Las semanas pasaron con
cielos nublados y lluvias tenues. Y sin embargo, para el corazón de Ren,
parecía hacer siempre sol. Con cada nuevo día, sus planes parecían avanzar más
y su meta final, cada vez estaba más cerca.
Aquella mañana, se
despertó cuando aún estaba algo oscuro fuera. Llevada por sus pesadillas,
estaba tan agitada, que no se había dado cuenta de que estaba empapada de algo.
Antes de poder comprobar qué era, sintió como Ares le acariciaba el hombro
desnudo y la instaba a tranquilizarse. El joven, sabía ya, tras muchas noches
compartidas, de los sueños tan agitados de su mujer. Ren jamás le había
confesado a qué se debían, como Ares nunca le había preguntado de qué se
trataba. Cuando se giró para mirarle, observó como tenía los ojos cerrados y
sudaba a mares. -¿Ares? ¿Estás bien?- el hombre suspiró y asintió, abriendo un
poco los ojos para poder mirarla. Ambos estaban desnudos, presas del acto de la
noche anterior. Sin embargo, por alguna razón, ya no había vergüenzas ni
tensiones sobre ello. –Tienes mal aspecto- susurró la chica. No necesitó fingir
ningún deje apenado, pues salió solo, sin explicación. Pasó la mano por la
frente del hombre para echarle los cabellos hacia atrás. Su piel ardía. Estaba
peor de lo que él quería transmitir y Ren lo sabía.
Helios, desde hacía
medio ciclo, se hallaba casi inconsciente. Le quedaban pocos días de vida y la
chica lo sabía, tanto como Hécate. Ahora, viendo el aspecto de su hermano Ares,
que aunque más fuerte, no soportaba el veneno por completo, podía a empezar a
calcular que no sobreviviría a un par de ciclos lunares más. Se sintió poderosa
al comprender aquello. Se sintió victoriosa, siendo capaz de vengar a sus
familiares. Sin embargo… el rostro de Ares le transmitía pena y no supo por
qué. Hacía días que el asco de dormir junto a él había desaparecido a pesar de
todo. Cada acto complaciente, cada palabra cargada de cariño, hacía que le
valorase más a pesar de ser un Shin. Quizá, si la masacre no hubiese sido tan
sanguinaria, si todo hubiese sido de otra manera… hubiese llegado a perdonarle
la vida. –Descansa, es temprano. Será que has dormido mal- intentó convencerle.
El hombre respiraba de forma profunda, de manera que su pecho subía y bajaba en
un constante que era casi hiptonizante. La mano que reposaba sobre el hombro de
la chica, se deslizó por la espalda, lo que hizo que el hombre la atrajese
hacia sí. Ren se recostó de nuevo, algo fría, dejándose caer sobre el costado del
joven. –Duerme Ares… yo custodiaré tu sueño-
Ren, acabó durmiendo de
nuevo sin quererlo. La despertaron unos golpes secos en la puerta en vez de una
nueva pesadilla. Ares seguía dormido, por lo que fue Ren quien salió en
silencio de entre las sábanas, para vestirse rápido y saber de quien se
trataba. No esperó encontrar a
Shan al otro lado de la puerta. El hombre le dirigió una mirada rápida de
arriba abajo, a pesar de que estaba correctamente vestida. Después, pasó la
mirada por encima de su hombro, para comprobar el interior de la habitación.
–Ha llegado una carta de Ravat- dijo por fin.
-¿Dónde está?-
-La tiene Hécate. Quise
traerla, pero prefiere custodiarla ella. No sé de qué se trata, pero se ha
puesto histérica. Más de lo que ya estaba- al oír aquello, la chica salió por
completo de la habitación y cerró la puerta a sus espaldas.
-Hablaré con ella
entonces- aseguró, echando a andar por los pasillos.
-¿Y Ares? ¿No viene?-
-Ares… está enfermo-
susurró. Ante aquella afirmación, el Van la miró fijamente. Ella sólo asintió.
No hicieron falta palabras para entenderse el uno al otro. El plan seguía
adelante. –Así que me toca ver a mamá yo sola- alegó con cierto asco en la voz.
-Cuidado con mamá. Cada
día está peor-
-Tranquilo. No pasará
nada- antes de que Ren pudiese continuar con su camino, Shan se puso delante.
-Escúchame, mujer- dijo
con pesadez. Calló un momento y miró para todas partes, asegurándose de que no
sentía ni una pizca de reiki ajeno al de ellos dos. –Son demasiados días ya.
Ándate con ojo- susurró.
-Han sido muchos y lo
seguirán siendo. No puedo ir más rápida…- respondió con cautela. –Pierde
cuidado, Shan. No pasa nada. No me queda mucho que perder ya- añadió -¿Y
Ayesha?-
-Con las Vakiris, en la
aldea… ésta capitana nuestra… siente demasiada culpa- Ayesha, desde lo sucedido
en Rodgar, tenía el orgullo enormemente herido. Aquel día, Ren hizo caso omiso
a la orden de Hécate, y por supuesto, no ejecutó a ninguna de las mujeres que
estaban embarazadas, las cuales, por desgracia, fueron la mayoría. La Umbra
montó en cólera por ello, pero, tal y como Assar le había prometido, Ren ya era
casi intocable. Hécate tuvo que aceptar la desobediencia de Ren y mandó a las
mujeres fuera del hogar, a la aldea, dando un plazo de nueve meses para que la
Radih pensase que hacer con ellas. Ahora era su responsabilidad el haber
incumplido el pacto de nacimientos de bebés con ascendencia de un clan. Y sin
embargo, Ayesha, había decidido compartir aquella responsabilidad. Había dejado
de estar de forma tan frecuente en el hogar de los Shin, sobre todo por las
noches cuando Ren dormía o simplemente, cuando pedía a Shan que la vigilase,
para estar con sus Vakiris y ayudarlas en todo lo posible. Ren sintió una
enorme pena por ella… que no sabía cómo compensar.
-Tengo que pensar una
forma de que esas mujeres no sufran un castigo por algo que no ha sido culpa de
ellas. ¿Tú crees que ellas querrán a esos hijos?- Shan pensó un momento, con el
ceño fruncido.
-Es… complicado de
decir. No todas lo sentirán igual.-
-Yo… quisiera que esos
niños tuviesen una buena oportunidad en la vida. Una de verdad. No quiero que
se sientan perdidos- En el mismo hombro que Ares había colocado su mano, ahora
la colocaba Shan, con mirada afable y llena de confianza.
-Lo conseguirás- dijo,
justo antes de llegar a la sala ceremonial en la que debía encontrarse Hécate.
-Deséame suerte-
-Te espero fuera, mi
Señora-
Ren abrió las grandes
puertas correderas, descubriendo a una Hécate que bebía un gran vaso de vino,
junto a una botella que estaba ya vacía. Tenía medio rostro escondido tras su
mano y leía varias veces el pergamino llegado de Ravat. –Hécate- captó su atención.
-Esto de aquí… es de tu
padre- se lo cedió de mala gana. Ren se sentó al otro lado de la mesa y leyó la
carta en silencio.
“No
tengo perdón por escribir esto. Mi función como padre se verá comprometida,
haciendo esta súplica a mi hija, recién unida en matrimonio a Ares Shin.
Ravat
está sufriendo numerosos ataques, de una magnitud superior a la capacidad
humana de cualquier miembro de clan.
Como
bien sabréis en Midna, la Deidad de Ravat, anda suelta desde hace años”.
Ren frunció el ceño,
enormemente extrañada. De todas las cosas que imaginaba leer, aquella era la
que menos esperaba de todas.
“La
Deidad es poderosa y está atacando. Los ejércitos de Ravat no son suficientes
para volver a intentar confinarla en su recipiente. Desde hace una semana, las
bajas se están contando en importantes cifras que consiguen que no pueda
conciliar el sueño.
Si
bien el trato por el que rechazo tener el abrazo de mi hija en cada amanecer,
es el de encontrarme en alianza con vuestro buen clan, hoy quiero hacer un
llamamiento a éste.
Solicito
ayuda urgente, extremadamente urgente, para socorrernos. Y que mi buena hija,
regrese a casa, una vez más, como misionera de paz, acompañada de su esposo.
Será
devuelta tras el confinamiento.
Atentamente.
Assar
Radih”
Cuando Ren terminó de
leer el papiro, volvió a releerlo un par de veces, y sólo entonces, alzó la
vista para contemplar el rostro furibundo de Hécate. No podía llegar a adivinar
lo que realmente estaba pensando. ¿Iba a dejarla marchar? ¿Iba a impedir que se
fuese? ¿A caso iba a romper el trato que había hecho con Assar? ¿Iba a
abandonar a su suerte a todo Ravat? –Vosotros… los Radih… sois débiles- dijo
finalmente, con un deje influido por el alcohol. –Nosotros encerramos a la
Deidad hace cientos de años. Jamás se nos ocurriría dejarla suelta, como los
Radih hicisteis…- suspiró. –Márchate- terminó por decir.
-¿A Ravat?-
-¿A dónde si no,
niña?... Lárgate y ayuda a tu padre- Ren tragó saliva y se puso rápidamente en
pie, sin esperar que la mujer la agarrase del brazo, clavándole las uñas. –Regresa
en cuanto termines con tu deber allí. Si tardas demasiado, me arrepentiré de
haberte dado a mi hijo- la soltó –No olvides por qué estás aquí-
-Estoy aquí por el
tratado- le dijo convincente –Y eso voy a cumplir-
-Pues si vas a cumplir
el tratado, quiero que envíes a los mejores doctores de Ravat a esta casa en
cuanto llegues allí. Esta es ahora tú casa, Ren. Y Helios es tu hermano- dijo,
mirándola con ojos acuosos y pesados. La chica asintió, agachando ligeramente
el rostro. Hécate estaba destrozada, con el alma rota, desesperada… por eso
cuando Ren salió de la sala, lo hizo con una enorme sonrisa en los labios. Ahora
Hécate experimentaba un ápice de lo que su madre llegó a sentir el día de la
masacre, y ese ápice, iba a crecer.
-¿Qué quiere Assar?-
preguntó Shan, acercándose a ella al verla salir.
-Prepara tu equipaje,
si es que tienes algo- observó la chica, dando que el Van apenas cargaba nunca
con nada.
-¿Qué ha pasado?-
-Me llevo a las
Vakiris. Voy a darles una oportunidad. Nos vamos a Ravat-
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