lunes, 22 de mayo de 2017

Fue toda una amargura, un sin vivir, repleto de dolor, pataleos y gritos, lo que rodeó todo el trayecto de vuelta a Midna que quedaba por cruzar. El equipo fue tan rápido como pudo. Ares cargaba a Ren sobre sus brazos, que no dejaba de llorar y gritar mientras los hilos de sangre seguían recorriendo sus mejillas desde sus ojos. Fue un auténtico calvario el tener que soportar como la mujer agonizaba sin que pudiese nadie hacer nada por remediarlo. ¡¿Cómo diantres había pasado aquello?! ¡¿Cómo habían atacado con tanta rapidez?! Y lo que era peor ¡¿Por qué habían sido Sombras de Midna quienes habían osado hacer tal cosa?! Las dudas recomían a todos por dentro, que no podían hacer otra cosa que correr, correr y correr.

Cuando llegaron a la aldea, la cruzaron en un pestañear, cruzando las puertas de la torre de los Shin mucho antes de lo esperado. Allí, en la entrada, había un reducido grupo de Sombras que guardaban silencio sin saber cómo reaccionar.
-¡Rápido! ¡Traed a un médico! ¡¿A qué esperáis?!- gritaba Shan, atónito por la pasividad de los presentes. Dos de ellos, se fueron corriendo a acatar las órdenes que habían recibido, aunque proviniesen de un Van. Los demás se quedaron.
-Ares… me temo que la Umbra querrá verte cuanto antes-
-Lo siento mucho, Ares-
-Nuestras condolencias- repitieron todos con hilos de murmuro. Nadie supo interpretar aquellas palabras y mucho menos Ren, que estaba sufriendo como jamás lo había hecho en su vida.
Empezaron a oír ruidos, pasos acelerados que se acercaban a ellos. Desde el fondo del pasillo, una desmejorada Hécate se dejó ver. Ren no pudo observarla, pero estaba muy delgada, despeinada y mal vestida. Tenía unas ojeras tan oscuras como los ropajes que vestía. Y cuando más se acercaba al grupo, más podían percibir que apestaba a alcohol.
-Ares, Ares… Mi hijo…- decía en murmullos. Su voz sonaba como un sollozo apagado, fantasmal, que conseguía poner los vellos de punta. Ren sintió por como la sujetaba, que el hombre se estaba poniendo tenso. –Ares… cuanto has tardado… Has tardado demasiado… ¡Has tardado demasiado!- gritó de repente. El joven no sabía qué hacer ni qué decir. De seguro, por su mente empezaron a cruzarse docenas de ideas, todas llevadas por un mismo cauce.  –Helios… Helios ha… Mi hijo…. Mi hijo…- rompió a llorar la mujer. Cayó al suelo de rodillas, y ocultando el rostro entre sus manos, comenzó a llorar a gritos.

La situación superaba a cualquiera. Y Ren, empezó a entender junto a los demás, lo que realmente había ocurrido. Una punzada de culpabilidad atenazó a su corazón, que hizo que se sintiese más débil de lo que ya estaba. Se agarró con fuerza a Ares, sujetando entre sus puños sus ropajes. Había pasado… había ocurrido… no había vuelta atrás. -¡Helios! ¡Mi hijo! ¡Ha muerto!- lloró la mujer desconsolada.

Ares estaba petrificado. Ren no sabía predecir su reacción. Ni si quiera ella era consciente de todo lo que la rodeaba, pues la ceguera y el dolor la mantenían en un estado de sufrimiento y lejanía que no conseguía controlar. –Ares…- le llamó con voz suave, pero éste no contestó. –Ares…- volvió a llamarle, sin obtener respuesta. El doctor que residía en la torre, encargado de todos los Sombras, apareció en ese instante.
-Dámela, Ares. Yo me encargo- dijo Shan, tomando a Ren en sus brazos –Ve con tu madre- Fue en ese instante cuando Ares pestañeó, tomando consciencia de todo lo que estaba pasando, aceptando la realidad sobre su hermano. Se acercó a Hécate, y tomándola de un brazo, la ayudó a ponerse en pie suavemente. Después se la apegó y Hécate comenzó a llorar con más fuerza sobre los brazos de su hijo. –No llegaste a tiempo… ¡Ya es tarde! ¡Ya es tarde!- gritó mientras le golpeaba. Tras apartársela, la rodeó con un brazo y la instó a marcharse de allí. Sin mediar palabra, ambos desaparecieron en la oscuridad de los pasillos.

Por su parte, tras un rápido vistazo sobre los brazos de Shan, el médico ordenó que llevasen a Ren hasta su habitación inmediatamente. El Van la dejó tendida sobre el futón mientras la chica temblaba de dolor. Tanto Ayesha como Shan, desearon quedarse en la habitación, pero el médico aseguró que lo mejor sería que les dejasen solos. De aquella manera, ambos se vieron expulsados hacia el pasillo. Cuando cerraron la puerta, ninguno de los dos podía negar, que un aura demasiado triste y oscura estaba rodeando aquel hogar.
Las horas pasaban y los gritos de Ren se dejaban oír de vez en cuando por toda aquel ala. A veces se calmaban y otras veces, parecía que la chica no se podía contener. Ayesha estaba desesperada. Daba vueltas de un lado para otro, nerviosa, incontrolable. Shan por su parte, se dejó caer sobre la pared, de brazos cruzados, manteniendo la paciencia y la tranquilidad.
-No sé cómo puedes mantener la serenidad…- gruñó la Vakiri.
-Es una de las muchas cosas que he aprendido a lo largo de todos estos años. Tú también deberías hacerlo-
-¿Cómo hacerlo? ¡¿Cómo hacerlo si han atacado a Ren ante mis ojos y no he podido hacer nada?!-
-Ninguno de nosotros ha podido hacer nada-
-¡Y era un Sombra! ¡Ha sido un maldito Sombra! Cuando reporte esto a Assar, las cosas se van a complicar muchísimo. Y yo… yo habré sido una Vakiri inútil-
-Lo sé… créeme cuando te digo que no paro de darle vueltas. Si ha sido un acto de traición o algo parecido… este hogar va a pasar de ser un nido de tristeza a un cúmulo de guerras. Sin embargo, todavía no podemos hacer nada. Ren está ahí dentro y Ares… en fin, que día más desafortunado- comentó, como si no supiese más allá que los demás.- De repente, la puerta de la habitación se abrió. El doctor salió, frotándose las manos.
-¿Cómo está Ren?- preguntó Ayesha, nerviosa.
-Lo mejor que se puede estar en estas circunstancias- admitió el doctor. –Está ciega- alegó de forma rotunda.
-¿Ciega…?- Ayesha casi se echaba a temblar.
-Lo que sea que la ha golpeado, ha nublado por completo su vista. Ha perdido la capacidad de ver. Dice que todo aquello que ve cuando abre los ojos, es una especie de luz blanca que no la deja ver apenas las figuras que tiene delante.-
-¿Y eso es estar mejor de lo que se puede?- gruñó Shan.
-Tiene heridos los párpados. Ha perdido las pestañas y tardará en reparar los tejidos.  Como habéis tardado poco en traerla, la tarea de separar sus párpados ha sido mejor de lo que podría haber sido. Durante unos meses, sus ojos se humedecerán mucho con el dolor y el sobreesfuerzo. Es importante que los nuevos tejidos que vaya produciendo no se peguen entre sí. De lo contrario, no podrá abrir los ojos. ¿Entendido? De todas formas, la revisaré de manera periódica. Le he colocado unas vendas. Procurad que siempre esté rodeada de oscuridad. Hoy ya… no puedo hacer más por ella-
-Gracias. Muchas gracias- dijo Ayesha, suspirando con una mezcla de alivio y temor. El doctor asintió y se marchó.  La mujer y el Van se miraron por un momento.
-¿Me dejas entrar a mí primero?- preguntó el hombre, esbozando una sonrisa burlona, mucho más costosa y esforzada de lo normal.

[Naruto - Man of the World (Extended)]

En mitad de la oscuridad, Ren, tendida sobre el futón, oyó pasos. Quien fuese que había entrado, parecía haberlo hecho solo y había cerrado la puerta tras hacerlo. -¿Quién es?- preguntó con un deje dolido.
-Tu guardia personal, mi señora- dijo Shan, con cierta pena y ternura en la voz.
-Shan…- murmuró la chica, a quien se le encogió la barbilla al momento. Se mordió el labio inferior, pero de ninguna manera consiguió poder detener las lágrimas.
-No, Ren… no llores. Será peor para ti. Tienes que ser fuerte ahora- el hombre se sentó junto a ella, tomándole una mano para tranquilizarla.
-No me pidas que no llore si es lo único que puedo hacer ya- sollozó, agarrando con la mano libre la sábana, con toda la fuerza que aún conservaba.
-Ren…-
-¿Estás solo?-
-Sí, tranquila. Nadie nos oye- al decir aquello, la chica se llevó el brazo a la cara. Lo colocó sobre la venda, que estaba húmeda de lágrimas nuevas que no dejaban de brotar.
-¿Dónde está Ares?-
-Está con Hécate… creo que han ido al lugar donde han enterrado a Helios. Por lo visto,  murió hace una semana. No dieron con la enfermedad.- el pecho de la chica se agitó rápidamente.
-¿Cómo está él…?-
-No lo sé… supongo que abatido con todo esto-
-¿Qué he hecho… Shan? ¿Qué demonios he hecho…?- lloró -¿Qué he conseguido con todo esto? Porque si es venganza, no me siento nada bien. No estoy satisfecha. Estoy…- el pecho volvió a agitarse, incontrolable. –Pensé que sería distinto… y no lo es.-
-La venganza no es algo que… produzca satisfacción a todos por igual-
-¡A mí no me produce nada, más que un dolor constante en el pecho que no me está dejando respirar!- sollozó -¿Qué he hecho…? No ha servido de nada… no ha servido de nada…-
-¿Por qué dices eso?-
-¡¿Es que no me ves?! ¡Estoy ciega, Shan! ¡¿De qué ha servido todo lo que haya hecho si al final… me he quedado inútil!-
-No estás inútil, Ren… Sólo no consigues ver…-
-¡¿Y cómo seguiré?! ¡¿Cómo se supone que terminaré con esto si ni si quiera puedo verte a ti?! ¡¿Cómo andaré?! ¡¿Cómo teñiré mi pelo ahora?! ¡¿Hacia quien empuñaré un arma?! ¡Nada ha servido! ¡He… he matado a… y ha sido…!- rompió a llorar con inmensa fuerza. Tanto, que Shan la rodeó con los brazos, alzándola y colocando su cabeza sobre su hombro. Acarició sus cabellos, intentando tranquilizarla, pero apenas lo conseguía. Ella temblaba, peleaba consigo misma en una lucha interior en la que ya no había remedio.
-Nadie dijo que esto fuera a ser fácil ¿Verdad?- le dijo con ternura –Pero déjame intentar hacértelo más llevadero. Son solo dos ojos, y tú Ren, tú eres más que eso. Encontraremos la manera de curarte y… mientras, te ayudaré. Déjame ayudarte. Veras como ente los dos, en unos meses, conseguiremos que…-
-Estoy embarazada- dijo, soltándolo por fin, de forma rápida. Shan no supo que hacer o qué decir. Simplemente, la abrazó más fuerte. Todo era más complicado aún, todo se hacía más difícil ahora.
-¿Desde cuándo lo sabes? ¿Ha sido el médico quien…?-
-Lo sabía desde que llegamos a Ravat. No me encontraba bien… y no había sangrado desde hacía semanas. He sido yo quien se lo ha dicho al doctor. Me daba… me daba miedo que pudiese…pasar algo- sollozó. – Me ha dicho que… llevo unas doce semanas en cinta. Le he pedido que no se lo dijese a nadie, no quiero que nadie lo sepa si… hasta los propios Sombras me han atacado-
-Arreglaremos eso Ren. Eso tenlo por seguro- se la apartó levemente, para tomarle el rostro con las manos. Era tan triste para la chica no poder verle, tener que estar oculta tras una venda oscura que no le permitía comprender las emociones de los demás… estaba abatida. -¿Lo sabe Ares?- la chica arrugó la barbilla, lo que dio a entender al Ven, que él era el primero en saberlo.
-¿Cómo se lo digo…? ¿Cómo le digo que ha dejado embarazada a la mujer que ha asesinado a su hermano pequeño? Casi tengo que agradecer estar ciega para no tener que ver su rostro y sentir la vergüenza y la culpabilidad de estar engañándole-
-Deja de martirizarte, Ren. Recuérdalo. Ellos mataron a tu familia, a toda tu aldea. Sólo te estas encargando de devolverle a esa mujer y al malnacido de Hades todo lo que has sufrido durante tantos años-
-Pero ya no podré seguir… no sé cómo hacerlo…Y no quiero que Ares… no quiero que sufra más. Él no lo merece. Sé que estoy siendo egoísta contigo otra vez, pero él no… él no tiene nada que ver en esto, igual que Helios. Yo… me he equivocado de venganza- se llevó la mano al vientre –Me estoy equivocando… en todo…en todo…- dijo, para romper a llorar de nuevo con agonía.
-Necesitas descansar, Ren. Duerme, descansa, recompón todas tus ideas. Replantea todo lo que necesites y… piensa cuando despiertes si, a pesar de todo, crees que debes tirar la toalla ya o seguir. Por ti y por… quien está creciendo ahora dentro de ti. Recuerda que aunque su padre sea un Shin, esa criatura lleva sangre Yanagi. Tu clan no estará extinto mientras tú vivas y sigas adelante- Ren se obligó a abrir los ojos, con muchísimo dolor, bajo las vendas, que se empañaron de sangre rápidamente. A Shan no le faltaba razón. –Si estás perdida, busca un motivo para seguir adelante. Aférrate a quien necesites, porque no estás sola. No ya.- le puso la mano en el vientre, justo donde ella la tenía. De esa manera, la obligó a recostarse de nuevo –Pero primero, descansa…- subió la mano por su cuerpo hasta situarla en el pecho, donde colgaba el collar que él mismo le regaló. Colocó los dos dedos sobre su piel, como ya había hecho antes. Le transmitió toda la paz y la tranquilidad que pudo. La chica dejó de llorar al instante. Empezó a respirar de forma lenta, aunque a su corazón aún le atenazase un terrible dolor. Shan se puso de pie, despacio. Salió de la habitación, dejando a la mujer en la oscuridad para que pudiese reponerse. Todo se estaba complicando cada vez más.


Ares llegó justo en el momento en el que Shan salía de la habitación. Fue éste quien se encargó de comentarle la situación, a excepción del embarazo. Ares se quedó abatido tras entender que su mujer estaba completamente ciega por los fogonazos eléctricos, y que de momento, no se sabía si había posible cura para ello. Ahora descansaba, de alguna manera. A pesar de ello, Ares decidió entrar en la habitación. El silencio que envolvía el habitáculo fue siniestro. Ren se movió en las sábanas, incapaz de dormir. Sentía reiki, pero, no tenía sentido que fuese Shan otra vez. -¿Ares…?- el hombre aseguró que era él. Se metió en el futón y la abrazó. Ren, hizo exactamente lo mismo. –Ares, lo siento… lo siento muchísimo- ella lloró, pero él también lo hizo, refugiado en el cuerpo de su mujer. Asegurando que encontraría un remedio para todo aquello, jurando que moriría si hacía falta para lograr que todo volviese a estar bien, convulsionaba, temblaba y empapaba de lágrimas el pecho de la chica, que se aferró a sus cabellos de manera desesperada. Tan cerca estaban el uno del otro… y a pesar de todo, Ren le sintió más lejos que nunca –Lo siento de verdad…-

La semana pasó como si el tiempo no lo hubiese hecho. Nadie en el hogar parecía tener vida. Hécate estaba borracha casi a todas horas. Hades estaba tan ausente como siempre. Shan y Ayesha paseaban de un lugar a otro sin tarea alguna. Ren estaba siempre sentada en la oscuridad de la habitación, con las ventanas cerradas, sin poder hacer otra cosa que pensar y... Ares... Sólo las Deidades sabrían que le rondaba por la cabeza al joven, que estaba más callado y distante de lo normal.

Los problemas no se solucionaron. Cuando Ares expuso que el ataque había sido llevado a cabo a manos de un Shin, el propio clan se negó a admitir que aquello pudiese haber sido así. Por mucho que los únicos capaces de controlar técnicas de rayos y relámpagos fuese el clan Shin, con un Van que era capaz de usar casi cualquier tipo de técnica sólo aprendidas de la experiencia y no de la sangre, era descabellado acusar de traición e intento de asesinato a su propio clan. Aquello dejó a Ares ante su madre y Hades sin palabras. No había manera de encontrar a aquellos malditos agresores. Y aquello, amedrantó los ánimos de una Ren que todavía no se había atrevido a contar nada sobre su estado a Ares, quizás por miedo, quizás por inseguridad... o porque seguía sintiéndose igual de inútil.

[The Last Naruto The Movie Ost - Snow]

Aquel día, Ren estaba harta de sentir tan lejos a Ares. Decidió moverse, aunque le costase. Y sabiendo que Ares deseaba ir de nuevo al lugar donde habían enterrado a su hermano, quiso acompañarle. Ares tuvo que ayudarla a caminar sosteniéndole las manos y evitando en todo momento que tropezase. La chica jamás lo llegó a ver, pero el lugar al que su marido la había llevado, era un campo, algo alejado de la casa pero cerca aún del mar. Todo estaba lleno de piedras puntiagudas, talladas con el nombre de quienes yacían bajo las mismas. Había muchas, demasiadas. Ares le explicó, que allí era donde daban descanso, por decirlo de alguna forma, a todo miembro del clan. Su padre, Caronte, guardaba sepulcro justo al lado de su hermano. Allí, Ares se arrodilló. Ren le puso una mano en el hombro, sin poder hacer otra cosa que lamentarse y pedir disculpas en silencio a Helios por todo el mal que le había causado. Porque a pesar de todo, su familia, el clan Yanagi... ni si quiera tenía un lugar en el que hubiesen podido descansar sus cuerpos...

Cuando llegaron de nuevo al hogar, el hombre dejó a Ren sentada sobre el futón. La mujer oyó como Ares se movía de un lugar a otro. Abría los cajones de los armarios constantemente. Por el sonido de sus ropas, supo que se estaba cambiando. -¿Que estás haciendo?- preguntó preocupada. Cuando respondió que iba a marcharse, se quedó helada. -¡¿Marcharte?! ¿A donde?- No podía estar quieto en Midna ni un minuto más de brazos cruzados. Necesitaba hacer algo, ya. -¿Hacer algo? ¿Sobre qué, Ares? Para, por favor- Algo sobre ella, sobre su vista. La muerte de Helios no tenía ya remedio, pero ella sí. Y quizás, ese remedio estuviese lejos, pero al alcance de su mano si lo hallaba. -¿Y piensas irte y dejarme sola aquí?- aseguró que volvería de vez en cuando para verla -No... no puedes hacer eso, Ares. No puedes dejarme aquí y... sólo regresar de vez en cuando. No ahora.- Si que podía, porque haciéndolo así no... -No, no puedes- le interrumpió -Estoy embarazada- 

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