lunes, 8 de mayo de 2017

Ren no pudo dejar de mirar el cadáver de aquel hombre, perteneciente al clan Wulf, durante unos minutos que casi parecieron eternos. Ayesha, intentó captar su atención varias veces, pero por alguna razón no lograba conseguirlo. La mujer estaba abstraída, repleta de sentimientos que, hasta entonces, parecía no haber encontrado nunca. Contemplar aquel cuerpo cubierto de sangre, inerte, era lo más parecido a sentirse parte del plan de Assar que había sentido desde que había emprendido el viaje. Había sido muy fácil acabar con la vida de una persona, a sabiendas de que no le había arrebatado ella misma la vida. Era tan macabramente fácil, que se sintió algo más animada con respecto a retomar su camino. Volvió sola en sí, para mirar a Ayesha a los ojos un segundo –Ha dicho que Sulima está en una de las cuevas del monte Saiku. No hay tiempo que perder- ordenó –Tenemos que llegar todas a la aldea de los Shin, juntas-
-Sé dónde se encuentra ese monte. La geografía que se nos instruye, por fin sirve de algo- sonrió la mujer por debajo de sus velos.
-Id vosotras entonces, yo me quedo aquí-
-¿Cómo? ¿Por qué?-
-Shan está herido- Al decir aquellas palabras, todas las Vakiri miraron a la vez al hombre que descansaba, reposando contra el tronco de un árbol bastante espeso.
-Si es lo que quieres, le ayudaremos en cuanto Sulima esté…-
-No, id vosotras. Yo me quedo aquí con él-
-Pero mi señora, este bosque es peligroso y nosotras estamos aquí para escoltar-
-Y Sulima está en peligro, pero no yo. Sé defenderme y éste hombre nos ha ayudado. Me parecería una enormísima falta de respeto para él si no le hiciese compañía en su descanso. Soy una emisaria de los Radih, pero no serán solo los Shin los receptores de mis intenciones- para sus adentros, se sintió irónica al decir aquello –Me quedo aquí. Voy a ayudarle. Id vosotras y regresad lo más rápido que podáis-
-No estoy para nada de acuerdo-
-Ni yo con el matrimonio que mi padre me ha encomendado, pero aquí estoy, caminando con vosotras hacia algo que no termino de aceptar. Haced lo que os digo. Cuanto más tardéis, menos posibilidades de ayudar a Sulima tendréis.- Ayesha no estaba por la labor de aceptar, pero adiestrada para acatar órdenes, terminó por asentir y prepararse para la marcha
-Tú, Van- le señaló –Si le sucede algo a Ren, te juro que personalmente yo te perseguiré allá donde vayas, y a mis espaldas, todo Ravat. ¿Lo has entendido? Porque no me fío de ti ni un pelo.-
-Una lástima que no te genere confianza el hecho de que os haya ayudado-
-Tu aparición no significa nada, bastardo.-
-Ayesha, ve ya. No pasará nada. Morirá si intenta hacer algo extraño- le aseguró Ren, sin pelos en la lengua. La Vakiri volvió a asentir, y con un gesto rápido de rostro, desapareció, como todas las demás, en un pestañear de ojos. En pocos segundos, ya estaban corriendo a metros y metros de distancia de aquella posición.

Ren y Shan se quedaron solos bajo la sombra de los árboles que crecían en territorio Yanagi. ¿Cómo iba a sentir miedo? ¿Cómo iba a sentir nervios, si pisaba el suelo de su familia? La chica suspiró, dirigiéndose hacia donde estaba el hombre sentado. Sus sucias ropas se habían teñido de sangre en ambos hombros. Sin duda alguna, ese tal Rok, había perforado su piel a unos extremos bastante dolorosos. Sin embargo, el hombre no parecía quejarse demasiado. –Pensé que te habías marchado- comentó mientras se arrodillaba ante él.
-Solo estaba meando-
-Ya- por alguna razón, Ren no terminaba de creerle. Se quedó mirando las manchas de sangre. Ella sabía curar. Su reiki le permitía sanar heridas desde que era pequeña. Sin embargo, no podía revelarse, pues solo los Yanagi sabían controlar aquel tipo de técnicas tan útiles y poderosas. Se sintió ligeramente impotente, porque a cambio de su ayuda, se veía en la obligación de ayudarle. No le quedaba más remedio que realizar su labor… de una forma mucho más rústica.
-¿Qué miras?-
-Pensaba en la manera más rápida de ayudarte-
-No necesito ayuda, mujer. Estoy bien.- suspiró, recostando su espalda más cómodamente sobre el tronco –De hecho, deberías haberte ido con esas Vakiris tuyas-
-Como he dicho antes, no quiero que se sepa que una emisaria de los Radih ha dejado abando a un Van en mitad del bosque Yanagi, desangrándose, después de que este la ayudase-
-Así que es cuestión de mantener un estatus- sonrió.
-Es cuestión de… seguir con el pago.- le rebatió – ¿Es suficiente para que me digas de qué conocías a ese Wulf?-
-¿No eres muy curiosa para ser una emisaria?-
-¿Y no eres tú muy charlatán para ser un Van? Por no hablar del reiki- señaló a su espada, con un estado de ánimo más atrevido de lo normal.
-Vale, vale… Puede decirse que nos conocíamos de vista. Llevo mucho tiempo viajando y he conocido a más miembros del clan Wulf a parte de ese...- no supo que adjetivo despectivo ponerle, de manera que se cayó. -Ren- el hombre captó la atención de la chica sólo con pronunciar su nombre. Ella le miró a los ojos, para comprobar la serenidad y la seriedad que ambos albergaban en ese instante. -Te vas a casar con un miembro del clan Shin ¿No es así?- La chica asintió -¿No... era eso una prohibición?-
-Asesinar a un clan entero también lo fue. Ahora pisamos lo que queda de él- suspiró -Quédate aquí un momento- Ren se puso en pie, para después desaparecer en mitad de la espesura del bosque.

Shan se quedó sólo durante largos minutos en los que lo único que pudo oír, fue el murmullo del bosque, la caricia de las hojas, el crujir de los troncos de los árboles y la brisa pasar entre los arbustos. Un ambiente demasiado relajante. Tanto, que no oyó a la mujer reaparecer de nuevo en aquel pequeño claro en el que se habían quedado. Traía un puñado de hojas gruesas y verdosas en las manos. Sin decir nada, volvió a arrodillarse frente al hombre. Al hacerlo, la nube de cabellos negros cayó como una catarata sobre sus hombros. -Ábrete la ropa- dijo sin pensárselo. Shan no pudo evitar sonsacar media sonrisa pícara.
-¿Es ahora cuando nos besamos y olvidamos que tienes un deber?-
-Es ahora cuando tu heridas se infectan si rompes mucho mi paciencia- replicó seria, pero sin ningún tipo de ofensa. ¿Por qué se comportaba así? ¿Por que pretendía ser simpático y a la vez picarón? Ren no pretendía confiar demasiado en nadie, y menos después de todo lo ocurrido. Sin embargo, sentía el ímpetu del Van por atravesar su barrera y aquello la angustiaba.

Shan, sin borrar aquella sonrisa bobalicona del rostro, se abrió la parte de arriba de su yukata, dejando ver un torso curtido, tosco, moreno y trabajado, con alguna que otra cicatriz, que no escapó a la vista de la chica, quien, sin poder evitarlo, le observó en silencio mientras se llevaba aquellas hojas a la boca y empezaba a masticarlas. Cuando en su boca se hizo una pasta, sonrojada, escupió lo que tenía en la mano.
-Muy lista... Aunque es algo asqueroso- rió, enervando a Ren.
-Calla- llevo la mano hacia ambas heridas, extendiendo la pasta verdosa por ambas heridas. Sólo cuando le rozó, pudo comprobar el rostro quejumbroso y sudado del hombre, que hasta ahora había parecido mantener la compostura. -¿Duele mucho?-
-Más de lo que esperaba-
-Si tuviese unas vendas se aguantaría mejor, pero... no tengo nada.-
-No te preocupes... con tus fluidos sobre mi cuerpo, es suficiente- otra vez, aquella sonrisa burlona. Esta vez, Ren no pudo evitar reír levemente por lo estúpido de la situación. -Por fin sonríes. Ya pensaba que se te había olvidado como se hacía. Eso, o que eres igual que las Vakiris- la chica no dijo nada. Solo se sentó en el suelo junto al hombre, reposando sobre el mismo tronco. -No te quieres casar ¿A que no?- aquella pregunta la pilló desprevenida.
-¿Por qué lo dices? Y.., no soy yo quien tiene que responder a las preguntas, sino tú. Ya tienes un pago más-
-Lo digo porque nunca he visto a una novia tan triste encaminándose a su compromiso. Por eso, y porque lo dijiste antes junto a Ayesha. Intuyo que tus padres y los del afortunado de los Shin lo han tratado a vuestras espaldas-
-Te equivocas. Yo he aceptado esto.-
-Pues no te veo muy feliz con tu decisión-
-A veces las decisiones que tomamos, no nos gustan, pero las aceptamos porque conllevan a un bien mejor para todos, o... un bien mejor para uno mismo, en un futuro cercano.-
-Bah, palabrería-
-¿Es para ti palabrería el sacrificio?- le miró, algo agitada.
-No, pero lo que me parece mal es que un padre no prefiera antes el bienestar de sus hijos a los de los demás.-
-No metas a mi padre en esto. Él no tiene nada que ver. Soy yo la que ha aceptado el trato.-
-Lo que tú digas-
-¡Lo digo en serio! Esto es mi responsabilidad ¡Esto es lo que yo he elegido!-
-Tus elecciones son... un poco nefastas-
-¡Cállate! ¡No tienes ni idea de lo que estás hablado! ¡¿Que sabrás tú, un Van alejado de su tierra?!-
-Por experiencias, seguro que más que tú, niña malcriada-
-¡Serás...!- gritó, poniéndose en pie frente a él. La ira se apoderó de ella sin poder controlarlo. ¡¿Niña malcriada?! ¡¿Qué sabía él que tipo de niña había sido ella?! ¡¿Que sabía él del sacrificio y la venganza?!. Respiró profundamente, conteniéndose, con unos ánimos demasiado violentos. Tras tranquilizarse, se apartó de su lado. -Si no vas a entender este camino, te sugiero que te marches. Yo sólo te he pedido acompañarme porque me interesaba saber que tipo de persona eras, nada más. Ahora veo que no eres alguien que me interese demasiado si albergas esas ideas. Puedes irte ya si quieres.- y al decir aquello, en vez de moverse el hombre, la que se fue es ella, perdiéndose de nuevo en la espesura del bosque.

Necesitaba pensar, necesitaba respirar, controlarse y meditar. La tierra de los Shin estaba demasiado cerca y los minutos se hacían una cuenta atrás para lo que iba a ser su nuevo calvario. Le temblaba el pulso con sólo pensar que iba a ver de nuevo, tras tantos años, a los asesinos de su familia, de todo su país. ¿Lo podría soportar? ¿Podría sobrellevar convivir con ellos hasta asesinarles? ¿O solo con verles se les echaría al cuello y estropearía a todo el clan?.  Estaba muy nerviosa, incluso mareada, porque realmente odiaba lo que iba a hacer y lo que iba a a sufrir después de todo el peso con el que había cargado durante años, así que lo que menos necesitaba era a un hombre que le echase en cara la realidad, lo que ella ya sabía, lo que ella no quería ni replantearse.

Tras largo rato caminando entre los árboles, sin ser consciente de que le estaba faltado a la palabra que le había dado a Ayesha, se detuvo. Se echó sobre el suelo, como si aquella tierra representase una cama para ella. Agarró con fuerza la tierra, tanto, que se introdujo dentro de sus uñas. Y sin más, se echó a llorar sobre el suelo que era su casa. Lo llevaba necesitando hacer desde que cruzó la frontera de Shizen, desde que los recuerdos se agolparon todos sobre su cabeza. Lloró y lloró durante horas hasta que por fin, se recompuso, recuperando fortalezas.

Necesitaba ser fuerte y tener la mente fría. Midna estaba ya muy cerca.

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