largas y tormentosas semanas. Y Ares... era el único que había estado ahí, junto a ella, incluso arriesgando su vida para que fuese feliz y viviese de forma conveniente -Tu silencio me da que pensar- le guiñó un ojo -Busca tu camino Shan, tómate el tiempo que necesites. Pero en el proceso, no te pierdas a ti mismo. Buenas noches, grandullón- Sabine cerró la puerta. A Shan le quedaron horas, muchísimas, para pensar.
-...Sálvala- susurró la voz -Estás a tiempo. Sálvala de las sombras, pues se acerca el demonio. Ares... Ares... Ares...- la voz, el susurro de aquel hombre, se hacía cada vez más audible -¡Ares!- gritaba desesperado -¡Salva a la chica!- en mitad de la oscuridad que el muchacho veía, solo rodeado de tinieblas, apareció una llamarada que se extendió hasta convertirse en un infierno -¡Ares, llévala lejos! ¡Ares! ¡ARES!- de entre las llamas surgía una forma negra, una sombra indistinguible debido al contraluz. Una forma humanoide caminaba hacia Ares de forma diligente y amenazante con una katana en la mano -¡ARES!- volvió a oir una voz, pero aquel último grito, fue la voz de Caronte. Ares despertó de golpe, abriendo los ojos tanto como podía. Respiró de forma tan profunda que despertó a Ren, que dormitaba sobre el pecho del hombre. Ares sentía un reiki terriblemente poderoso a su alrededor. Le asustaba. Le daba miedo ese reiki tan desconocido. Mas en cuanto Ren se levantó para permitirle incorporarse y sentarse en la cama, la sensación se esfumó. El muchacho respiraba con dificultad. La chica se preocupó enormemente por él
-Estoy... estoy bien. Yo... ugh...- entonces cayó ligeramente hacia el lado y Ren lo ayudó a tumbarse -¿Cómo... es posible? Yo... debería...- fue entonces cuando la chica le arrejó un ligero bofetón ¿Cómo se atrevía a jugarse la vida de esa manera? -¿Y qué esperabas que hiciera...?- Ares reunió fuerza para estallar en risas -A veces me haces pensar que no te tomas a ti misma como mi esposa...- Ren calló durante unos segundos luego insistió por su salud -Estoy... bien...- nerviosa, le preguntó si... recordaba algo -Recuerdo a la Deidad. Recuerdo el sellado. Recuerdo descender y... he soñado... que estabas a mi lado, curándome, con un reiki cálido y...- entonces Ares comprendió que ese extraño y poderoso reiki que sintió al despertar era el mismo que sintió entonces, viniendo de Ren. Por un instante el hombre la estudió con serenidad, preocupándola -No... no es nada- suspiró -Como digo... ha debido de ser un sueño, sí...- aliviada por saber que se estaba recuperando, la chica se permitió entonces salir de la habitación para buscar algo de comida. A lo largo de la mañana, Shan le visitó, algo apagado, pero asegurando que todo estaba bien, sólo que algo cansado. Sabine también hizo acto de presencia, y esta vez, muchísimo menos coqueta que la vez anterior. El último en otorgar visita fue Assar. Fue el único que le pidió a Ren que los dejase a solas. La chica, con pocas ganas de que su padre averiguase lo que había pasado, los dejó por un instante. Rash también estaba presente y una mirada cómplice con Ren advirtió a la chica de que no le había contado lo sucedido. Sólo esperaba que Ares se guardase los detalles de su sueño
-¿Cómo te encuentras, querido amigo?- preguntó Assar sonriente
-He... estado mejor, la verdad- dijo cálido Ares -Yo... gracias al desayuno estoy mejor. No hay mejor medicina que una buena comilona-
-Y que lo digas- le dio una palmada en el brazo -Eres un hombre extraordinario, Ares Shin. Serás un Umbra excelente-
-No merezco semejantes halagos- dijo agradecido
-Oh, sí que los mereces ¿Sabes? No he sido demasiado amigo de los Shin en el pasado, pero siempre he oido historias. Y sé que el gran Caronte Shin, tu padre, cayó preso de las garras de la muerte tras invocar al Espectro en su forma completa. Tú lo hiciste en la batalla contra la Deidad. Venciste a Djini. La sellaste. Y estás aquí para vivir y contarlo- decía asombrado -¡Estás vivo, muchacho! ¿Cómo has podido lograr sobrevivir a una técnica mortal?-
-Yo...-
-Es de sobra conocido ya por nosotros que es un gran guerrero, padre- interrumpió Rash -No creo que haga falta que nos cuente los trucos que tiene bajo la manga-
-A mí siempre me interesan los trucos-
-Pero si se cuentan, pierden el encanto y dejan de ser trucos- Assar dirigió una mirada asesina hacia su hijo -Además- terció -Deberíamos dejarlo descansar. Quizá otro día haya tiempo para historias-
-Oh... gracias Rash, pero creo que me encuentro lo bastante bien como para...-
-No, mi hijo tiene razón. Te veo cansado Ares- ambos hicieron contacto visual y Ares perdió la conciencia de sus actos. La mirada de Assar metió al Shin en una compleja ilusión, que lo llevó a ponerse en pie a pesar de su debilidad. Assar le entregó el pergamino de sellado y Ares lo tomó de buena gana -La espada- ordenó a Rash, que la sacó de debajo de sus ropas, escondida. Era un antiguo katar, un símbolo del clan Radih. Tenía una empuñadura blanca como el nacar y adornos circulares a lo largo de la hoja, como pequeños soles. La ilusión en la que Ares se veía sumido le hacía ver que estaba de vuelta en Shin y que portaba orgulloso el pergamino hacia un altar donde sellaría a Djini a salvo, en una estatua donde nunca nadie salvo él supiese dónde se hallaba. En la realidad, abrió el pergamino y depositó la espada sobre el sello. Realizó unos sellos de liberación y luego de sellado, para que una notoria oleada de reiki pasase del pergamino hacia el katar, cuya hoja refulgía de un ligero tono esmeralda. Assar recogió el arma con destreza. Parecía pesar menos, ser más ligera. Y sentía un intensísimo reiki a través de su brazo -¿Te das cuenta de lo que esto significa, hijo mío?- decía victorioso -Esto nos otorga los dones de la Bestia. Con esta espada seré imparable-
-¿Los dones?- preguntó Rash
-Sí... es una lástima no poder hacerte una demostración- rió -Hay que guardar las apariencias- la envainó -La pondré a buen recaudo- miró a Ares, que se metía de nuevo en la cama, controlado por la ilusión -Pobre infeliz... me sorprende tanto que Ren sea tan inútil de aún mantenerlo con vida...- farfulló antes de salir de la habitación, seguido por un Rash rabioso, harto de cómo su padre comenzaba a dirigirse hacia Ren.
Pasaron días, semanas incluso, hasta que Ares estuvo repuesto lo suficiente para poder retomar el viaje de vuelta. Mientras tanto, el ejército superviviente se limitaba a reconstruir las aldeas por todo Ravat. Sabine hacía mucho que había vuelto a su aldea tras despedirse cariñosamente de Shan. Ren y Ares no se separaban desde entonces, pues la chica estaba constantemente cuidando de su salud. Tuvieron tiempo para hablar, conocerse e intimar más, aunque no de modo carnal debido a la debilidad de Ares y una creciente en Ren. Eligieron un día concreto para ponerse en marcha, y no fue hasta ese último momento, cuando ya todos se preparaban para partir, mientras Ares terminaba de vestirse, cuando Shan interceptó a Ren en los pasillos mientras se dirigía hacia la habitación -No se va a morir si no vas a preguntarle si está listo- terció el hombre. Ren le miraba con ojos apagados ¿Qué quería? ¿Burlarse? -No- suspiró -Yo... sólo quería pedirte disculpas- Ren se sorprendió ante semejantes palabras. Aseguró por un momento que era ella la que iba a... -No tienes de qué disculparte tú- señaló Shan -He sido yo el que montó en cólera, pero es que me sentí... traicionado. Me sentí arrastrado por tu egoismo- Ren no entendía -No quiero tus disculpas pero eso no significa que no seas egoista. Curando a Ares has tirado por el sumidero todo lo que llevas tiempo intentando construir. Incluso estuviste a punto de arrastrar por tierra tu tapadera- regañó, pero se calmó en seguida -...pero lo que quiero decir es... que eso no me hace alguien con el derecho a enfadarse. He aprendido a apreciarte, digamos- mintió, ocultando sus sentimientos -Y tal vez sólo necesites tiempo para aclarar tus ideas y llevar a cabo tus planes. Lo que trato de decir es... bueno, que seguiré a tu lado y ayudándote en lo que necesites- dijo por fin, algo avergonzado. Fue suficiente para quitar un peso de encima a Ren, que sentía que se acercaba de nuevo a Shan. Quizá... realmente no estaba tan sola. Sólo necesitaba encontrar una respuesta definitiva a sus dudas.
Entonces emprendieron viaje, aún a un ritmo despacio, debido a que no sabían si Ares estaba completamente en condiciones y porque Ren seguía presentando, de vez en cuando, síntimas de esa enfermedad que le hacía sentir nauseas o la cansaba en exceso, aunque no sería el único problema. Fue allá por Shizune, de vuelta entre las hermosas arboledas y campos de flores y verde hierba, donde una presencia mantenía a Shan verdaderamente molesto. Sabiendo que era el que más en condiciones se encontraba, no dejó de estar alerta en ningún momento, hasta que la amenaza se dio a conocer. Podría haber sido un bandido de no ser por lo rápido que se movía y porque los Sombras supervivientes no consiguieron darle caza. Un único individuo envuelto en una capa sucia y una capucha saltaba entre los árboles, de rama en rama, a la velocidad del viento. Y desde la altura cayó en dirección a Ren, con las manos envueltas en relámpagos. Esquivó a los Sombras que intentaron defenderla. Ares no pudo lanzar un contraataque. Ren casi lo percibió todo a cámara lenta. Su mente funcionó a toda velocidad. Supo que si convocaba unas raices dejaría empalado al agresor en un abrir y cerrar de ojos, pero eso la terminaría por revelar y aún así, era su única opción. Esperó el momento oportuno para utilizar pues una técnica de viento, pero el hombre ya estaba muy cerca. Las manos del hombre iban directa hacia su rostro con intención de atravesarle la cabeza como dos flechas electrificadas. Shan fue esta vez quien le salvó la vida, a un alto coste. La katana del Van voló cortando el viento. Se clavó en el costado del agresor haciéndolo sangrar y derribándolo, apartándolo de su trayectoria. Aún así, la mano cargada de electricidad arañó a Ren desde una sien a otra, acariciando sus ojos. Un terrible escozor y ardor atenazó a la joven, que pronto se transformó en un incesante dolor. El mundo que la rodeaba se volvió blanco, tan blanco que no le permitía abrir los ojos. Le dolía, le dolía demasiado. Cayó al suelo sin poder dejar de gritar mientras el agresor se alzaba a pesar de la herida, desencajándose la katana del Van y arrojándola al suelo. Malherido tomó la opción de huir. No hubo Sombra que lo persiguiera. Ares, Shan y Ayesha corrieron a socorrer a la chica, pero nada importaba. De sus párpados cerrados brotaban hilillos de sangre y aseguraba no poder abrir los ojos de ninguna de las maneras. El simple intento le dolía como el infierno. Una terrible ansiedad se atenazó en su pecho. Estaba ciega. No podía ver nada, absolutamente nada ¿Qué haría ahora?
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