Ares y Ren se cambiaron
de ropa rápidamente, cada uno desde una esquina de la habitación y dándose la
espalda mutuamente. Era curioso, que aun conociendo el cuerpo el uno del otro
de forma íntima, no se atreviesen a mostrarse de forma normal. A Ren eso le daba
igual ya.
Se enfundó los ropajes
oscuros que Ares le dio una vez, recolocándose la capucha sobre la nuca.
Comprobó que el katar estaba bien ajustado, así como su bolso lleno de kunais.
Estaba seria, muy callada y concentrada en la labor. Tanto, que refunfuñaba y
Ares no supo por qué. -¿Cómo ha podido atreverse? ¿Tu madre?- preguntó con odio
mientras se colocaba las botas –Ellas no son mías, no me perteneces. Las
Vakiris son libres. Y sin embargo, Hécate se ha creído en la potestad de poder
gobernar sobre ellas- gruñó – ¡¿Qué
pretendía?! ¡¿Ponerme a prueba?!- el hombre se giró, una vez vestido, sin saber
a qué se refería con eso. –Tu madre, con cada palabra, intenta ponerme a
prueba. Y ahora esto…- apretó los puños –Perteneceré al clan Shin, pero me importa
una mierda si Hécate sabe o no sabe dirigir las misiones que se encomiendan. Si
tan Umbra es, debería haber ido ella, y no las Vakiris- Ares suspiró. Ren vio
en él una cara con muchísimo pesar. Le sobrepasaba todo. Sus aspiraciones
estaban lejos de allí. Sólo pudo afirmar que si partían ya, aun podrían ayudar
más que quedándose en la habitación criticando la forma de gobernar el clan de
Hécate. –Pues ve fuera ya- le miró fijamente –Dile a Ayesha y a las demás que
lleven todas las armas. Esperadme fuera- él asintió, marchándose y dejando a la
mujer sola en la habitación.
Ren se deslizó, casi se
tiró al suelo, arrodillándose sobre el tocador. Tomó el collar y selo puso
sobre el cuello, guardando la bola de reiki en su pecho. Luego, se dirigió a la
puerta, comprobando que estaba bien cerrada. Hizo tres ágiles movimientos de
mano, formando un sello completo. De sus manos empezaron a brotar dos raíces,
grisáceas y de apariencia débil. Sonrió para sí, al dejar fluir su verdadero
reiki.
Desde aquella primera
noche, Ren había tomado la decisión. Era hora de actuar. Ya lo había
sacrificado todo. Primero, su familia. Después, su verdadera persona. Por
último, su dignidad, su orgullo y su cuerpo, en todos los sentidos. Ya no le
quedaba nada, por lo que no había nada que le negase empezar con el plan.
Durante cuatro días, había estudiado la situación de Helios, quien seguía
enfermo, de seguro, por haber contraído una enfermedad de tipo sexual en uno de
sus múltiples intentos de deshonrar al clan sin maldad alguna. Debía agradecer
a Ares su inexplicable necesidad de estar lejos de su mujer durante las horas
en las que el sol se dejaba ver, pues Ren, se había pasado los días
construyendo su plan. La habitación del menor, estaba en el mismo pasillo que
la suya, a unos doce metros a la derecha. El techo, era sensible. Construido
sólo de madera, aguardaba entre los cimientos un falso techo de vigas ya algo
desgastadas. Estaba todo planeado.
Las raíces comenzaron a
moverse en silencio por la habitación. Con tres leves golpes, una de las
láminas de madera del techo cedió, dejando pasar a las raíces que, poco a poco,
fueron ensanchándose conforme avanzaban por el techo, cruzando el de la
habitación, pasando por el del baño, luego por la habitación donde dormía Shan,
y por último, por la de Helios. Ren calculó a la perfección. Cerró los ojos, y
las raíces, empezaron a envolverse la una con la otra, enzarzándose alrededor
de algo que parecía construir entre ambas. Tenía que darse prisa. Tenía que ser
rápida.
Las raíces pararon con
aquel baile entre ellas. Cedieron, y empezaron a retraerse, mostrando una
extraña flor púrpura, de pétalos gruesos salpicados de motas naranjas. Ren la
dejó allí, en el techo, sobre la ubicación del futón del joven. Cuando las
raíces volvieron a sus manos y desaparecieron, la chica sopló, como si fuese
capaz de apagar una vela en aquel momento. Justo en ese instante, la flor se
agitó. Nadie sería capaz de verlo, ni si quiera la propia Ren, pero la flor
escupió esporas microscópicas, venenosas, tan diminutas, que se empezaron a colar poco a
poco sobre las juntas de las láminas de madera. Era cuestión de tiempo, algunos
días, para que la vida del chico empezase a desmejorar. La mujer sonrió con
satisfacción, tapando por último el hueco que había dejado sobre su cabeza. Helios
moriría pronto… y Ares también. El joven no lo sabía, pero estaba siendo
envenenado desde hacía tres días.
La mujer salió de la
habitación y caminó a paso rápido por los pasillos, saboreando el futuro. ¿Era
el linaje lo que más preocupaba a Hécate? Podía quedarse sentada, observando
como sus hijos morirían delante de sus ojos presas de un mal virus. Un virus
llamado Yanagi.
Cuando el grupo estuvo
dispuesto, salieron a toda prisa de la aldea en dirección a la frontera, justo
en el lugar donde se enfrentaron a los Wulf la última vez. Llegaron tras varias
horas, algo exhaustos. Para sorpresa de todos, no encontraron a nadie allí. La
zona seguía igual de vacía que la primera vez que fueron. –Aquí no hay nadie-
-Deben estar
resguardados en sus tierras- comentó Ayesha, siendo la que más preocupada se
había mostrado durante todo el viaje.
-Pues hasta allí
iremos- le dijo la chica, intentando inspirarle algo de confianza. Una mujer
tan fuerte y estoica como Ayesha, resultaba extraño de ver abatida. Su orgullo
como capitana de las Vakiris debía estar herido, y sus hombros, cargando una
enorme responsabilidad. De Ayesha, Ren pasó la mirada a Shan, quien se mantenía
de brazos cruzados esperando actuar. Sin duda alguna… allí nadie estaba
disfrutando. -¿Sabéis llegar hasta la aldea?- Ares asintió –Pues ve delante.
¡Vamos!-
Las horas pasaron a una
extensa velocidad que ellos mismos experimentaron y con la que consiguieron
llegar hasta el corazón de Rodgar antes de lo que ellos mismos esperaban. Para
Ren, fue un suplicio. Salir de Midna implicaba entrever de nuevo la vitalidad
en la tierra. El suelo no estaba yermo, no había nubes que nublaran el sol y la
luna, y por supuesto, había mucha vegetación en los caminos. Respirar de nuevo
aquel aire tan puro era como una nueva bocanada de vida tras mucho tiempo
muerta. Sin embargo, no lo pudo disfrutar.
La aldea de los Wulf se
dejó divisar desde lo alto de una colina en la que todos se refugiaron. Había
poca luz por alguna razón. No parecía, desde lejos, una población demasiado
ajetreada. Daba demasiada desconfianza. –Esa es la aldea… ¿Dónde vivirán los
Wulf?- preguntó Ren, refugiada tras un arbusto y con la capucha sobre su
cabeza.
-No veo ninguna torre
que destaque sobre el resto- comentó Shan bromista. Ren le fulminó con la
mirada.
-No es momento de
bromas. Debemos pensar.-
-Ren, entiendo que te
sientas implicada con esta tarea. Tú perteneces a un clan y yo, bueno, soy
distinto. Pero esas mujeres… ya están sometidas a los Wulf si Hécate está en lo
cierto. Por ir con rapidez, no conseguiremos otra cosa que no sea estropearlo
todo- comentó el Van, acuclillándose junto a ella.
-No es problema mío que
aparecieras durante el viaje. Llevo desde que salí de Ravat con estas mujeres.
Por culpa de tener que estar obligadas a estar cerca de mí, se han dejado
llevar por Hécate… Si les pasa algo más… te juro que…- Shan siseó, procurando
que la chica callase antes de que sus nervios llegaran a traicionarla.
-Agradezco tu preocupación,
Ren… pero realmente, la culpa es mía- comentó Ayesha, refugiada en el arbusto
de al lado. Aún tenía el rostro taciturno, o lo que se podía ver de él debajo
de su turbante.
-No Ayesha, no es culpa
tuya. Es de Hécate.- rugió la chica, oyendo como Ares volvía a suspirar con
pesadez. Aquello no se le pasó por alto a Shan, que era el único que parecía
mantenerse tranquilo con todo aquello.
-Callad las dos. La
culpa es de esos Wulf y su sentido de la supervivencia para ese clan.- Ante
aquellas palabras, Ren tuvo que contenerse aún más. ¿En que se diferenciaban los
Wulf de los Shin? A ambos les preocupaba el linaje y tomaban a la fuerza la
descendencia que querían, solo que unos de manera más suave que los otros.
-Está bien.
Concentrémonos. La prioridad es encontrar a las Vakiris. Sé que Hécate ha dicho
que asesinemos Wulf, pero los castigos abusivos pueden esperar. Ellas van
primero- sentenció de mala gana. Justo en ese instante, Ares se arrodilló al
otro lado de la chica, muy cerca de ella. Ren pudo olerle incluso. Reconocía ya
aquel olor que la envolvía por las noches, masculino y húmedo. Tragó saliva al
recordar los acontecimientos, pero se relajó rápidamente. Lo tenía todo en las
manos. Todo estaba ya controlado. Ares señaló con el dedo hacia una casa, un
poco más grande que la del resto. De las ventanas de la misma, colgaban una
especie de banderilla con un símbolo. Aquel símbolo, era el emblema del clan.
-¿Es ahí?- Debía serlo -¿Crees que tienen a las Vakiris ahí? ¿Con ellos?- Sólo
había una forma de averiguarlo. Ren asintió. Con una mano, acarició la
empuñadura del katar. Y justo antes de moverse, sobre su misma muñeca, sintió una leve caricia. Ares le había puesto la mano sobre la suya para que mantuviese la calma. -Deberíamos ir ya- Él negó. Después de todo el viaje, estaban cansados, unos en menor medida que otros. Adentrarse en combate de aquella manera, representaba una desventaja contra los Wulf, que llevarían descansado todo el día. -Pues para eso se nos ha entrenado, para que sepamos afrontar este tipo de situaciones-
-No se como os entrenarán a los Radih, pero Ares tiene razón- medió Shan, cruzándose de brazos. -Si descansamos... la ventaja volverá a ser nuestra-
-¿Estáis hablando en serio los dos? ¡Están en peligro!-
-Y nosotros también si vamos ya. Somos menos que ellos. Nos vamos a meter en la boca del lobo... nunca mejor dicho- concluyó, sonsacando una sonrisilla bromista. Ren suspiró con pesadez. -Descasemos y... elaboremos un plan de ataque entre todos-
-Está bien, pero no más de cuatro hora. Los ataques a plena luz del día son peores. Será mejor que aprovechemos la noche- sentenció la mujer, dando por concluida la conversación. Salió del arbusto y caminó en sentido contrario al de la aldea. Si iban a descansar, sería mejor que no fuese cerca, donde pudiesen encontrarles.
Tras un rato caminando entre la espesura de los pequeños bosques que colindaban todo Rodgar, decidieron detenerse al rededor de un pequeño claro. Tomaron troncos para sentarse y encendieron un fuego lo más pequeño posible para calentarse tanto ellos como la comida que traía Ayesha en su bolsa de siempre. Todos, se sentaron al rededor de aquella fogata mientras comían pan caliente, todos, excepto Ares. Ren le buscó con la mirada, curiosa. ¿Se empezaba a encontrar mal? ¿O es que seguía con aquella actitud distante? Sen decir nada, se puso en pie y le buscó. Caminó un rato por la espesura, siguiendo la dirección desde la que percibía su reiki, hasta que le encontró. Se había situado de nuevo cerca de los límites de la colina, oteando el horizonte que se encontraba a sus pies. Toda la aldea, el silencio de la noche, la oscuridad del cielo... lo envolvían en un halo de magnetismo extraño. -¿Estas... bien?- quiso saber la mujer. Ares no se sorprendió de tenerla a sus espaldas, pues había sentido su reiki llegar. Él asintió. Sólo estaba pensando en el plan. -¿Seguro? ¿No hay nada que te haga... separarte del resto?- ante aquella pregunta, el joven miró a los ojos a la chica, que ya estaba situada a su lado. Estaba bien, estaba seguro de ello. Ella asintió, ofreciéndole luego un pedazo de pan caliente -Come- le ordenó -Ojalá... fueran los rollitos de carne de aquella vez- alzó lo que parecía ser una diminuta sonrisa al decir aquello. Quizá sonó demasiado tierna al decir aquello, o Ares tenía hambre, porque acabó tomando aquel pan sin negarse. -¿Quieres estar más tiempo solo?- Sólo un poco más. -Vale. Ten cuidado.- le dijo. Y antes de marcharse, se puso de puntillas para alcanzar los labios del hombre con los suyos propios. Le besó de forma tierna y lenta, a pesar de que el contacto fue efímero. Sin decir nada, Ren se marchó.
Era un plan... era un plan... se repitió varias veces más.
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